Salida costosa

En Grecia y en otros países europeos muchos parecen haberse convencido de que gracias al default la Argentina logró librarse de una deuda aplastante sin sufrir ninguna consecuencia negativa ya que, luego de un período relativamente breve de caos, la economía pudo anotarse tasas de crecimiento “chinas” durante varios años. Quienes ven en la Argentina un ejemplo que les convendría emular pasan por alto detalles como la apropiación por el Estado de los ahorros de millones de personas de clase media y el ajuste brutal que cambió para siempre el panorama social del país, ampliando la brecha que separa a la minoría competitiva de los demás. Por cierto, el default que festejaron los legisladores por creerlo una forma de asestar un golpe al resto del mundo no nos fue gratuito. Asimismo, si bien en nuestro caso el aumento sostenido de los precios de los commodities agrícolas, en especial la soja, posibilitó una recuperación macroeconómica vigorosa que sorprendió a todos, se trata de una alternativa que está negada a Grecia, Portugal e Irlanda, que para levantar cabeza nuevamente tendrán que depender de la industria, el turismo y otros servicios. La semana pasada el Parlamento griego aprobó las medidas de austeridad exigidas por Alemania, Francia y el FMI a pesar de las violentas protestas callejeras de quienes creen que es terriblemente injusto que “la gente” tenga que pagar por lo hecho por políticos corruptos, empresarios y banqueros codiciosos. La indignación que sienten es comprensible, aunque por ser Grecia una democracia el electorado aportó al desastre votando a favor de políticos de mentalidad facilista. También es comprensible que tantos quieran ver castigados a los considerados responsables del cataclismo económico que ha caído sobre Grecia y otros países “periféricos” de la Unión Europea. Pero aun cuando un default unilateral acompañado por medidas punitivas sirviera para aplacar a algunos que están más interesados en protestar contra lo que está sucediendo que en lo que se podría hacer para impedir que la crisis se agravara, haría todavía más sombrías las perspectivas que enfrenta la mayoría. Mal que les pese a quienes se aferran a la convicción de que si se rehúsan a tolerar cualquier ajuste el gobierno local se verá obligado a encontrar una solución indolora, no hay ninguna salida fácil para países poco productivos a los que nadie está dispuesto a prestar más dinero para que puedan continuar como antes. De triunfar la resistencia popular contra los cortes presupuestarios y la privatización de bienes públicos, una proporción sustancial de la población de Grecia compartiría el destino de los muchos argentinos para los que el derrumbe del 2001 y el 2002 fue un desastre sin atenuantes. Pase lo que pasare, Grecia tendrá que adaptarse a las circunstancias. Fue un error permitirle entrar en la Eurozona en base a estadísticas tan dudosas como las confeccionadas por el Indec, y tal y como están las cosas parece inevitable que se vea constreñida a “reestructurar” la deuda gigantesca que se las ha arreglado para acumular. Sería mejor para todos que el default resultante, porque sería de eso que se trataría, fuera consentido por los demás integrantes de la Eurozona, la banca y el FMI, para minimizar los costos sociales, pero aun así a la mayoría que no está en condiciones de aprovechar las oportunidades que seguirán surgiendo le aguardará un futuro muy problemático. Acaso el único consuelo para los griegos consiste en que, por motivos demográficos, y de resultas de la propensión al parecer congénita de los gobiernos que dependen de su popularidad a comprometerse a gastar más dinero de lo que percibirán a través de los impuestos y otras fuentes de ingresos, casi todos los países del mundo desarrollado se encuentran en una situación similar, de ahí los programas de austeridad que están en marcha en Europa y que tarde o temprano tendrá que emprender el gobierno norteamericano. Como ocurrió en la Argentina hace varias décadas, en Europa y Estados Unidos ya ha llegado a su fin una era en la que la mayoría podía disfrutar de un grado excepcional de bienestar y seguridad económica sin tener que esforzarse mucho. Puede que la que está comenzando resulte ser aún más opulenta en términos macroeconómicos, pero para muchos que se habían acostumbrado a un nivel de vida cómodo será decididamente más dura.


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