Tiempo de cosecha: un viaje a las “ramadas” bajo los sauces, para embalar directo en la chacra

Nuestra zona se prepara para la etapa más esperada del año si de fruticultura se trata: la cosecha, una actividad que ya pisa su propio centenario. En otro tiempo, a falta de galpones aún, la tarea se completaba a la sombra misma de los árboles.

Foto: Gentileza Museo Ferroviario de Cipolletti.

Ernesto Poblete hoy tiene más de 80 años, pero recuerda que en su primer trabajo, alineando ‘tablitas’ para cajones de fruta, ya había escuchado hablar en Allen de recuerdos como estos. Y a kilómetros de ese comedor donde él compartió los archivos de su memoria, el Museo y Maqueta Ferroviaria de Cipolletti lo respaldó, sin querer, con una foto, exhibida en la muestra que ostenta la estación: hubo un tiempo, allá por los años ‘20 y ‘30, en el que la fruta del Valle era embalada bajo los árboles de la misma chacra que los había visto crecer. 

Desde hace más o menos un siglo, el verano llega a la Norpatagonia para anunciar con sus calores intensos, que se aproxima la etapa más esperada. Cada paso entre las labores culturales de la vida rural fue aportando sus beneficios durante las estaciones previas, para que en enero, si la helada y el granizo no lo impidieron antes, sea posible cosechar el resultado.

La tarea de embalaje a mano, previa a la especialización de los galpones de empaque, era la manera de dar salida a la fruta que resultaba de años de espera e inversión en esas miles de hectáreas que se volvieron fértiles gracias al riego. En espacios dispuestos al aire libre, a resguardo de jornadas soleadas implacables, se cumplía con bastante menos preocupación por los detalles, pero a los fines de una actividad en desarrollo, resultaba útil. 

El ingeniero agronómo Sergio Riskin, referente en Roca de la Primera Cooperativa Frutícola y de PAI, fue uno de los que colaboró con RÍO NEGRO para esta nota, con los recuerdos que su familia y su trayectoria vienen acumulando en un vínculo ya centenario, ligado a la labor productiva. 

Fue él quien identificó en estos orígenes la presencia de familias enteras, que en rutinas de sol a sol, con descansos para almorzar y recuperar energías, “tamañaban” a mano lo que se había cosechado a granel: separaban en función de las dimensiones de cada fruta, siguiendo tres niveles estandarizados, entre “chico”, “mediano” y “grande”, para hacer más sencilla la explicación. Justamente en decenas de esos recipientes de madera clavada, como los que ayudó a armar años después Ernesto, se reunía una cantidad aproximada de kilos, entre 17 y 18, con más o menos ejemplares para que fuera una carga uniforme y se la pudiera despachar a bordo de carros tirados a caballo o en antiguos camiones marca Ford o International, para empezar a circular en el mercado.

Este auge empezó a motivar el arribo de la figura del “comprador de frutas”, que en varios casos de familias reconocidas de la región les sirvió a sus referentes para crecer económicamente y terminar afincándose en el Valle. Riskin citó, por ejemplo, la experiencia de Salvador Liguori, que empezó como puestero del Mercado Central porteño y que venía a embalar la fruta a la sombra, en tierras de aquella familia, para luego animarse a adquirir chacra, galpón y terminar convirtiéndose en un líder durante más de medio siglo.  

En un entorno en el que la AFD (Argentine Fruit Distributors) terminaría por abarcar buena parte del sector, los productores se repartían entre quienes aprovechaban la llegada de esa firma inglesa hacia otros mercados y otros que molestos por las condiciones impuestas, se organizaban en cooperativas. Así es como la fruta se movía en el mercado interno, llegando a esos pequeños pueblos del interior de Río Negro y Neuquén, también provincia de Buenos Aires y La Pampa, ayudando a ampliar la dieta sencilla de los vecinos que no siempre podían disfrutar de esos manjares

A contrarreloj 


Camiones cargados para llegar a otros pueblos de provincias vecinas.

Como aún no se contaba con la ayuda de las cámaras frigoríficas, el tiempo de maduración apuraba los ritmos, para esos trabajadores rurales que se dedicaban a la tarea en el mismo entorno donde tenían su hogar o que se trasladaban desde las zonas urbanas con sus hijos, para tenerlos al cuidado, sin estar obligados a ir y venir pedaleando, con kilómetros de por medio, en caminos polvorientos. 

Las hectáreas tampoco se organizaban con plantas regidas por la prolija espaldera actual, sino con esas antiguas plantas de ramas abiertas, que activaban la destreza de los habilidosos cosechadores, para ubicar altísimas escaleras entre ramas apuntaladas que ocupaban mucho más espacio.

La histórica postal cipoleña que acompaña esta nota habla de estos procesos y también de un apellido inconfundible para esa identidad local: el de Augusto Mengelle. Corría el año 1935 y el registro fue tomado en sus tierras, bautizadas “La Mayorina”, por el nombre de su esposa, Mayorina Mazza. “El primer embalaje de fruta lo produjo la firma Peluffo de Buenos Aires”, en esas tierras, afirmaron desde el Museo de esa ciudad. 

En Regina, por su parte, Juan Benedetti fue quien recordó lo vivido, para una entrevista realizada por Susana Yappert para RÍO NEGRO. Citada por el Blog “Bien de Regina” contó que “la fruta se trabajaba en la chacra, el comprador iba con su cajones, se ‘tamañaba’ a mano y se embalaba”. 

“En las chacras se hacía una enramada y allí se hacían estas labores. Algunos compradores de fruta eran de acá, como Troyano, Petrocelli, Pancani. Al principio cargábamos al ‘lotero’, que era el tren especial que levantaba lotes de fruta, de la primera fruta. Nosotros la vendíamos en Zapala, hasta allá la mandábamos. Le comprábamos cajones al aserradero de Petrini y Rosina. En Zapala teníamos un amigo y él nos ayudó a vender allí. Luego vendimos al mercado de Abasto en Buenos Aires. Tratábamos con un comisionista. Tuve suerte porque encontré gente honesta con la que trabajé durante 30 años: eran dos gallegos: Sánchez y Amat”, relató. 

Allí esa labor primaria derivó en la puesta en funciones de unos 120 galpones de empaque, porque una buena cantidad de chacareros llegó a generar su propio espacio, contó Riskin.

Todo cambia 


Foto: Archivo General de la Nación.

La llegada del cajón bins y de la tecnología de los frigoríficos y sus cámaras de almacenamiento, sirvió décadas después, ya en los ‘60, para que las falencias del primer sistema se fueran resolviendo, según quedó registrado en el archivo de este medio, de la mano de testimonios como los de Jose Saígg, encargado del galpón de empaque de “Valle Fértil” Limitada; y de Raúl Laino, gerente de Fruempac SRL (Fruticultores y Empacadores de General Roca). 

Antes la cosecha se embalaba en su totalidad, “entonces los costos eran elevadísimos y la plaza nacional fue siempre inestable. Con el tiempo, el bins permitió cargarla y colocarla en el frigorífico para salir al mercado en su momento, con el envase que cada mercado requería. Se redujeron sensiblemente los costos”, explicaron en la charla publicada en 1969.

Reivindicando las variedades y cargas que podían llegar a la exportación, esa mejora permitió reducir el “manipuleo”, trabajar con más celeridad y clasificarla incluso después de estar en frío, sin correr con la logística que permitía la naturaleza. En un rincón de la nostalgia quedaron sin embargo, las mañanas y las tardes colectivas, como en esa foto, entre boinas y alpargatas, donde muchos pusieron su esfuerzo para crecer junto al Valle. 


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