De una chacra olvidada a una apuesta millonaria: el proyecto de avellanas que quiere transformar la Patagonia

De una chacra con baja actividad a un proyecto en expansión, Corylus impulsa el cultivo de avellanas en Viedma con inversión, tecnología y una apuesta a escala que busca posicionar al Valle Inferior como referencia productiva.

En el Valle Inferior del río Negro, una chacra que durante años estuvo prácticamente detenida empezó a transformarse. No había maquinaria en movimiento ni grandes cultivos. Solo una historia familiar, un campo con bajo nivel de uso y una pregunta abierta: qué hacer con ese lugar.

Hoy, ese mismo espacio forma parte de Corylus, un proyecto que no solo produce avellanas, sino que intenta algo más ambicioso, escalar una actividad todavía incipiente y posicionar a Viedma como un polo productivo de referencia.

"Esto empezó como un proyecto familiar, con la idea de volver a poner en producción la chacra", contaron a Diario RÍO NEGRO Javier Masú y Andrés Mitchell, administradores del proyecto. Pero lo que parecía una decisión doméstica terminó conectándose con un proceso más grande, el momento exacto en que un cultivo deja de ser experimental y empieza a convertirse en negocio.


El momento justo en el Valle Inferior: cuando otros ya habían hecho lo más difícil


El cultivo de avellanas en la Patagonia no nació con Corylus. Mucho antes, hace más de 30 años, un grupo de productores empezó a probar con una planta que implicaba un desafío enorme. "Los primeros productores fueron muy valientes. Tuvieron que hacer toda la curva de aprendizaje", explicaron.

Las avellanas producidas en el Valle Inferior se destacan por su calidad y rendimiento. Foto: Pablo Leguizamón.

Ese proceso fue lento y costoso. En muchos casos, las primeras producciones llegaron recién después de ocho o diez años. Hubo ensayo, error y mucha inversión sin certezas. Perotambién hubo resultados: se comprobó que el cultivo se adaptaba, que las plantas crecían bien y que los rindes podían ser competitivos.

En ese contexto se inserta Corylus. "Nosotros entramos en un momento distinto. Ya se sabía que funcionaba y que los rendimientos que se podían alcanzar eran buenos, pero faltaba todavía escalarlos, es decir, tenía el punto justo de maduración como para que pudiéramos entrar con un esquema con el que nosotros entrábamos que es el de administración ya profesionalizada de estos cultivo", explicaron.

El proyecto tomó forma a partir de un campo de Julio Colombo, uno de los fundadores, que durante años no había logrado desarrollarse productivamente, en parte por las inversiones y la estructura que requiere este tipo de actividad.

La respuesta fue colectiva. "Juntamos esfuerzos familiares, inversión y empezamos a construir el proyecto", recordaron.

Así, en 2017 comenzaron a analizar alternativas productivas junto al propio Colombo y, dos años después, en 2019, formalizaron la empresa. En ese proceso identificaron al cultivo de avellanas como "una oportunidad muy interesante para el Valle Inferior del río Negro". También se sumó Pablo Colombo, quien hoy está a cargo del manejo operativo y el día a día en las chacras.

El cultivo requiere más de 800 horas de frío anuales para alcanzar producción. Foto: Pablo Leguizamón.

El crecimiento inesperado: cuando el proyecto empezó a atraer a otros


Con el tiempo, el proyecto empezó a despertar interés más allá del ámbito familiar. "Se fueron acercando inversores sin vínculo previo, atraídos por el potencial del cultivo, la seriedad del proyecto y el modelo de gestión", contaron. Hoy incluso acompañan a otras empresas que están evaluando desarrollos de mayor escala en la región.

Así, al proyecto original se sumó rápidamente un campo lindero. En 2021 implantaron los desarrollos A-203 y A-204, que hoy constituyen la base productiva. En 2025 comenzaron a producir según lo previsto, y ese volumen sigue creciendo.

En conjunto, alcanzaron más de 40 hectáreas implantadas. Ese crecimiento temprano fue una señal, el interés por el cultivo ya no era aislado.

Javier Masú y Andrés Mitchell, administradores de Corylus, en uno de los lotes de avellanos del Valle Inferior. Foto: Pablo Leguizamon.

Cuánto cuesta y cuánto rinde: los números detrás del negocio


El cultivo de avellanas combina una barrera de entrada alta con una rentabilidad sostenida en el tiempo.

Hoy, implantar una hectárea tecnificada —con plantas in vitro, riego y manejo intensivo— puede costar entre US$ 30.000 y US$ 35.000. "Es una inversión que se hace a lo largo de cinco años, no es toda junta, aunque sí se concentra bastante al inicio", explicaron.

El cambio más fuerte en los últimos años se dio en los tiempos productivos. "Los proyectos nuevos entran en producción en tres años", señalaron. En comparación, los esquemas tradicionales eran más largos. "En esos casos, el flujo positivo llegaba en seis o siete años y el recupero de la inversión estaba alrededor del año diez", detallaron.

Con los modelos más tecnificados, esos plazos se acortaron significativamente. "Ahora el recupero se da alrededor del año siete", agregaron.

El acceso a mejor información técnica, nuevas tecnologías de manejo y material genético seleccionado permitió proyectar sistemas más eficientes, con mayores densidades de plantación, entrada en producción aproximadamente un año antes y "rindes que pueden superar los 3.500 kilos por hectárea".


El factor invisible: por qué este cultivo funciona en Viedma


No cualquier lugar sirve para producir avellanas. De hecho, el clima define todo. "La planta necesita acumular horas de frío para producir. Si no, crece, pero no da fruta", explican.

Entre el río y el mar, las avellanas encuentran condiciones para desarrollarse en la Patagonia. Foto: Pablo Leguizamón.

"En el Valle Inferior se superan las 800 horas de frío anuales y eso hace que genere una diferenciación y pueda producir. En otras regiones del país, como Córdoba, la planta puede desarrollarse, pero no produce", señalaron.

A eso se suma otro diferencial: el agua. La cercanía al río Negro y la infraestructura de riego permiten sostener el cultivo en una región donde, "fuera de esos sistemas, producir sería inviable", agregaron.

Y hay un tercer factor: el mar. "La influencia marítima estabiliza el clima y genera condiciones un poco mejores que en otras zonas del valle", detallaron.


Un ecosistema que todavía se está armando


A pesar del crecimiento, el sector todavía está en construcción. "Conviven productores pioneros, nuevos proyectos impulsados por inversión privada, cooperativas de servicios y distintos actores institucionales", señalaron.

Todavía hay una fuerte integración vertical dentro de cada emprendimiento —es decir, cada proyecto resuelve muchas cosas "puertas adentro"—, pero a medida que crezca la superficie cultivada es esperable que se consolide una red más amplia, profesionalizada y eficiente de proveedores y servicios.

El gran desafío hoy es lograr escala productiva. "La región tiene condiciones naturales excepcionales y, además, hoy contamos con herramientas tecnológicas y agronómicas mucho más desarrolladas que al inicio". Para que ese potencial se materialice, es clave seguir "atrayendo inversión, consolidar equipos técnicos y alcanzar una masa crítica que permita bajar costos y acelerar el desarrollo del sector".


Un mercado estable, con un jugador dominante en el Valle Inferior


El negocio de la avellana tiene una característica que lo vuelve atractivo: previsibilidad.

A diferencia de otros cultivos, los precios no presentan grandes volatilidades. "No es un valor que cambie demasiado. Eso es lo que hace que el cultivo sea confiable", explicaron.

Este año, sin embargo, alcanzó niveles excepcionales. "Hoy está en torno a los US$ 6,60 el kilo de avellana, pero es un número extraordinario. La temporada pasada fue US$ 4,20, que es un muy buen valor de referencia", detallaron.

Los amentos del avellano, estructuras alargadas y colgantes que liberan polen en invierno para la polinización. Foto: Pablo Leguizamón.

Detrás de esa estabilidad hay un actor central: la industria global. "Ferrero Rocher es un actor clave en eso, porque compra cerca del 40% de la fruta a nivel mundial todos los años y tiene una política de precios muy clara y sostenida en el tiempo", señalaron.

La empresa Ferrero —fabricante de Ferrero Rocher— mantiene una presencia estratégica en el Instituto de Desarrollo del Valle Inferior (Idevi), donde opera plantaciones propias y un centro de acopio de avellanas.

En Viedma, ese esquema tiene una ventaja adicional. La presencia de una planta procesadora permite canalizar la producción local y simplificar la comercialización.


El trabajo silencioso: manejo, poda y decisiones que impactan años después


Más allá de la inversión y la tecnología, el manejo cotidiano define el resultado.

"El manejo es esencial, hacer todas las tareas en tiempo y forma, poder llegar en el momento adecuado con el riego, con la fertilización, con las labores, con la poda", explicaron. En ese sentido, remarcaron que cada decisión tiene impacto en el tiempo: "Cada una de todas las cosas tiene un impacto que en muchos casos se ve hasta dos temporadas después".

El riego, la fertilización y la poda son claves. Esta última, en particular, cumple un rol central en la renovación de la planta. "La poda es fundamental para que la planta vaya rejuveneciéndose permanentemente y generando esas ramitas que son las que después producen", detallaron.

El fruto de la avellana, base de una producción con demanda global sostenida. Foto: Pablo Leguizamón.

Si no se realiza correctamente, el impacto no es inmediato, pero aparece con el tiempo. "Si eso no se hace, la planta se tapa y empieza a perder esos brotes, y dos o tres temporadas después baja la producción".

En Corylus, el seguimiento es permanente. "Nosotros hacemos dos análisis foliares por temporada para ver cómo está la planta y, a partir de eso, ajustar qué nutrientes hay que aportar", explicaron. Ese trabajo se complementa con asesoramiento técnico especializado.


Viedma, polo de avellanas


La proyección empieza a ganar sustento.

Con condiciones naturales favorables, tecnología disponible y un interés creciente del sector privado, el Valle Inferior reúne condiciones para posicionarse dentro del mapa productivo. Ese proceso, además, ya muestra avances concretos: en el área del Idevi se concentra cerca del 95% de la producción nacional de avellanas, con más de 700 hectáreas implantadas.

"Estamos convencidos de que el Valle Inferior tiene todo para posicionarse como una región de referencia en la producción de avellanas, tanto a nivel nacional como internacional", señalaron.

La presencia de actores como Ferrero Rocher, junto a nuevos desarrollos y productores locales, refuerza ese escenario. Sin embargo, el crecimiento aún está en marcha. Como ocurre con este tipo de cultivos, requiere tiempo, inversión y continuidad.

En ese camino, lo que comenzó como un proyecto para reactivar una chacra con bajo nivel de actividad hoy forma parte de un proceso más amplio que empieza a consolidarse en la región.


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