Sin sorpresas
La experiencia internacional muestra que es factible que una sociedad pobre eduque bien a sus integrantes.
Como es habitual en todas partes del mundo, los resultados del operativo de evaluación académica que acaba de difundir el Ministerio de Educación se han prestado a diversas interpretaciones, las más politizadas. Mientras que en base de ellos el titular de la cartera, Andrés Delich, ha podido afirmar que la escuela «sigue teniendo capacidad de generar una sociedad con mayor equidad», otros han hecho hincapié en el hecho, que nadie jamás ha puesto en duda, de que los niños procedentes de hogares de nivel «socioeconómico» bajo suelen aprender menos que sus contemporáneos de familias más prósperas. No es que los datos obtenidos de la evaluación de casi 300.000 alumnos de todo el país, salvo Neuquén, que terminaron el ciclo secundario hayan sido ambiguos, es que si bien los ingresos familiares pesan en el rendimiento escolar, siempre y cuando los jóvenes no abandonen la escuela no suelen ser tan decisivos como algunos quisieran creer. De todos modos, aunque el panorama que reflejan los resultados puede considerarse mediocre, el deterioro desde el año anterior no ha sido llamativo, de suerte que las diferencias estadísticas que se han registrado no necesariamente tienen mucha importancia.
Pues bien: aunque estuvieran en lo cierto aquellos que dan por descontado que la pobreza constituye el obstáculo principal en el camino de una educación aceptable -planteo éste que haría incomprensible el buen rendimiento de los chicos de muchos países de Asia oriental y algunos de Europa central en comparación con los estadounidenses-, convendría a todos que imperara la tesis contraria de que su incidencia es relativamente escasa y que los jóvenes sin ventajas económicas deberían ser capaces de aprender más que los criados en hogares repletos de bienes materiales. Es que de imponerse los criterios de los economicistas, no puede sino propagarse el derrotismo porque, como sabemos, la mitad de la población está hundida en la pobreza y las perspectivas inmediatas del país en esta materia distan de ser promisorias, de manera que conforme a quienes piensan así intentar producir un salto cualitativo antes de encontrarse la «alternativa» al orden capitalista y democrático sería una pérdida de tiempo. Asimismo, en algunos círculos la idea de que en última instancia el nivel educativo depende más que nada de factores «socioeconómicos» ha servido para justificar paros docentes repetidos organizados por dirigentes cuyas prioridades tienen menos que ver con la educación que con «la lucha contra el modelo».
Por fortuna, la experiencia internacional muestra que es perfectamente factible que una sociedad pobre eduque bien a sus integrantes y que, andando el tiempo, las ventajas así conseguidas faciliten el desarrollo económico. El Japón es un país rico y Corea del Sur, para no hablar de amplias zonas de China, está en vías de serlo porque incluso en períodos de gran estrechez supieron concentrarse en la preparación de los jóvenes. Por razones culturales, ni siquiera a los militantes más contestatarios de estos países se les ocurrió pensar en postergar la educación hasta que sus ingresos alcanzaran un nivel considerado adecuado. Tampoco pensaron de tal modo los socialistas europeos: convencidos de que la educación permitiría a los obreros mejorar su condición, organizaron redes de instituciones educativas de calidad netamente superior a aquélla de muchas universidades privadas o públicas locales, forma de «luchar» que muchos aquí considerarían aberrante. En vista de tales precedentes, es legítimo sospechar que la razón fundamental del desempeño decepcionante de tantos alumnos y, en parte, de la deserción escolar que afecta a aproximadamente la mitad de los adolescentes, no es la pobreza como tal sino el facilismo propio de amplios sectores de ingresos medios y de las tradiciones culturales de millones de pobres «estructurales» que, a diferencia de sus equivalentes de los países de Asia oriental y de algunas zonas de Europa, no creen que es su deber asegurar que sus hijos aprovechen todas las oportunidades educativas disponibles y que, por encontrarse éstos en una situación de desventaja frente a los más ricos, les correspondería aplicarse mucho más.
Como es habitual en todas partes del mundo, los resultados del operativo de evaluación académica que acaba de difundir el Ministerio de Educación se han prestado a diversas interpretaciones, las más politizadas. Mientras que en base de ellos el titular de la cartera, Andrés Delich, ha podido afirmar que la escuela "sigue teniendo capacidad de generar una sociedad con mayor equidad", otros han hecho hincapié en el hecho, que nadie jamás ha puesto en duda, de que los niños procedentes de hogares de nivel "socioeconómico" bajo suelen aprender menos que sus contemporáneos de familias más prósperas. No es que los datos obtenidos de la evaluación de casi 300.000 alumnos de todo el país, salvo Neuquén, que terminaron el ciclo secundario hayan sido ambiguos, es que si bien los ingresos familiares pesan en el rendimiento escolar, siempre y cuando los jóvenes no abandonen la escuela no suelen ser tan decisivos como algunos quisieran creer. De todos modos, aunque el panorama que reflejan los resultados puede considerarse mediocre, el deterioro desde el año anterior no ha sido llamativo, de suerte que las diferencias estadísticas que se han registrado no necesariamente tienen mucha importancia.
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