Ron Carter o el show inolvidable

El legendario contrabajista ofreció jazz del mejor en Neuquén.

Aquel director de la sinfónica que no lo dejó entrar a la orquesta por ser negro lo debe haber lamentado durante mucho tiempo. Por entonces, Ron Carter tenía 15 años, deslumbraba con su chelo y dejaba su Michigan natal para perseguir un sueño. Aquel portazo en la narices en Detroit que aún le duele le abrió el camino del contrabajo. Y si la música clásica se perdió a un diamante, el jazz ganó a uno de los genios indispensables del género. Y sino, que lo digan las 639 personas que colmaron en la noche del jueves el Teatro Español en Neuquén para disfrutar de uno de los mejores conciertos que se recuerden en la región. En un escenario tan austero como justo, que supo interpretar que la magia no necesita de artificios, un puñado de luces cálidas hacían aún más atractiva la imagen del Golden Striker trío. Flanqueado por Russell Malone en guitarra y Donald Vega en piano, dos talentos que estuvieron a la altura, Carter ocupó el centro de la escena. A los 76 años, caminó hasta su banco apoyado en su bastón, enfundado como sus colegas en un traje gris y corbata lila, con pañuelo al tono y zapatos negros. Una fina estampa que daba indicios de lo que vendría después, cuando tomó el contrabajo que eligió entre los cuatro que le ofrecieron y sucedió lo inolvidable. Fueron casi 80 minutos de un show seguido con unción por los espectadores, como una misa jazzera que no debía ser interrumpida por aplausos a destiempo, pero suficientes como para Carter luciera una enorme sonrisa de agradecimiento y dedicara “lindas canciones para esta linda gente”, en un set que incluyó clásicos propios y de otros prodigiosos autores como Jobim. Tocaron como las bandas de los años ‘40, sin retorno para escucharse, y graduaron la intensidad del volumen con sus propias manos. Luego del bis, Carter entró a su camarín, bebió un jugo (pidió además manzanas, uvas, bananas y agua) y comentó que el público había sido maravilloso. Ayer al mediodía partió hacia Buenos Aires: lo esperaba el Gran Rex. El viejo Ron puede dejar tranquilo estas tierras: entre nosotros quedará su sello imborrable.

Matías Subat


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