De invasora a recurso: la otra vida de la carpa, entre acuaponia y pesca deportiva en la Patagonia

Abundante y resistida, la carpa común se multiplica en ríos y canales de Río Negro y Neuquén. Mientras erradicarla parece imposible, un equipo del INTA la integra a un sistema de acuaponia y la pesca deportiva la resignifica como desafío técnico y recurso alimentario.

Por Lorena Vincenty

La Pesca con mosca de la Carpa, una técnica apasionante que ofrece retos únicos. Foto: Nicolás Barros.

Cuando el calor del verano empuja a buscar agua, muchos la ven en los ríos y canales de Río Negro y Neuquén, algunos la desprecian, otros se preguntan por qué nadie hace nada. La carpa común (Cyprinus carpio) ocupa un lugar incómodo: abundante, resistente, invasora. Compite con peces nativos como el pejerrey, remueve los fondos, enturbia el agua y erradicarla es casi imposible. Por eso, en el Valle Inferior del río Negro, un equipo del INTA decidió ensayar otra respuesta e integrarla a un sistema que transforme el problema en recurso. En paralelo, en la pesca deportiva la resignifican, y empieza a consolidarse como una opción cada vez más elegida.

Desde Viedma, la técnica del INTA, Silvana Guerrero atiende el teléfono y cuenta. “Iniciamos con un módulo de acuaponia antes de la pandemia, más o menos en 2019. El proyecto comenzó a través de un convenio con la Universidad Nacional de Río Negro”.

La acuaponia, explica, une peces y plantas en un circuito cerrado. “Se producen vegetales, pero no en suelo, sino en un ambiente acuático. Los desechos de los peces son los que nutren a las plantas. El sistema lleva filtros biológicos para que el agua no sea tóxica ni para los peces ni para las plantas. Entonces se aprovecha el recurso completo: podés tener peces para consumo y también producir hortalizas o plantas ornamentales”.

Un equipo del INTA Valle Inferior del río Negro desarrolla un sistema de acuaponía.

Al principio trabajaban con peces de acuario. Después alguien lanzó la idea que incomoda: ¿y si probamos con carpas del río? “Primero hubo que dejar que el sistema madurara. Cuando vimos que la producción vegetal funcionaba con carpas, empezamos a analizar la posibilidad de aprovechar también esos peces para consumo”.

La carpa, mirada de reojo en las costas, empezaba a tener otro lugar: el de sostén de un circuito productivo. Guerrero no niega el impacto ambiental. “La proliferación de carpas genera disturbios en los fondos de ríos y lagunas, afecta la vegetación acuática y la reproducción de especies nativas”. Pero propone correr el eje: “Eso puede verse solo como un problema o también se puede ver la oportunidad de valorizar la carpa como recurso”.

El equipo realizó faenas experimentales con ejemplares del módulo para evaluar rindes y usos gastronómicos. La sorpresa no fue técnica, fue cultural. “La idea nunca fue reproducir carpas, sino sacarlas del río, utilizarlas en el sistema y luego destinarlas al consumo. Justamente lo que se busca es reducir un poco la cantidad en el río. Si lográramos incorporar su carne a la dieta regional, ayudaría a equilibrar el sistema”.

Un equipo del INTA Valle Inferior del río Negro desarrolla un sistema de acuaponía.

La barrera, reconoce, no es biológica. Es simbólica.


“En la región no hay cultura de consumir carpa. Mucha gente la pesca y la descarta. Una de las razones es que la carpa extraída directamente del río suele tener sabor a barro, porque consume de todo. En cambio, cuando la criás en un sistema de acuaponia con agua filtrada y limpia, ese sabor desaparece. El agua circula permanentemente por filtros biológicos y la carne no tiene ese gusto amargo característico”.

A su vez, asegura que si bien tiene espinas, no es algo imposible de resolver en cocina, y lo probaron. Hicieron dos degustaciones en el INTA. En la primera, más cerrada, una chef preparó distintos platos. “Como es un pez con bastante grasa, la carne resulta muy sabrosa. Sinceramente, es rica”.

La segunda fue para funcionarios. Querían apoyo, articulación, escala. Invitaron a Pesca, al Ministerio de Producción, a la Universidad.

En este sentido, el sistema de acuaponía demostró que la carpa puede cumplir un doble rol: aportar nutrientes al cultivo vegetal y ofrecer carne apta para el consumo humano.

El módulo no solo produce pescado, produce verduras, y algo más inesperado: ajo. Aldo Alarcón, técnico a cargo del mantenimiento del sistema y desde INTA aseguran que a nivel mundial hay mucha experiencia en acuaponia con verduras de hoja, pero ellos también hicieron tomate, berenjena y ajo un cultivo del que no hay antecedentes y lograron que complete todo su ciclo en agua con buen calibre, buen valor comercial, buena conservación. «Es un cultivo de bulbo, uno lo asocia a la tierra. Pero funciona. La cabeza se desarrolla dentro de la goma espuma que sostiene la planta. Alcanza buen tamaño, como si estuviera en el suelo”, dicen.

En las zonas costeras del río, cuando termina el riego, quedan carpas que pueden capturarse con facilidad. “Con tres o cuatro carpas ya podés alimentar un módulo chico”, señala Guerrero. La ecuación es simple: menos peces invasores en el río, más alimento fresco en la mesa. Y en la Línea Sur de Río Negro la idea es trabajar con truchas, que también son especies exóticas. La trucha tiene mayor aceptación para el consumo y permitiría que la población de esa región acceda no solo a pescado fresco, sino también a hortalizas frescas, algo que allí resulta más difícil de conseguir. Pero el desafío vuelve a ser cultural.

“No tenemos hábito de consumir pescado en general, y menos aún un pescado con mala fama como la carpa. Es difícil pensar que alguien cambie un cordero por una trucha o una carpa. Es una cuestión muy arraigada”.

Según Aldo Alarcón, técnico del INTA Valle Inferior al portal Agro Sitio, el objetivo del proyecto es ofrecer alternativas productivas que se adapten a los recursos disponibles en cada ambiente.

Sin embargo, insiste desde la experiencia. A fines de diciembre se llevó una carpa grande del sistema a su casa. “Hice hamburguesas. Te confieso que la condimenté bastante porque pensé que podía salir mal… y no sabés lo rica que quedó. Muy sabrosa. Lo que sí tiene es lo que popularmente llaman ‘catinga’: un pequeño nervio o hilito blanco sobre el lomo que puede darle sabor amargo. Sacando eso, no tiene mayor ciencia”.

Describe la carne como quien defiende una causa. “Es el sabor de una hamburguesa de pescado, incluso más sabrosa porque es un pez con bastante grasa. Cuando la faenás se nota esa grasa blanca, como la del pollo, y eso le da muy buen sabor. También funciona muy bien a la parrilla”.


No es solo una experiencia productiva. Es un cambio de mirada


Nicolás Barros mira el río con otros ojos. Es instructor de Fly Cast, certificado por la Asociación Argentina de Pesca con Mosca, y desde hace años trabaja y practica en el Alto Valle. Para él, la carpa dejó de ser una aparición circunstancial en la línea. “La actividad dejó de estar asociada exclusivamente a ciertos ambientes o especies y empezó a ampliarse. La carpa pasó de ser una captura ocasional a un objetivo buscado por su dificultad técnica. Eso habla de una madurez en la práctica: entender que el desafío no depende solo de la especie, sino de cómo se la aborda”.

Alrededor de la carpa común se construyó un relato simple: la gran culpable del deterioro ambiental. Barros propone complejizarlo. La carpa no llegó sola, fue introducida por el hombre hace décadas. Su expansión responde a decisiones humanas. Eso no implica negar su impacto y en ese contexto, pescarla con mosca no es azar. «Es lectura fina del agua. Observar cómo se desplaza, cómo se alimenta, cómo responde al entorno. Es una pesca técnica, meticulosa, que exige precisión en el lanzamiento y paciencia en la aproximación».

Barros cree que la pesca deportiva puede ser también una forma de resignificar una realidad ya instalada. “La carpa está en el sistema. Ignorarla no cambia nada”, y amplía el foco. “Muchas de las especies que hoy forman parte de la pesca regional tampoco son autóctonas. La trucha, por ejemplo, fue introducida y hoy está plenamente integrada a la cultura de pesca. Eso demuestra que los ecosistemas del norte patagónico ya están profundamente modificados por decisiones humanas históricas”.

La diferencia, advierte, está en el límite. “Que una especie esté instalada no habilita a repetir el error con nuevas traslocaciones. Darle valor a lo que ya existe puede ser válido, expandirlo deliberadamente, no”.

En la pesca con mosca la regla tradicional es captura y devolución. En el caso de la carpa, muchos sostienen esa práctica, pero no es obligatoria. Y en el Alto Valle hay quienes la pescan directamente para consumo. Barros no esquiva el tema. “La carpa es un recurso alimentario válido. Bien manipulada, su carne es firme y versátil. En distintas culturas se prepara al horno con vegetales, ahumada o despinada y procesada para milanesas o hamburguesas de pescado. Incluso el escabeche es una de las formas más tradicionales y efectivas de aprovecharla, porque ayuda a ablandar espinas”.

El aprovechamiento, dentro de la normativa vigente, puede ser coherente. Lo que no lo es, insiste, es trasladarla. “Una cosa es capturarla donde ya está presente, devolverla o consumirla responsablemente. Otra muy distinta es moverla a un ambiente donde aún no existe. Ahí comienza un impacto nuevo, evitable y absolutamente innecesario. El límite está en no repetir el error que la trajo hasta acá”.

En eso es tajante: capturarla en los sitios donde ya habita, sí. Trasladarla para “crear” nuevos escenarios, llevarla a lagunas donde aún no está o moverla entre cuencas, no. Porque si algo enseñó la historia del río es que algunas decisiones duran décadas y no siempre se pueden desandar.


La Pesca con mosca de la Carpa, una técnica apasionante que ofrece retos únicos. Foto: Nicolás Barros.

Cuando el calor del verano empuja a buscar agua, muchos la ven en los ríos y canales de Río Negro y Neuquén, algunos la desprecian, otros se preguntan por qué nadie hace nada. La carpa común (Cyprinus carpio) ocupa un lugar incómodo: abundante, resistente, invasora. Compite con peces nativos como el pejerrey, remueve los fondos, enturbia el agua y erradicarla es casi imposible. Por eso, en el Valle Inferior del río Negro, un equipo del INTA decidió ensayar otra respuesta e integrarla a un sistema que transforme el problema en recurso. En paralelo, en la pesca deportiva la resignifican, y empieza a consolidarse como una opción cada vez más elegida.

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