Plantaron un inusual cultivo en la Patagonia, no sabían qué hacer con la cosecha, pero una idea en su luna de miel lo cambió todo

Tras graduarse, Eduardo Olano regresó a su Alto Valle natal y se puso al frente de las chacras familiares. No tardó en impulsar una redefinición del modelo productivo y comercial. Primero reemplazó frutas de pepita por carozo y luego avanzó con un fruto seco, en base al cual construyó junto a su pareja un negocio próspero y con identidad propia: el valor agregado. Así nació Canelo.

Por Alan Agustini

El viento sopla con fuerza en la mañana del Alto Valle del río Negro, pero no levanta polvo. Los caminos internos de la chacra tienen un color marrón claro y una textura firme: no hay tierra suelta. No es casualidad. Son cáscaras de almendra reutilizadas, parte de una lógica productiva que atraviesa todo el establecimiento y que sintetiza, en un detalle, una transformación mucho más profunda.

Allí, en Cipolletti (Río Negro), una familia con más de cien años de historia en la fruticultura decidió cambiar su rumbo. La cuarta generación, encabezada por Eduardo Olano, redefinió el negocio familiar con una premisa clara: ganar autonomía comercial y construir valor propio. El camino no fue lineal, pero sí consistente: de manzanas y peras a fruta de carozo, y de ahí a las almendras. Con ellas, encontraron un punto de inflexión que decantó en un nuevo proyecto: Canelo.

De las peras y manzanas a las frutas de carozo y las almendras en la Patagonia


Cuando Eduardo volvió en 2006 al Alto Valle, tras recibirse de ingeniero agrónomo en Buenos Aires, se encontró en las chacras familiares con una estructura productiva típica de la región: manzanas y peras para su posterior empaque en galpones de terceros. “Nos sentíamos medio encerrados”, cuenta a Río Negro Rural.

La primera decisión fue avanzar hacia fruta de carozo. Duraznos, pelones y ciruelas ofrecían una ventaja clave: la posibilidad de integrar producción y comercialización. “Queríamos manejar un poco la parte comercial y vimos que con el carozo era posible hacerlo”, explica. Esa etapa permitió ganar experiencia en venta directa y logística propia.

Eduardo y Helena, entre un cuadro plantado con pelones y otro plantado con almendras, en el Alto Valle del río Negro.
Eduardo y Helena, entre un cuadro plantado con pelones y otro plantado con almendras, en el Alto Valle del río Negro. Foto: Florencia Salto.

El segundo movimiento fue más profundo. En 2015, tras participar de un seminario de frutos secos en Neuquén, Olano decidió avanzar con un cultivo que en ese momento tenía baja oferta local y demanda creciente: las almendras. “Lo que me convenció fue básicamente el mercado. Se demandaban cada vez más almendras y Argentina producía muy poco”, señala.

Así comenzó la reconversión hacia almendras, con plantaciones escalonadas en 2015, 2016, 2017, 2019 y 2023. Hoy, sobre unas 120 hectáreas distribuidas en cinco chacras en Cipolletti, la empresa mantiene todavía el 69% con fruta de pepita, mientras que el resto se reparte entre carozo (15%) y almendros (16%), estos últimos muy concentrados en una de las cinco chacras que poseen.

“Es por acá”: del horno de casa a una planta de elaboración en Río Negro


La primera cosecha de almendras, en 2018, llegó con una pregunta incómoda: qué hacer con esos kilos iniciales. No había un plan claro de comercialización cuando plantaron los primeros almendros. La respuesta empezó a tomar forma lejos de la chacra, durante un viaje personal.

Estábamos en Chile, en la luna de miel, y probamos unas almendras saborizadas, algo que acá no habíamos visto ni comido. En ese momento dijimos: ‘es por acá’”, cuenta Helena Pinós, pareja de Eduardo. La idea era simple en concepto y compleja en ejecución: no solo vender materia prima, sino transformarla.

Con la primera cosecha de almendras, en la empresa ubicada al norte de la Patagonia surgió naturalmente una pregunta: "¿Qué hacemos ahora?". Foto: Florencia Salto.

De regreso, comenzaron a trabajar en la cocina de su casa, a contraturno de sus actividades. Helena, diseñadora gráfica, y Eduardo dedicaban horas a la búsqueda del primer producto: almendras ahumadas. “Fue prueba y error. Quemamos tandas, salían amargas, no había recetas”, recuerda Eduardo. Finalmente, consiguieron el producto deseado, que aún hoy siguen siendo el emblema de la marca, y con él inauguraron una nueva etapa de la empresa.

El crecimiento fue rápido. Cuando validaron la aceptación del producto, decidieron dar el siguiente paso: convertir un antiguo galpón de tractores, construido en 1990, en una planta de elaboración. Eso ocurrió en 2019, justo antes de la pandemia. La planta de pelado llegaría después, en 2022, cuando el volumen justificó la inversión.

Chile también fue el lugar donde decidieron la marca que llevarían los productos: “Canelo”. Con ese nombre no solo rotularían sus alimentos, sino también le dieron nombre a una nueva era del proyecto familiar.

Almendras en Río Negro: el logro de romper la estacionalidad de los frutos secos


El corazón del proyecto es el agregado de valor. A partir de la almendra, desarrollaron un catálogo que hoy supera los veinte productos: líneas dulces y saladas, combinaciones con chocolate, harinas, pastas untables y hasta una línea cosmética basada en aceite de almendra.

“La idea es que el sabor del producto sea fiel a lo que promete el envase”, resume Pinós. La calidad no es negociable, y el desarrollo de cada variante implica un proceso propio, sin recetas estándar.

En lo comercial, la empresa tiene alcance nacional, con fuerte presencia en la Patagonia norte. La venta se canaliza a través de comercios, tienda online, redes sociales, ferias y un punto que se volvió distintivo: la propia chacra. “A la gente le gusta venir, recorrer, ver cómo producimos”, explica el ingeniero Olano.

Con la agregación de valor y la diversidad de productos finales, en Canelo lograron algo difícil de conseguir con las almendras: romper la estacionalidad de las ventas (y de los ingresos). Foto: Florencia Salto.

Si bien realizaron una experiencia exportadora en 2023 hacia Estados Unidos, la estrategia actual prioriza el mercado interno. Hay margen para crecer sin necesidad de salir al exterior.

Pero el cambio más relevante no es geográfico, sino temporal. Tradicionalmente, los frutos secos tienen un consumo muy concentrado en fin de año en Argentina. “Con el agregado de valor logramos romper esa estacionalidad”, afirma. Gracias al procesamiento, en Canelo lograron que las almendras dejaran de ser un producto de Navidad para convertirse en un alimento de consumo permanente, lo que permite ingresos distribuidos a lo largo de todo el año.

Cómo es producir almendras en el Alto Valle


El entorno juega a favor. Las almendras encuentran en el Alto Valle condiciones ideales: clima seco, con precipitaciones anuales de apenas 200 a 250 milímetros, lo que reduce significativamente la presión de enfermedades.

El manejo agronómico combina tecnología y criterios ambientales. Las plantaciones cuentan con riego por goteo con fertirriego y microaspersión, que además permite mantener cobertura vegetal y mejorar la biodiversidad del suelo. Las mallas antigranizo, sobre el 90% de los almendros, cumplen una doble función: protegen de tormentas y limitan el daño de cotorras.

Las mallas antigranizo cubren casi la totalidad de los almendros de la empresa. Así quedan protegidos antes las tormentas, cada vez más frecuentes en el Alto Valle, y de las cotorras argentinas. Foto: Florencia Salto.

Las heladas tardías, habituales en la región, se enfrentan con sistemas de aspersión. “No hay nada peor que hacer una defensa mal hecha, sobre todo si es sobre la copa”, advierte Olano, en referencia a la necesidad de aplicar volúmenes adecuados de agua.

En cuanto a variedades, trabajan con cinco tipos de almendra (Guara, Marinada, Penta, Lauranne y Mardía) que permiten escalonar la floración y la cosecha. Los rendimientos alcanzan niveles comparables con los mejores establecimientos internacionales: en promedio, cosechan entre 2.000 y 2.500 kilos de almendras por hectárea en los cuadros de Marinada, plantados en 2015.

Cosecha de almendras en la Patagonia: en Canelo prevén mecanizarla más. Foto: Florencia Salto.

La poscosecha es otro punto clave. La almendra se conserva en cáscara como forma de proteger su calidad. “La cáscara funciona como un escudo”, explica. El secado es natural, aunque ya proyectan incorporar sistemas de secado forzado con biomasa. La planificación anual se basa en equilibrar el volumen producido con el ritmo de ventas, para asegurar disponibilidad durante todo el año.

El impacto de Canelo en su entorno


El crecimiento del proyecto también se refleja en el empleo. En temporada alta, la empresa ocupa unas 70 personas, entre permanentes y temporales, de las cuales 18 están directamente vinculadas a la cadena de la almendra. La desestacionalización de las ventas permite sostener actividad durante todo el año.

El proceso de pelado y selección de almendras es muy cuidadoso en Canelo, ya que se busca minimizar daños sobre las pepas. Foto: Florencia Salto.

La sustentabilidad es otro eje estructural. Los residuos de cáscara se reutilizan en caminos internos de algunas chacras o como enmienda orgánica. A futuro, planean utilizarlos como fuente energética para secado y calefacción. Además, tanto la planta de elaboración como la de pelado funcionan con energía solar (paneles) generando incluso excedentes que se inyectan a la red.

El vínculo con la comunidad es activo. La chacra recibe visitas educativas durante todo el año (con agenda completa) y funciona como espacio de divulgación productiva. También prestan servicios de pelado a productores de Neuquén y Río Negro, generando una red de colaboración que amplía el impacto del proyecto.

Como parte de su foco en la sustentabilidad, las energías renovables son importantes en Canelo. Foto: Florencia Salto.

A más de una década del inicio de la reconversión, los resultados son visibles. “Nos ha ido bien”, resume Eduardo. La empresa creció, diversificó su producción y construyó una marca propia. Pero el proceso está lejos de cerrarse. Entre los próximos pasos aparecen nuevas inversiones, como una mayor mecanización de cosecha, incorporación de secado forzado, selección óptica con inteligencia artificial, la incorporación de pistachos y hasta la construcción de comedor con sala de degustación.

En un contexto donde muchas explotaciones tradicionales buscan redefinirse, la experiencia muestra un camino posible. Uno que empezó con una intuición (“es por acá”) y que hoy se sostiene con decisiones concretas, todos los días.


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