Sinceridad holandesa

A raíz de la ley de eutanasia: si algo distingue a los holandeses es la voluntad de intentar conciliar la ley con la realidad.

Por Redacción

Holanda es una nación sumamente civilizada que es mundialmente célebre por la tolerancia de sus ciudadanos y por su respeto por «la vida». Es sin duda por eso que la decisión del Senado holandés de convertirla en el primer país en que la eutanasia esté legalmente permitida ha ocasionado tanto malhumor en el resto del mundo, sobre todo en países en que, la elocuencia apasionada de sus dirigentes políticos, lumbreras intelectuales y guías espirituales no obstante, el «amor por la vida» puede ser un ideal difundido pero que no es bajo ningún concepto una realidad. Aunque en algunos países como Australia, Francia y el Reino Unido existen movimientos significantes que comparten el punto de vista de los holandeses, la reacción mayoritaria frente a la iniciativa ha sido hostil, acaso por temor a que de aprobarse legislación similar en aquellos países en que el compromiso con «la vida» es una mera expresión de deseos que incide muy poco en lo que efectivamente ocurre, muchos médicos comiencen a dejar morir o directamente a matar a sus pacientes por motivos siniestros. Por cierto, no podrían tomarse muy en serio las protestas procedentes de personajes que sienten entusiasmo por la pena de muerte o que jamás han manifestado ningún interés por mejorar las condiciones de los hospitales en que son atendidas personas de ingresos limitados. Puede que sean contrarios a la eutanasia porque líderes religiosos les han informado que es mala, pero esto no quiere decir que estén dispuestos a hacer nada para prolongar la vida de los que con una ayuda mínima podrían salvarse.

Según las encuestas de opinión, el 85% de los holandeses está en favor de la nueva ley que, huelga decirlo, prevé reglas rígidas destinadas a impedir malentendidos y abusos de cualquier tipo. ¿Esto quiere decir que los holandeses son todos neonazis, como insinúan sin empacho sus críticos de países que nadie soñaría con calificar de «respetuosos de la vida»? Claro que no. Si algo los distingue de otros, esto es la voluntad para muchos perversa de intentar conciliar la ley con la realidad concreta. No les gusta la hipocresía propia de tantas sociedades en que es habitual tolerar sin complejos ciertas prácticas tradicionales a pesar de su ilegalidad formal. Si ven que existe un problema grave, están preparados para intentar crear el marco legal correspondiente, manía que, como es natural, ofende a los resueltos a mantener bien separada la ley, que a su juicio debería reflejar los ideales, del comportamiento cotidiano de la gente que, se supone, siempre se atendrá a un código de conducta menos elevado.

Pues bien: es razonable suponer que en todas partes la eutanasia es mucho más frecuente de lo que suele creerse. Por supuesto, muy pocos médicos confesarían haber «ayudado a morir» a un paciente ya agonizante sin perspectiva alguna de recuperarse, al cual sólo le esperaban dolores y humillaciones -el que el norteamericano Jack Kevorkian se haya visto transformado en una celebridad internacional por haberlo admitido nos dice todo cuanto necesitamos saber sobre el poder del tabú y también sobre el deseo apenas disimulado de millones de soslayarlo-, pero sería realmente asombroso que en circunstancias determinadas muchos no lo hayan hecho, de tal modo que sería casi imposible acusarlos de violar ley o regla profesional alguna. Sin embargo, tal como ocurre frente al aborto, fenómeno que en teoría no se ve nunca en muchos países, entre ellos la Argentina, pero que a juzgar por las estadísticas que se han compilado es en verdad casi rutinario, la mayoría preferiría dejar las cosas como están. Puede que sea pusilánime tal actitud por ser atribuible menos a firmes convicciones morales que a la renuencia a hacer frente a problemas éticos muy difíciles, pero es poco probable que se modifique en los próximos años. Asimismo, podría argüirse que una ley que fuera apropiada para una de las sociedades más sinceras de la Tierra no lo sería para otras en que, por desgracia, el respeto práctico y no sólo verbal por los valores éticos dista de ser tan evidente, aunque es previsible que andando el tiempo el ejemplo holandés sea imitado por algunos países reacios a permitir que ciertos temas sean considerados demasiado polémicos como para procurar encuadrarlos en la legislación vigente.