Síntoma de cansancio
El desánimo argentino es síntoma de la desconfianza extrema que la mayoría siente hacia toda forma de autoridad.
Muchos se han sentido sorprendidos por el hecho de que, conforme a las encuestas de opinión, la Argentina se encuentre entre los países menos interesados en la idea de una «guerra mundial» contra el terrorismo. Después de todo, ya ha sido blanco de dos ataques devastadores que bien pudieron haber sido obra de la misma red de organizaciones que acaba de matar a miles de personas en Estados Unidos, de suerte que lo lógico sería que la mayoría se afirmara en favor de una ofensiva destinada a capturar a los responsables, derrocar a los regímenes que los han cobijado y de este modo reducir al mínimo la posibilidad de que nos ataquen otra vez. Sin embargo, es evidente que no es así. No sólo los que simpatizan con los grupos marginales de la extrema izquierda, sino una mayoría sustancial de la población quisiera que el país permaneciera «neutral» frente al conflicto, o sea que, según la forma un tanto maniquea de pensar del presidente norteamericano George W. Bush, se alíe con los terroristas «islámicos».
Claro, el grueso de los que se aferran a la «neutralidad» no siente afecto alguno por el terrorismo y si bien es probable que la actitud de muchos ante Estados Unidos se haya teñido de cierta envidia y rencor -los norteamericanos son ricos, somos pobres, lo cual es injusto e imperdonable-, antes de concretarse los atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono no se daban demasiados motivos para suponer que la Argentina fuera un país llamativamente antinorteamericano. Puede entenderse, pues, el desconcierto que en el gobierno y en otros círculos han producido encuestas que parecen reflejar una falta de solidaridad y de seriedad realmente llamativa que algunos han atribuido a dos principios de conducta nada dignos: los resumidos por las expresiones «no te metás» y «por algo será».
Quienes han llegado a tales conclusiones no se habrán equivocado por completo. El deseo de alejarse de los conflictos, de no pensar en el significado de fenómenos desagradables, de defenderse dando por descontado que todos son igualmente perversos y egoístas y que en consecuencia incluso creer que un bando es menos malo que otro equivale a dejarse engañar, ha contribuido tanto al escaso entusiasmo por participar en una «guerra» antiterrorista como a la difusión de la filosofía del «no te metás» y del «por algo será». Pero, dadas las circunstancias, es comprensible la voluntad generalizada de entregarse al cinismo fácil y la pasividad. Desde hace muchas décadas, los líderes sucesivos del país se han encargado de enseñar a «la gente» que las promesas no valen nada, que la retórica siempre es hueca, que los motivos auténticos nunca tienen mucho que ver con los declamados, que las grandes causas siempre degenerarán en farsas. También se ha acostumbrado a que los presuntos defensores del derecho a vivir en tranquilidad puedan resultar ser predadores sin escrúpulos. Asimismo, no fue necesario que terroristas suicidas utilizaran aviones de línea para atacar Nueva York y Washington para recordarle que en este mundo la seguridad personal apenas existe: en este sentido, su propia experiencia ya ha sido convincente.
Puesto que con toda probabilidad el papel de la Argentina en los acontecimientos de los próximos meses y años distará de ser protagónico, podría creerse que en el fondo no importa demasiado la opinión de «la gente». Al fin y al cabo, siempre y cuando la fantasía de «la neutralidad» no sirva para convertir al país en un refugio de terroristas, no serían muy grandes los perjuicios ocasionados por la oposición al envío de tropas: hasta ahora, ningún estratega norteamericano o europeo ha manifestado interés alguno por contar con su presencia fuera del país. Sin embargo, esto no quiere decir que carezca de importancia el desánimo que subyace en la reacción de tantos ante lo que está sucediendo en el mundo. Es síntoma de un mal más profundo, de la desconfianza extrema que la mayoría siente frente a toda forma de autoridad, trátese de la «clase política» nacional, los «líderes de Occidente» o, de más está decirlo, del «país rector» que es Estados Unidos. A menos que el país supere la fatiga moral así supuesta, incidirá de manera nefasta en el futuro común.