1.000 hectáreas: son de Buenos Aires y armaron un «mosaico» productivo en la Patagonia, con girasol y avellanos como estrellas
Rent a Bull y Dos de Enero son dos empresas cuyas actividades principales se centran en la región pampeana. El deseo de diversificar llevó a que sus dueños se aliaran y encontraran en Río Negro el lugar ideal. La oferta ambiental y de agua permite la coexistencia de una decena de producciones distintas.
Hace ya seis años, Rent a Bull SA y Dos de Enero SA decidieron desde Buenos Aires mirar hacia el sur y apostar fuerte por Río Negro, atraídas por un combo poco frecuente en la Argentina: disponibilidad de agua para riego, clima seco, alta radiación y un entorno productivo que permite diversificar como en pocos lugares del país. El resultado es un esquema agropecuario amplio, que hoy combina agricultura, ganadería y frutos secos en el Valle Inferior del río Negro.
Las dos empresas, con sede central en Buenos Aires, se asociaron bajo un convenio privado de explotación para manejar en conjunto cerca de 1.000 hectáreas en la provincia, principalmente en campos del Instituto de Desarrollo del Valle Inferior (Idevi), próximos a Viedma, y en la localidad de San Javier. A ese bloque se suman superficies que cada firma explota de manera individual, especialmente en el caso de los avellanos, donde todavía no están asociadas formalmente.
Rent a Bull SA es conocida en la región pampeana por un negocio tan novedoso como específico: el alquiler profesional de toros para servicio. Dos de Enero SA, en cambio, tiene un perfil productivo más clásico, ligado a la agricultura y la ganadería. “Nos conocíamos, éramos amigos, y decidimos unirnos para alcanzar una escala mayor y juntar las fortalezas de ambas empresas”, resume Alejandro Rodríguez (AR), ingeniero zootecnista y presidente de Rent a Bull. La asociación les permitió compartir inversiones, gestión y personal, y avanzar con un proyecto productivo integral, bajo una misma gerencia.
Agro en la Patagonia: un mosaico productivo como estrategia
Quien recorra uno de los campos que manejan en conjunto (unas 650 hectáreas) se encuentra con una diversidad poco habitual incluso para zonas agrícolas consolidadas. Trigo, cebada, maíz, girasol para semilla, cría bovina, pasturas naturales y cultivadas, horticultura en aparcería y avellanos conviven en un mismo establecimiento. No es casual ni improvisado: la diversificación es el corazón del modelo.
“La coexistencia de tantas producciones responde a un plan muy claro”, explica Rodrigo Travaglio, encargado de los campos en Río Negro. “Buscamos descomprimir los picos de trabajo, aprovechar mejor los suelos y no depender de un solo producto. Este año, por ejemplo, hicimos más trigo para pasar parte del trabajo al invierno y no concentrar todo en verano”.
En números gruesos, del total de las 1.000 hectáreas, alrededor del 20% se destina a maíz, entre el 10 y el 12% a girasol, un 15% a cebolla (toda en alquiler y tercerizada), entre 10 y 15% a cereales de fina como trigo y cebada, y casi el 40% a la ganadería, considerando pasturas naturales y bajo riego. El resto se destina a avellanos.
Desde lo agronómico, la rotación es una herramienta clave. “Se mezclan gramíneas con una compuesta como el girasol, raíces finas, fibrosas y pivotantes. Eso mejora la infiltración del agua y las propiedades físicas de suelos que tienden a compactarse con el riego gravitacional”, explica Lucio Reinoso, secretario de Agricultura de Río Negro. En estos campos, los suelos de mejor aptitud (clases 2 y 3) se destinan a agricultura, mientras que las clases 4, 5 y 6 (meandros, bajos salinos y zonas quebradas) se aprovechan para la cría bovina.
La ganadería es un pilar creciente del sistema. Hoy manejan unas 400 madres, con tasas de preñez y parición que oscilan entre el 95% y el 98%. La carga instantánea ronda las tres vacas por hectárea en los suelos más flojos. “La cría se hace sobre pastizales naturales, pasturas de alfalfa, agropiro o melilotus, y luego los animales entran a los rastrojos de trigo y maíz. Aprovechamos no solo el grano, sino también el rastrojo, transformándolo en carne”, detalla Reinoso.
En agricultura, los resultados acompañan. El trigo (destinado a exportación vía Bahía Blanca) rindió unos 5.600 kilos por hectárea. El maíz, orientado al mercado interno, se mueve entre 9.500 y 10.500 kilos por hectárea, con híbridos de porte bajo para evitar excesos de rastrojo. “En Patagonia los costos son más altos que en la región pampeana, por el riego y la infraestructura. Si no ponés el sistema a rendir cerca de su potencial, podés comprometer las rentabilidades”, advierte Rodríguez. Por eso, el foco está en afinar manejos año tras año, y lo logran.
Girasol en Río Negro: las semillas, un negocio a medida del Valle Inferior
Dentro de ese portafolio amplio, hay un cultivo que llama la atención tanto por sus vistosos colores como por su rareza en la provincia: el girasol para producción de semillas. Hace cuatro años lo incorporaron bajo contrato con una importante semillera, y hoy se consolidó como una de las apuestas más rentables del esquema.
“El girasol semilla tiene márgenes muy buenos”, señala Reinoso. “Trabajamos siempre por contrato, la superficie la define la empresa semillera y la semilla inicial la proveen ellos, sin costo. Nosotros entregamos toda la producción”. Los rendimientos físicos son modestos si se los compara con un girasol comercial, pero muy buenos comparados con los promedios de regiones tradicionales: entre 900 y 1.000 kilos por hectárea en híbridos simples y entre 1.200 y 1.500 kilos en híbridos dobles. Pero el diferencial está en el precio: esos kilos se multiplican por un coeficiente (de 4 a 5 según el híbrido) y se pagan como si fueran 4.000 o 5.000 kilos de girasol comercial.
Los valles del río Negro ofrecen ventajas ambientales difíciles de replicar. Alta radiación, temperaturas adecuadas, clima seco y, sobre todo, aislamiento. “Para semilla necesitás evitar la polinización cruzada. Acá los lotes están separados, no hay girasol guacho ni vecinos cerca. Eso es clave”, explica Reinoso. Además, la baja humedad reduce el riesgo de enfermedades como la esclerotinia, un hongo que puede arruinar la calidad de la semilla.
El manejo es específico y exige precisión: relaciones definidas entre líneas macho y hembra, colmenas para asegurar la polinización, eliminación de las plantas macho antes de la cosecha y un timing fino para evitar daños de loros. El ciclo, de octubre a marzo, libera temprano el lote y permite sembrar trigo después, cerrando una rotación eficiente.
Avellanas en Río Negro: una apuesta de largo plazo y alta intensidad
Si el girasol semilla es el negocio “especial” del corto plazo, los avellanos representan la jugada estratégica de largo aliento. En este caso, tanto Rent a Bull como Dos de Enero avanzan con plantaciones propias en el Valle Inferior. Entre ambas empresas ya suman unas 60 hectáreas implantadas, y el objetivo es que los avellanos lleguen a representar cerca del 10% de la superficie total.
“Empezamos a plantar en 2022 y todos los años fuimos creciendo”, cuenta el presidente de Rent a Bull. “Todavía casi no tuvimos cosecha comercial, pero es un proyecto que nos entusiasma mucho”. El modelo es de alta densidad, con un sistema ultraintensivo que busca rendimientos cercanos a los de Chile, en torno a los 4.000 kilos por hectárea, según reveló Travaglio.
La lógica es clara: maximizar la rentabilidad por unidad de superficie y desacoplar una parte del negocio de los vaivenes de la carne y los granos. “Si baja el precio del maíz, baja el gordo. Están relacionados. La avellana no”, resume el encargado del campo. A eso se suma un mercado internacional con demanda creciente e insatisfecha, orientado principalmente al uso industrial en forma de pasta.
En el Valle Inferior, un actor clave es Ferrero Rocher, que compra avellanas a productores de la zona y brinda asesoramiento técnico para el armado de los montes. “La avellana es el fruto seco que va a marcar tendencia en los próximos años”, afirma Reinoso. “El consumo mundial crece año a año y la Patagonia tiene condiciones muy competitivas para producir”.
Mirar hacia adelante y en la Patagonia
A seis años de haber desembarcado en Río Negro, el balance es positivo. Los rindes mejoran, los manejos se afinan y la inversión continúa. El próximo paso será profundizar la integración ganadera: primero con recría y, más adelante, con terminación a corral, aprovechando los cereales producidos en el propio campo.
“Río Negro te permite pensar sistemas así”, reflexiona Rodríguez. “Agua, clima, suelos diversos. La clave es aprender a manejarlos”. Como los girasoles que siguen al sol, Rent a Bull y Dos de Enero parecen haber encontrado en los valles del norte patagónico un horizonte fértil para crecer, diversificarse y proyectar a largo plazo.
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