Día del Niño: un hilo y un palo fueron el inicio de los juegos de la Patagonia
Mucho antes de las jugueterías, las plazas y los videojuegos, los niños de la Patagonia ya tenían sus propios juegos. Algunos se construían con hilos, piedras, carozos o madera; otros ponían a prueba la velocidad, la fuerza, el equilibrio o la destreza.
Solo hay que sostener el juego en equipo. (FOTOS: Gentileza)
Un hilo entre las manos podía convertirse en una casa, una estrella o la pata de un ñandú. Una bolita de barro podía ser suficiente para organizar una competencia. Un palo y una pelota podían transformar un espacio abierto en una cancha. Mucho antes de que existieran los juguetes fabricados en serie, los niños de los pueblos originarios de la Patagonia ya jugaban. Y para hacerlo no necesitaban demasiado. Tenían a disposición los materiales de su entorno y, sobre todo, imaginación, movimiento y la compañía de otros.
Una de las investigaciones históricas más importantes sobre este universo lúdico fue realizada por el antropólogo Raúl Martínez Crovetto, quien recorrió a fines de la década de 1960 las provincias de Río Negro, Neuquén y Chubut y reunió testimonios sobre juegos y entretenimientos de pueblos originarios de la región.
Su trabajo, publicado en 1969 bajo el título «Juegos araucanos de la Patagonia», documentó tres juegos de azar, ocho de habilidad, ocho deportivos, cuatro infantiles y siete juguetes. El investigador buscó reconstruir prácticas que habían sobrevivido en la memoria de personas mayores y también distinguirlas de juegos incorporados posteriormente a través de la escuela o del contacto con otras comunidades.
Jugar también era aprender
En esas sociedades, el juego no estaba separado de la vida cotidiana como una actividad exclusivamente destinada al entretenimiento. Correr, arrojar, esquivar, forcejear, imitar animales, fabricar objetos o aprender determinadas reglas podía implicar al mismo tiempo desarrollar habilidades necesarias para la vida comunitaria.
Por eso, mirar aquellos juegos solamente desde la perspectiva de la diversión sería quedarse a mitad de camino. El Museo Nacional del Hombre señala que los juegos de los pueblos originarios permiten rastrear formas de interacción social y que, a través de ellos, también se transmitían historias, leyendas y mitos.
El hilo que contaba historias
Entre los registros más sorprendentes aparecen los juegos de hilo. Martínez Crovetto dedicó un estudio completo a estas prácticas entre pueblos mapuches, denominados “araucanos” en la terminología utilizada en aquellas publicaciones, y gününa-kene del norte de la Patagonia. Registró 44 figuras, siete pruebas de ilusión, un juego de azar y un juego de adivinación. Los juegos podían realizarse con las manos, pero también con las manos y los pies o incluso con las manos y la boca.
Décadas después, el Museo Nacional del Hombre continuó trabajando con esa colección. Sus archivos reúnen 16 carpetas con 849 figuras de juegos de hilo, clasificadas por país, localidad y grupo de pertenencia. Entre los pueblos estudiados aparecen los araucanos, guaraníes, tobas, pilagá y mocovíes, entre otros.

Y hay un detalle que revela hasta qué punto jugar podía estar ligado a la cultura: una misma figura podía tener significados diferentes según el pueblo. El museo señala, por ejemplo, que una figura que entre los mapuches representaba la cola del avestruz era interpretada como una estrella entre los tobas y mocovíes. No era solamente una destreza de las manos. Era también una manera de nombrar y representar el mundo.
Jugar al hilo era sorprendentemente sencillo: se tomaba un hilo, generalmente de alrededor de uno o dos metros, se unían sus extremos formando una especie de aro y comenzaba la manipulación con los dedos.
A partir de una posición inicial, se iban pasando los hilos entre los dedos siguiendo una determinada secuencia. Al separar las manos aparecía una figura. Y no siempre se utilizaban solamente las manos: según la figura, podían intervenir los pies o la boca, además de otra persona.
Bolitas de barro y carozos
Las bolitas tampoco nacieron con las canicas de vidrio que muchos adultos recuerdan de su propia infancia. Entre los pueblos originarios se utilizaron materiales disponibles en el entorno. El Museo Nacional del Hombre documentó, por ejemplo, el uso de bolitas de barro, carozos y vidrio entre los Mbyá.
Había diferentes maneras de jugar. Una consistía en realizar un pequeño hoyo en la tierra e intentar acercar la bolita lo máximo posible; otra utilizaba un círculo en cuyo interior se colocaban las bolitas para que los participantes intentaran sacar la mayor cantidad posible.
La escena resulta familiar incluso miles de años después: chicos reunidos alrededor de un pequeño círculo en la tierra, esperando su turno y tratando de superar al otro. Cambió el material. No cambió tanto la lógica del juego.

Correr, esquivar, resistir
Los juegos mapuches también incluían numerosas prácticas corporales. Materiales educativos interculturales de la Patagonia recuperan juegos como Renkén, asociado al salto en largo; Lefún, una carrera pedestre; y Elkawén, la escondida. También aparecen juegos con objetos, como Lazú, Lekai, vinculado a las boleadoras, y la tradicional chueca o palín.
En experiencias educativas desarrolladas en escuelas rurales de Chubut también fueron recuperados juegos como el palín, el zorro veloz, la vaca cinchada, la payana, juegos de fuerza corporal, carreras, postas y juegos de imitación de animales. La variedad permite entender que no existía un único “juego mapuche”. Había prácticas diferentes según el lugar, la edad, el contexto y la función que cumplían.
El palín, mucho más que un juego
Entre todas esas prácticas, el palín ocupa un lugar especial. Se trata de un juego tradicional mapuche con palo y pelota que puede involucrar equipos, desplazamientos, estrategia y cooperación. Durante las últimas décadas también fue recuperado en espacios educativos de la Patagonia como una forma de acercar a los chicos a conocimientos y prácticas culturales de los pueblos originarios. En la actualidad podría asociarse al hockey porque lo de hoy viene de algún lado.
En talleres desarrollados en escuelas rurales de Chubut participaron estudiantes, docentes y familias junto a referentes mapuches encargados de transmitir estos saberes. La experiencia buscó que los chicos no solamente conocieran los juegos, sino que pudieran vivenciarlos.
En mayo de 2026, el Ministerio de Educación de Chubut incorporó el juego ancestral mapuche-tehuelche Pu trewa kay zomo trapial, “Los perros y la leona”, a un programa provincial pluricultural junto con el ajedrez y el Go. La propuesta busca utilizar el juego para desarrollar pensamiento estratégico, concentración, creatividad, resolución de problemas y trabajo colaborativo, al mismo tiempo que recupera un saber cultural propio de la región.
Los perros y la leona
El juego se desarrolla sobre un tablero con 13 fichas: doce perros y una leona. La leona parte de su “cueva” y los perros intentan seguirla; la estrategia consiste en rodearla y evitar que pueda capturarlos. Según las reglas documentadas, la leona puede matar perros y gana cuando consigue eliminar cinco.
Es un juego sencillo en sus materiales, pero complejo en su lógica: hay que anticipar movimientos, tomar decisiones y pensar en la estrategia del adversario. Y quizás por eso pudo atravesar generaciones.
¿Qué tenían en común aquellos juegos?
Martínez Crovetto y otros colegas dedicados a investigar los juegos de la infancia, determinaron que existe una característica que aparece una y otra vez: no hacía falta comprar casi nada para jugar. Hilos, lanas, cuero, corchos, carozos y madera podían convertirse en juguetes y juegos. El Museo Nacional del Hombre conserva más de 120 piezas vinculadas con estas prácticas dentro de una colección etnográfica y ha desarrollado talleres en los que niños y familias vuelven a jugar con bolitas, juegos de hilo, rayuelas, muñecos y otros juegos populares y étnicos.
También hay otra característica: muchos juegos requerían de otros. Había que esperar el turno, competir, cooperar, imitar, negociar reglas, observar y aceptar que a veces se ganaba y otras se perdía. Un ejercicio lúdico que entrena a las infancias para convertirse en adultos. Y en el proceso se divierten y desarrollan capacidades esenciales.
La mirada actual de los especialistas ayuda a comprender por qué aquellas prácticas siguen teniendo sentido. UNICEF sostiene que el juego es una de las primeras maneras en que los niños aprenden, se vinculan con sus cuidadores y construyen habilidades sociales, emocionales, lingüísticas, físicas y cognitivas. Un informe publicado en 2026 advierte, además, que millones de niños en el mundo están perdiendo oportunidades cotidianas de jugar con sus familias o de acceder a materiales para hacerlo.
También destaca algo que los pueblos originarios parecían saber desde mucho antes de que existieran las investigaciones sobre desarrollo infantil: no hace falta tener juguetes sofisticados para jugar. Objetos cotidianos, libros, materiales para dibujar y elementos naturales pueden estimular la imaginación y el aprendizaje cuando los chicos tienen libertad para utilizarlos de manera lúdica.
Un hilo entre las manos podía convertirse en una casa, una estrella o la pata de un ñandú. Una bolita de barro podía ser suficiente para organizar una competencia. Un palo y una pelota podían transformar un espacio abierto en una cancha. Mucho antes de que existieran los juguetes fabricados en serie, los niños de los pueblos originarios de la Patagonia ya jugaban. Y para hacerlo no necesitaban demasiado. Tenían a disposición los materiales de su entorno y, sobre todo, imaginación, movimiento y la compañía de otros.
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