Sin cambios
Desde hace muchos años el tema de la educación está entre los más debatidos del país. Existe un consenso en el sentido de que es urgente mejorarla por una multitud de motivos: la educación es buena de por sí, prepara a los jóvenes para que puedan encontrar trabajo, es fundamental para la «competitividad» nacional. Pero aunque parecería que el país en su conjunto ha llegado a la conclusión de que la educación debería considerarse prioritaria y con cierta frecuencia voceros del gobierno de turno dan a entender que están por producirse reformas cualitativas cruciales, los años pasan sin que se concreten novedades significantes. Era de prever, pues, que las evaluaciones a los alumnos de las escuelas primarias y secundarias que se realizaron en 1999 arrojarían los resultados tradicionales. Según éstos, el rendimiento de los alumnos sigue siendo decididamente mediocre, sobre todo en provincias como La Rioja, Catamarca y San Juan, aunque no habrán sido las peores porque el gobierno ni siquiera se dio el trabajo de intentar cerciorarse de los conocimientos de los correntinos o fueguinos, que apenas habían podido asistir a clases.
Para sorpresa de nadie, quienes lograron los mejores resultados, es decir, los menos malos, eran los alumnos del distrito más rico, la Capital Federal, mientras que el desempeño más desolador fue aquél de los niños de provincias en las que el ingreso per cápita es sumamente bajo. Sin embargo, en la tabla de posiciones Río Negro quedó décima en lengua y quinta en matemática, aventajando a Neuquén, que, a pesar de la mayor inversión en salarios docentes, se ubicó en el lugar decimotercero en ambas materias. De todos modos, si bien es evidente que se da una relación directa entre el nivel económico de una jurisdicción y el desempeño de los alumnos, no lo es que sólo se trate de una cuestión de dinero. Después de todo, el ingreso per cápita de Corea del Sur se asemeja al argentino, pero ello no obstante los logros educativos de sus jóvenes son netamente superiores a los registrados por sus coetáneos europeos y estadounidenses.
Aun cuando lo así medido no abarque factores como los supuestos por la creatividad y la flexibilidad intelectual -lo mismo que sus homólogos japoneses, los educadores coreanos están cuestionando los méritos de un sistema que prioriza otras cualidades-, el que el existente les haya permitido transformar una sociedad campesina en una capaz de aprovechar las oportunidades que está brindando el mundo moderno significa que acertaron al optar por dar a todos una formación básica excelente. No se equivocan por completo aquellos educadores que critican las pruebas por concentrarse en pocas materias desde un enfoque inevitablemente estrecho, pero se trata de preocupaciones propias de sociedades que ya han asegurado que virtualmente todos sepan leer, escribir y sumar, además de poseer los conocimientos necesarios para ubicarse en el país tal como efectivamente es. Por ahora cuando menos, nuestra prioridad ha de consistir en encontrar la forma de conseguir que todos los habitantes de la Argentina dominen lo imprescindible.
La prédica de los que de buena fe toman el rendimiento escolar por un mero reflejo de la condición económica tanto de las personas como de las distintas comunidades no es meramente ingenua, es pesimista, para no decir nihilista, porque si tuvieran razón, en las próximas décadas no habría posibilidad alguna de educar a sus jóvenes. Por fortuna, una comparación del rendimiento educativo de los distintos países confirma que tales tesis son totalmente falsas. La verdad es que una sociedad relativamente pobre, como lo eran todas las asiáticas y muchas europeas antes de los años sesenta, debería ser perfectamente capaz de dotarse de un sistema educativo que sea por lo menos tan eficiente como los de las naciones más ricas. Claro, que sea factible no quiere decir que la Argentina logre hacerlo. Por el contrario, a juzgar por lo ocurrido en el curso de los lustros últimos y el estado actual del «debate educativo», uno habría de ser muy optimista para creer que los resultados de las pruebas de 2010 ó 2020 serán superiores a los obtenidos en el año final del siglo XX.