Científicas de Chubut desarrollan un bioproducto patagónico contra una de las mayores amenazas en el mundo para las abejas

El desarrollo surge en un laboratorio universitario de Esquel con acompañamiento técnico del INTA y productores locales. Actualmente, el equipo lleva adelante ensayos a campo en distintos apiarios de la región, en un avance clave para la apicultura, para enfrentar al ácaro varroa.

Por Mara Diaz

En el valle que une Esquel y Trevelin, el apicultor Carlos Juan cuida entre 600 y 700 colmenas junto a su pareja Huenu Mastronardi. En una región donde la mayoría de los productores tiene pocos apiarios y la actividad suele ser complementaria, ellos viven de la apicultura.

Carlos trabaja con abejas desde hace más de tres décadas. Comenzó en Bahía Blanca y hace 16 años decidió mudarse a la cordillera chubutense. Con el tiempo el proyecto creció hasta convertirse en uno de los emprendimientos con más colmenas en la zona con la marca de mieles «Valle Andino».

Pero como ocurre en todo el mundo, sus colmenas enfrentan una amenaza persistente: la varroa, un ácaro que parasita a las abejas y puede provocar la muerte de la colonia. “El invierno pasado fue más cálido y eso nos sorprendió porque las colmenas tuvieron postura casi todo el año. Ahí es donde se desarrolla el ácaro, y los niveles de varroa subieron más de lo esperado”, contó a Diario RÍO NEGRO.

«La varroa es un problema a nivel mundial. Si no curás la colmena, se te muere. No es algo que le pase a un productor o a otro, es algo que nos afecta a todos».

Juan Carlos, apicultor.

Ese problema, que amenaza colmenas en todo el mundo, fue el que terminó conectando sus colmenas con un laboratorio en la Patagonia, donde un grupo de investigadoras comenzó a buscar una alternativa natural para enfrentar a una de las grandes amenazas de las colmenas.


La ciencia patagónica y su aporte a la apicultura


El bioproducto comenzó en la sede Esquel de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, dentro del Laboratorio de Investigación en Evolución y Biodiversidad. Allí, un grupo de científicas dedicado a la sanidad apícola comenzó a trabajar en una línea de investigación orientada a buscar nuevas herramientas para el control sanitario de las colmenas.

El equipo es encabezado por la investigadora Susana Rizzuto, acaróloga y docente que desde hace casi tres décadas estudia artrópodos y problemas sanitarios vinculados a la apicultura regional. Junto a ella trabajan la investigadora Rosa Manzo, las becarias Carolina Amaturi y Brenda Freeman, además de estudiantes que se suman a los proyectos del laboratorio.

“Hace mucho tiempo los apicultores nos venían diciendo que necesitaban probar algún producto natural para la cura de varroa”, explicó Rizzuto a este medio. La preocupación no es menor. Las abejas cumplen un rol fundamental en la polinización de cultivos y en el mantenimiento de los ecosistemas, pero enfrentan una amenaza global: el ácaro Varroa, un ectoparásito que perfora la cutícula de las abejas, debilita las colonias y facilita la aparición de virus y otras enfermedades.

Pruebas experimentales realizadas en Epuyen. Foto: Gentileza.

Con el tiempo, además, muchos de los tratamientos químicos utilizados para combatirlo comenzaron a perder efectividad debido a la resistencia del parásito. “Cuando usamos siempre los mismos productos, sobreviven los individuos más resistentes y el problema se vuelve cada vez más difícil de controlar”, explicó la investigadora.

A partir de esa preocupación, el equipo comenzó a experimentar con aceites esenciales producidos en la región. Las primeras pruebas se realizaron en 2017 y con el tiempo la investigación fue avanzando hacia un proceso más sistemático que incluyó ensayos de laboratorio para evaluar la seguridad del producto en las colmenas.

Después de varios años de trabajo, el equipo logró desarrollar BioVar Patagonia, un bioproducto formulado a partir de aceites esenciales de plantas como tomillo y lavandín.


BioVar Patagonia: una posible solución natural para las abejas


Superada la etapa de laboratorio, el proyecto llegó a un momento clave: probar el producto en condiciones reales. Para eso las investigadoras necesitaban colmenas activas, algo que no siempre es sencillo de conseguir en proyectos científicos con recursos limitados.

Ahí apareció la colaboración de los apicultores de la región. Uno de los primeros en ofrecer sus colmenas fue Carlos Juan. “Las chicas tenían muchas ganas de hacer los ensayos y no tenían presupuesto para colmenas. Entonces pusimos las nuestras a disposición porque esto nos beneficia a todos”, contó el apicultor.

En esas colmenas se están realizando los ensayos que permitirán evaluar cómo se comporta el bioproducto en condiciones ambientales reales, donde intervienen variables como el clima, la ventilación de las colmenas o la actividad de las abejas.

Impacto de la varroa

20%
Es el porcentaje de pérdidas de colmenas que puede provocar el ácaro varroa, según la especialista Susana Rizzuto.

“Lo que funciona en laboratorio no siempre funciona igual a campo, porque las condiciones cambian mucho”, explicó Rizzuto. Los ensayos siguen protocolos establecidos para este tipo de investigaciones y buscan determinar cuál es la dosis adecuada y qué nivel de control del ácaro puede lograr el producto.

Entre el 9 de febrero y el 30 de marzo, el equipo de investigación lleva adelante ensayos a campo del bioproducto BioVar en distintos apiarios de la región. Las pruebas se realizan en un momento clave del ciclo apícola, justo antes del cierre de las colmenas que suele producirse entre marzo y abril, y en condiciones reales de producción, expuestas al viento patagónico y a las variaciones de temperatura que caracterizan a la zona.

Si los resultados son positivos, BioVar Patagonia podría convertirse en una nueva herramienta natural para combatir uno de los principales problemas sanitarios de la apicultura.

«La idea es aportar desde la universidad pública una alternativa que pueda ayudar a los apicultores a enfrentar este problema».

Susana Rizzuto, investigadora y docente.


En el valle que une Esquel y Trevelin, el apicultor Carlos Juan cuida entre 600 y 700 colmenas junto a su pareja Huenu Mastronardi. En una región donde la mayoría de los productores tiene pocos apiarios y la actividad suele ser complementaria, ellos viven de la apicultura.

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