Sufrió tres años seguidos de granizo, pero siguió con la fruticultura en la Patagonia: el cuarto año le dio un premio inesperado

Como la Selección Argentina que el martes parecía eliminada y terminó dando vuelta un partido imposible, Gonzalo Laino atravesó tres años consecutivos de granizo, pero no dejó de creer en la fruticultura del Alto Valle. Cuando decidió seguir apostando por la chacra familiar, el cuarto año le tenía preparada una sorpresa que cambiaría su historia.

Por Alan Agustini

El pasado martes 7 de julio, la Selección Argentina dio una de esas lecciones que trascienden al fútbol. Perdía 2 a 0 ante Egipto a los 79 minutos de juego y, cuando parecía que el sueño terminaba, convirtió tres goles en apenas 13 minutos para meterse en los cuartos de final de la Copa del Mundo sin necesidad de tiempo suplementario. Fue una demostración de carácter, paciencia y convicción.

En General Roca, Alto Valle del río Negro, Gonzalo Laino vivió algo parecido, aunque lejos de los estadios y las cámaras. Después de tres temporadas consecutivas castigadas por el granizo, su familia estuvo a un paso de abandonar la fruticultura y dedicarse exclusivamente al pasto. Gonzalo insistió en esperar un poco más. El tiempo le dio la razón: llegó una gran cosecha de pera Williams, se abrió la puerta de la Primera Cooperativa Frutícola y el rumbo de la empresa familiar cambió para siempre.

La historia familiar detrás de dos chacras frutícolas en el Alto Valle


La historia de Gonzalo está atravesada por varias generaciones de productores. Por un lado, la rama paterna, vinculada a los Laino y a los Camacho; por el otro, la familia Sandoval, de donde proviene su madre. Si se suma la figura de Armando “Pocho” Laino, el abuelo paterno, son tres historias familiares ligadas a la producción que terminan confluyendo en las dos chacras que hoy forman la empresa.

“Pertenezco a la cuarta generación de productores en mi familia”, cuenta Gonzalo. Su bisabuelo paterno llegó desde España y comenzó con la primera chacra, donde todavía vive su padre, Oscar Laino. Más tarde se incorporó una propiedad vecina. La otra chacra proviene de su abuelo materno, también inmigrante español. “Es muy interesante porque son dos familias productoras que terminan confluyendo en las dos chacras que tenemos hoy”, resume.

Gonzalo Laino, productor frutícola de General Roca que decidió no bajar los brazos, y fue recompensado.
Gonzalo Laino, productor frutícola de General Roca que decidió no bajar los brazos, y fue recompensado. Foto: Florencia Salto.

Pocho Laino ocupa un lugar especial en esos recuerdos. Había comenzado trabajando como encargado de chacras y se ganó fama de hombre recto y trabajador. Gonzalo lo describe como “un excelente podador” y alguien que no dudaba en irse cuando algo no le cerraba. También recuerda a su abuela Camacho, que trabajaba junto a su bisabuelo en tiempos en que las aplicaciones fitosanitarias se realizaban con equipos tirados a caballo y había que bombear manualmente para generar presión.

Gonzalo creció entre hileras de perales y manzanos. Estudió Agronomía en Cinco Saltos y siempre trabajó junto a su padre. Pero hubo un momento en que la situación económica se volvió demasiado difícil. Entre 2010 y 2015, las tormentas golpearon una y otra vez. “Tuvimos tres años seguidos de granizo, entonces veníamos medio golpeados”, recuerda. En ese contexto aceptó un empleo en una empresa proveedora de insumos para la fruticultura. Durante el día trabajaba allí y, al terminar la jornada, regresaba a las chacras para seguir ayudando a su familia.

Fruticultura en Roca: el año en que decidieron no rendirse


La crisis fue tan profunda que la familia evaluó seriamente abandonar la actividad. “Estuvimos a punto de volcarnos 100% al pasto”, admite Gonzalo. Su padre estaba cansado después de tantos golpes consecutivos. Fue entonces cuando el hijo pidió una última oportunidad.

“Yo hablé con papá. Le dije: 'Esperemos un poco más'”, recuerda. La apuesta parecía arriesgada, pero el cuarto año trajo un escenario completamente distinto.

Vista aérea de la menor de las dos chacras de los Laino, que muestra con claridad la prolijidad con que trabajan en la empresa. Foto: Florencia Salto.

Tuvimos una buena cosecha de Williams y justo fue un año en que faltaban peras en el Valle. La Cooperativa necesitaba y ahí ingresamos”, cuenta. Ese ingreso a la Primera Cooperativa Frutícola marcó un antes y un después. “Eso nos cambió el panorama a nosotros rotundamente”, afirma.

La revancha llegó rápido. Después de tres temporadas en las que el granizo parecía haber borrado cualquier horizonte, la familia encontró una salida cuando decidió no abandonar. Una década después, Gonzalo mira hacia atrás y resume aquel momento con sencillez: “Todo gracias a no aflojar nunca”.

Producir frutas: la especialización que cambió el negocio


Durante muchos años, los Laino no solo producían fruta. También debían almacenarla, acondicionarla, contratar servicios de empaque y encargarse de la comercialización. El trabajo se multiplicaba y la atención se dispersaba.

La incorporación a la Primera Cooperativa les permitió especializarse en lo que mejor saben hacer: producir. “Antes nos teníamos que dividir porque había que producir, procesar y vender. Hoy puedo dedicarme 100% a producir”, explica Gonzalo.

El ingreso a la Primera Cooperativa Frutícola le permitió a Gonzalo Laino enfocarse en producir y en mejorar los rindes y la calidad de las peras y manzanas. Foto: gentileza Gonzalo Laino.

Esa especialización tuvo efectos concretos. Mejoraron los rindes, pero sobre todo la calidad de la fruta. “Desde que entré a la Primera Cooperativa mejoré en cantidad y calidad porque puedo ver más detalles, estoy más enfocado y concentrado”, asegura. En sus mejores cuadros de pera Williams ha obtenido alrededor de 60.000 kilos por hectárea, mientras que en manzana ha alcanzado unos 50.000 kilos.

Para Gonzalo, el verdadero indicador está en la calidad. “Hoy la clave para poder prosperar en esto es calidad, más que cantidad”, sostiene. Y agrega una frase que resume su visión: “Hay gente que te dice 'yo saco 80.000 kilos por hectárea'. Bárbaro, pero ¿cuánto saca de elegido 1, 2 y 3? Ahí está la verdad de la milanesa”.

Los cuadros con frutales en el Alto Valle atraviesan el período de poda. Foto: Florencia Salto.

También destaca la tranquilidad que le brinda el sistema cooperativo. En el pasado entregó fruta y nunca pudo cobrarla debido a problemas financieros de otras empresas. “La Cooperativa es una tranquilidad”, afirma.

Austeridad, reinversión y cambios en las chacras en el Alto Valle


La empresa familiar tiene hoy unas 25 hectáreas entre frutales y alfalfa, de las cuales alrededor de 15 corresponden a montes frutales. Gonzalo asegura que el aprendizaje de tantos años fue administrar con prudencia.

“Nosotros somos personas muy austeras”, dice. En una actividad expuesta al clima y a los mercados, el ahorro y la reinversión son casi una obligación. “Hay que invertir en la chacra para apuntar al mejor resultado productivo, porque el día que se presenta la oportunidad, ahí tenés que hacer la diferencia”.

La reconversión de frutales y la reinversión no se detienen en las chacras de los Laino. Foto: gentileza Gonzalo Laino.

Esa lógica también se refleja en las decisiones agronómicas. La gran concentración de pera Williams generaba un cuello de botella durante las primeras semanas de cosecha: hacía falta mucha mano de obra en muy poco tiempo. Por eso comenzó una reconversión gradual. Ya no planta nuevas Williams y apuesta a incorporar más manzana roja y peras Packham’s y D’Anjou.

Otro cambio importante fue reemplazar la cebolla como cultivo previo por la alfalfa. Antes desmontaban, nivelaban con láser y sembraban cebolla durante uno o dos años antes de implantar frutales. Ahora utilizan alfalfa, en parte porque la horticultura demandaba muchísima mano de obra en momentos críticos y era cada vez más difícil conseguir personal.

Los postes para las espalderas de perales y manzanos son fabricados en las mismas chacras. Foto: Florencia Salto.

En las nuevas plantaciones trabajan con alta densidad, a cuatro metros entre filas por un metro y medio entre plantas. Además, fabrican sus propios postes aprovechando las alamedas de la chacra. Pero también plantan álamos: Gonzalo participa junto al INTA en un análisis de huella de carbono y cree que esos árboles deben seguir siendo parte del paisaje productivo: “El viento te reduce calidad, te estropea la fruta”.

Seguir apostando a la fruticultura en el Alto Valle


A los 43 años, Gonzalo Laino sigue apostando por la fruticultura. Y no lo hace únicamente con inversiones o planes a largo plazo. Lo hace también poniendo el cuerpo todos los días.

Acá el que está regando de noche soy yo, en la madrugada soy yo el que me levanto a cambiar el agua”, cuenta. Maneja el tractor, poda las plantas nuevas y comparte muchas tareas con su padre, que hoy tiene 69 años y ya está jubilado. Cuando decidió volver de lleno a la chacra, le dijo algo simple: “Vos ahora tenés que hacer vida de jubilado”.

"Hay que invertir en la chacra para apuntar al mejor resultado productivo, porque el día que se presenta la oportunidad, ahí tenés que hacer la diferencia".

Gonzalo Laino, productor frutícola del Alto Valle.

En estos años volvió a sufrir granizo. La última temporada tuvo más del 90% de daño y sueña con instalar mallas antigranizo para quitar esa amenaza del camino. Sin embargo, la experiencia le dejó una certeza. La chacra permitió que toda la familia estudiara, creciera y siempre viviera pura y exclusivamente de la producción.

Por eso, cuando recuerda aquellos tres años seguidos de tormentas y la decisión de no abandonar, Gonzalo no habla de una hazaña extraordinaria. Habla de perseverancia. Como la Selección Argentina que el martes parecía derrotada y terminó celebrando. En el Alto Valle, él también eligió no bajar los brazos. Y, como en el fútbol, la recompensa llegó para quien siguió jugando hasta el final.


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