Las Grutas bajo el agua: bucear con lobos marinos, los habitantes más juguetones del mar
Desde Las Grutas, una nueva experiencia invita a entrar al Golfo San Matías de otra manera: bucear con lobos marinos en su ambiente natural, con protocolos estrictos, formación previa y una premisa clara que ordena todo el recorrido: observar sin intervenir, compartir sin invadir.
El Golfo San Matías no se entrega de golpe. Hay que aprender a leerlo mientras las mareas avanzan y retroceden como una hamaca que viene y que va. Los bancos de arena que aparecen con la bajamar, el silencio espeso de la mañana antes de que el viento empiece a moverlo todo. En ese paisaje que parece siempre el mismo, pero nunca lo es, empieza a gestarse una experiencia distinta: entrar al mar no para mirarlo desde la orilla, sino para compartirlo.
Desde esta temporada, los chicos de Cota Cero, (@cotacerobuceo) suman desde Las Grutas una propuesta, cuidadosamente planificada: bucear con lobos marinos en su ambiente natural. No te llevarán a acuarios ni a ver espectáculos armados, sino a su propio hábitat en la entrada de la Bahía San Antonio. Allí los lobos de un pelo descansan sobre los bancos que deja la marea baja y observan, curiosos, todo lo que se mueve alrededor.
“Conseguimos un permiso para hacerlo en el asentamiento de lobos que está en la entrada de la bahía, sobre los bancos que se forman con la marea baja”, explica Claudio Barbieri, referente de Cota Cero, la empresa que desde hace años trabaja en el Golfo y que ahora abre una nueva puerta para quienes buscan algo más que sol y reposera. “También tenemos el permiso para hacerlo en Puerto Lobos, en el área natural protegida Islote Lobos, del lado de Sierra Grande. Esa experiencia va a arrancar en cualquier momento”.

La propuesta no es improvisada ni espontánea. Tiene tiempos, reglas y una pedagogía clara. Antes de entrar al agua hay una charla. En realidad, dos. “La primera parte es para que la gente sepa con qué especie va a hacer la actividad”, dice Barbieri. “Qué es un lobo marino de un pelo, cómo vive, cómo se diferencian los sexos, cuáles son sus ciclos biológicos. Es muy escueto, pero es importante que la persona entienda con quién se va a encontrar”.
La segunda parte es técnica. Y ahí aparece una definición que ordena todo el proyecto. “Cuando usás luneta, snorkel y aletas, por definición estás haciendo buceo. No es nado, y cuando hablás de buceo, entrás bajo la normativa de Prefectura Naval Argentina. Eso cambia todo”, aclara.
Por eso, nadie entra al mar sin preparación previa. “A los que son buzos certificados les pedimos su carnet. Y al que no lo es, entra en una etapa de bautismo por lo que debe recibir un entrenamiento antes”, detalla Barbieri. El entrenamiento incluye una práctica en pileta, como en el buceo autónomo: aprender a usar el equipo, a respirar, a moverse, a entrar al agua desde un bote sin hacer ruido. “La idea es que la persona salga del local sabiendo todo. Al lugar va a ir nada más que a disfrutar”.

Una vez en el mar, el protocolo es claro y no se negocia. “No se pueden tocar los animales de ninguna manera. A veces son muy curiosos, se acercan, te muerden la aleta. Dejalos que hagan lo que quieran, pero no intentes tocarlos”, enfatiza.
Las salidas parten desde la Tercera Bajada de Las Grutas y duran entre dos y dos horas y media en el agua, con una previa de entre 45 minutos. Van con instructores dentro del agua, con control permanente y en zonas previamente evaluadas. Hay lugares donde se hace pie y otros donde no, puede haber algo de corriente, pero todo está contemplado.
“Nosotros somos viejos en esto, buceamos con lobos desde siempre”, reconoce Barbieri. “Pero llevar gente es nuevo y lo queremos evaluar en el lugar, paso a paso”. Por eso, al menos en esta primera etapa, no participan menores de 12 años. “Capaz que en una semana te digo ‘che, está bárbaro’, pero primero lo vamos a ir viendo”.

La cautela no es casual, Barbieri lo dice sin rodeos: “Cuando uno está en modo turista, a veces se relaja demasiado y en el agua eso no puede pasar”. Por eso insiste en llamar a la actividad por su nombre. “Cuando decís buceo, la persona entiende que hay reglas, que hay un entrenamiento previo, que no es tirarse al agua porque sí”.
En un Golfo que ya es famoso por sus aguas calmas, sus playas extensas y su fauna, esta experiencia suma una capa nueva. No promete adrenalina ni contacto forzado, sino algo más sutil: la posibilidad de estar cerca sin invadir, de mirar sin tocar, de sentirse parte, aunque sea por un rato, de un mundo que no nos pertenece. El Golfo San Matías, inmenso y paciente, vuelve a demostrar que todavía guarda secretos para quienes estén dispuestos a entrar despacio, escuchar y dejarse sorprender.
El Golfo San Matías no se entrega de golpe. Hay que aprender a leerlo mientras las mareas avanzan y retroceden como una hamaca que viene y que va. Los bancos de arena que aparecen con la bajamar, el silencio espeso de la mañana antes de que el viento empiece a moverlo todo. En ese paisaje que parece siempre el mismo, pero nunca lo es, empieza a gestarse una experiencia distinta: entrar al mar no para mirarlo desde la orilla, sino para compartirlo.
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