Sin reservas

Redacción

Por Redacción

Desde que luego de un par de semanas se agotó el «plan de gobierno» con el que inició su gestión, el presidente Eduardo Duhalde se ha concentrado en postergar todas las decisiones difíciles por temor a verse obligado a pagar los costos políticos y de este modo perder el apoyo de los caciques del peronismo bonaerense. Sin embargo, la inercia sistemática así supuesta nunca ha sido una estrategia viable para un país abrumado por una crisis que, claro está, propende a agravarse por momentos, de suerte que era inevitable que llegaría un momento en el que el gobierno se vería frente a una disyuntiva que no le sería dado esquivar. Según parece, tal momento ya ha llegado. Para desconcierto de un gobierno que, como un avestruz, se ha especializado en soslayar dificultades con la esperanza de que desaparecieran sin que tuviera que decidir nada, pronto le será necesario optar entre utilizar las reservas para saldar las deudas cuantiosas del país con organismos internacionales por un lado y, por el otro, caer en default ante el FMI, el Banco Mundial y el BID. Puesto que en el corto plazo por lo menos sería más peligroso gastar las reservas porque podría desencadenar un estallido hiperinflacionario, por ahora parece más probable que el gobierno decida profundizar el default, rehusando mantenerse al día con los organismos internacionales, aunque esto signifique que durante años el país se vea condenado al aislamiento financiero más completo sin acceso a ningún crédito exceptuando a los ofrecidos por la banca y los fondos de inversión privados.

De más está decir que los directivos del FMI entienden muy bien que al país no le convendría en absoluto aceptar que las reservas cayeran por debajo de una cantidad determinada -parece que ocho mil millones de dólares es considerado el nivel mínimo aconsejable-, pero aún así, para indignación de los duhaldistas, están presionando al gobierno para que lo permita con el propósito indisimulado de despertarlo de su letargo. Los jefes del FMI, que cuando de la Argentina se trata están respaldados con firmeza por los países más ricos el mundo, suponen que si los organismos internacionales prorrogan una vez más los vencimientos, el gobierno de Duhalde, que ya está acostumbrado a bicicletear hacia adelante todos los problemas engorrosos, continuará como antes, negándose a tomar medidas antipáticas que perjudicarían a diversos sectores y que, es innecesario decirlo, brindarían a los precandidatos presidenciales, a los legisladores de todos los partidos y a los jueces nuevos pretextos para atacarlo.

La exasperación que sienten tanto el FMI como los gobiernos de Estados Unidos, Alemania y otros países ante el inmovilismo duhaldista se debe no sólo a su deseo de ver superado cuanto antes un embrollo complicadísimo que ya ha «contagiado» a otros países latinoamericanos y que con toda seguridad está incidiendo de forma muy negativa en un panorama financiero internacional azotado por turbulencias alarmantes sino también a la conciencia de que a menos que el gobierno de Duhalde atine a afrontarla con el vigor suficiente, la crisis argentina seguirá intensificándose, reduciendo de esta manera la posibilidad de que el país logre recuperarse en los años próximos. Es que, desafortunadamente para una clase política que está más interesada en sus internas y en la campaña electoral, en situaciones como la actual la pasividad no constituye una opción. Aunque fuera deseable congelar la economía como estaba a comienzos de enero de este año, hacerlo sería imposible sin corregir repetidamente las distorsiones provocadas por un sistema de precios relativos alejado de la realidad y por el aumento de un gasto público que ya resultaba insostenible. Lo mismo que las instituciones, las economías no pueden funcionar bien sin mantenimiento continuo, lo que significa que la resistencia oficial a intentar solucionar los problemas más urgentes sólo ha servido para agravar el deterioro, asegurando de este modo que su sucesor elegido se vea constreñido a encargarse del manejo de una economía cuyo estado será mucho peor de lo que era cuando Fernando de la Rúa fue forzado a tirar la toalla, dejando el camino libre para Duhalde y otros comprometidos con lo que llamarían la «pesificación asimétrica».


Desde que luego de un par de semanas se agotó el "plan de gobierno" con el que inició su gestión, el presidente Eduardo Duhalde se ha concentrado en postergar todas las decisiones difíciles por temor a verse obligado a pagar los costos políticos y de este modo perder el apoyo de los caciques del peronismo bonaerense. Sin embargo, la inercia sistemática así supuesta nunca ha sido una estrategia viable para un país abrumado por una crisis que, claro está, propende a agravarse por momentos, de suerte que era inevitable que llegaría un momento en el que el gobierno se vería frente a una disyuntiva que no le sería dado esquivar. Según parece, tal momento ya ha llegado. Para desconcierto de un gobierno que, como un avestruz, se ha especializado en soslayar dificultades con la esperanza de que desaparecieran sin que tuviera que decidir nada, pronto le será necesario optar entre utilizar las reservas para saldar las deudas cuantiosas del país con organismos internacionales por un lado y, por el otro, caer en default ante el FMI, el Banco Mundial y el BID. Puesto que en el corto plazo por lo menos sería más peligroso gastar las reservas porque podría desencadenar un estallido hiperinflacionario, por ahora parece más probable que el gobierno decida profundizar el default, rehusando mantenerse al día con los organismos internacionales, aunque esto signifique que durante años el país se vea condenado al aislamiento financiero más completo sin acceso a ningún crédito exceptuando a los ofrecidos por la banca y los fondos de inversión privados.

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