Secretos de pescador en Mar del Sur
El pequeño balneario bonaerense, ubicado a 15 km de Miramar, es el escenario perfecto para conversar con un apasionado cultor de la actividad.
Muy cerca de Miramar
Al principio a Pedro le cuesta poner en palabras por qué le gusta tanto ir a Mar del Sud, esa localidad balnearia con arenas finas que está a 15 kilómetros de Miramar. Con el paso de los días, este comerciante porteño de 36 años logra desentrañar por dónde pasa su fascinación por este lugar solitario, al que ve como una suerte de pueblo de pescadores, algo de lo que hablaremos más tarde.
JUAN IGNACIO PEREYRA
pereyrajuanignacio@gmail.com
Antes, caminando por la playa, le pregunto a Pedro por qué desde hace más de dos décadas viene a este rincón de la Costa Atlántica en el que viven unas 450 personas y tiene una sola calle asfaltada. Me habla de un fatigado arroyo que oficia de anfitrión apenas se cruza el modesto arco de entrada.
A la derecha -sigue con su descripción- está la escuelita del pueblo, que parece contar los días para que terminen las vacaciones de verano y sus alumnos vuelvan a darle vida. Unos metros más allá aparece el esqueleto de lo que hace unos años fue la única estación de servicio. Ahora es una pintoresca vivienda que conserva la estructura original y solo le faltan los surtidores. Y ahí nomas está la enorme plaza donde lo único que mueve a las hamacas es el viento.
Cada vez que vuelve a Mar del Sud, Pedro mira la cancha de fútbol de dimensiones profesionales y el césped podado: “¿Alguna vez habrán juntados 22?”, pregunta. Sobre la avenida principal, decorada por un bulevar con palmeras enanas, funciona un modesto centro comercial con un puñado de negocios.
El paisaje mantiene el mismo aspecto de austeridad que Pedro conoció cuando vino por primera vez en 1994.
Ahí está el imponente Boulevard Atlántico Hotel, una inmensa mole de cemento que se inauguró en 1890 y pasó la mayor parte de su existencia abandonado. Es el hotel más antiguo del país y, entre otras cosas, sufrió porque su impulsor -el Banco Constructor de La Plata SA- quebró y las obras se paralizaron en la etapa final. Además, el ferrocarril finalmente nunca llegó a Mar del Sud.
La historia del hotel es larguísima y está marcada por debacles financieras, tornados, incendios y usurpaciones. Lo esperanzador es que desde hace unos meses está siendo remodelado por inversionistas privados que aspiran a recuperar el esplendor y reinaugurarlo en cinco años como un hotel boutique moderno.
De todos modos, Pedro piensa que tal vez el encanto de Mar del Sud esté en la inmensidad de sus ventosas y vírgenes playas o en la serenidad que lo abraza en las mañanas cuando, apenas asoma el sol, él ya está en la orilla del mar con su caña de pescar: “En ese momento de lo único que estoy seguro es de que voy a volver a estas playas”.
UN MÁGICO RITUAL
Cada vez que Pedro habla sobre ir a pescar, sus amigos lo inquieren de la misma forma: “¿No te aburrís de estar horas parado con una caña?”. Y él, por lo general, se irrita. Se siente un incomprendido en el mágico ritual que le atraviesa el alma como un bálsamo.
Y asegura que no sabe de dónde viene la “mala fama” de que los pescadores son mentirosos. “No es cierto, a lo sumo exageramos un poco”, asegura.
En un intento por desterrar lo que considera una “injusta falacia”, Pedro dice que las cambiaron mucho en la pesca con el paso de los años. “¿Vos me creerías si te digo que en una tarde desolada de un invierno gris, en el muelle de Pinamar, levanté con un mediomundo una corvina de 7 kilos? Y claro, cómo me vas a creer si ya ni siquiera con caña salen esos bichos”, plantea y especula con que estas historias son inverosímiles para quienes nunca fueron testigos de semejantes hazañas.
“Tampoco soy un defensor corporativo de los pescadores, reconozco que somos tipos especiales”, dice Pedro, a quien no le gusta ir a los torneos de pesca porque hay 500 tipos uno al lado del otro peleándose por el lugar para lanzar; y después, cuando uno empieza a recoger, la línea trae enganchada la de otros veinte. “Se insulta más que en la cancha. Eso no es para mí”, admite.
La pesca es un ambiente de “mucho recelo”, opina Pedro, algo que pude comprobar cuando lo acompañe una tarde en las playas de Mar del Sud. Para empezar, los lugareños te observan con cierta desconfianza: “Te hacen sentir un intruso que viene a arrebatarle sus peces”, me corrige Pedro, que aconseja mantener una distancia prudencial de otros pescadores para no interferir en lo que cada uno considera su zona.
“Puede ser bueno manejar la caña con algo de displicencia al momento del pique, como sobrando la situación, para demostrar que de esto sabemos mucho”, dice, y advierte que bajo ningún concepto hay que confrontar con un pescador local: “La única vez que lo hice, en Villa Gesell, me corrieron con un cuchillo. Ahí aprendí a matarlos con la indiferencia”.
Pedro, que compara a los pescadores con los tenistas porque ambos son individualistas, cree que nunca hay que acercarse al pescador vecino para ver qué acaba de pescar ni para chusmear qué carnada usa.
“Ante todo dignidad, no hay que contactarlo ni para pedirle prestado algo que te hayas olvidado. Siempre nos arreglamos solos”, se jacta. En este sentido, el equipo de pesca es sagrado: “Nunca lo prestamos. Antes de salir lo revisamos para chequear que todo esté en orden”.
Cuando ya atardece, después de varias horas de charla, este comerciante porteño admite que los pescadores son “un poco mañosos”.
Por ejemplo, me revela que es común que entre ellos conversen sobre la aversión que les provoca cuando un turista se les acerca siempre con la misma pregunta: “¿Hay pique?”
También les molestan los niños de esos turistas que merodean la caña con ingenua curiosidad. “Nos gusta pescar, no hacer sociales”, aclara.
Al margen de cañas, carnada, plomadas o anzuelos -explica Pedro- para pescar el único secreto es saber elegir el lugar preciso del lanzamiento. O sea, hay que aprender a leer la playa y el mar para encontrar donde están los peces.
“Haciendo una analogía futbolera, un buen pescador es como un delantero goleador, sabe ubicarse”, comenta.
Más allá de los secretos, recelos, mentiras o exageraciones, hay algo fuerte que identifica a los pescadores, y es la pasión por este ritual que practican simplemente porque les gusta. “Todavía recuerdo aquella hazaña con el machacado mediomundo. Hacía frío. Me acompañaba el viento y un lobo marino que transitaba entre los pilares del resquebrajado muelle. Oscurecía y decidí que era el momento de irme. Empecé a levantar la soga, y ahí estaba, atrapada en la red, esa majestuosa corvina de siete kilos, aunque en realidad… ya no recuerdo bien cuánto pesaba. Y no había testigos”.
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