50 años del Golpe militar en Chile: El hombre que tenía salvoconducto a Suecia, pero eligió Bariloche

Osvaldo González nació en Temuco hace 76 años. Con el golpe del 11 de septiembre de 1973 desembarcó en Argentina.

Osvaldo González nació en Temuco hace 76 años y como tantos de sus compatriotas se involucró de lleno en el proyecto de la Unidad Popular, que encabezó el expresidente Salvador Allende, y llegó a trabajar en el programa de reforma agraria. Pero el golpe del 11 de septiembre del 73 cortó de cuajo esos sueños y el vendaval represivo terminó por expulsarlo hacia la Argentina, con destino final en Suecia.

El periplo había diseñado con cuidado la organización en la que militaba, la Juventud Radical. Pero los planes cambiaron cuando González pasó por Bariloche, rumbo a Buenos Aires, con pasaje listo para viajar a Europa, y resolvió quedarse para siempre en esta ciudad.

“Ya estábamos en 1975. Yo llegué a Bariloche sin conocer nada, tenía pasaje con la empresa El Cóndor para viajar a Buenos Aires cinco días después, pero me gustó tanto el lugar y especialmente la gente, que devolví el pasaje y me quedé -cuenta Osvaldo-. A los del partido no les gustó nada y tal vez en Suecia me esperaba un destino mejor, pero nunca me arrepentí”.

Su vínculo con el país y con la ciudad donde tuvo tres hijos y seis nietos es tal, que no lo cambia por nada. Apenas arribado se alojó en una pequeña pieza que le alquilaba “un hombre italiano” en Vicealmirante O´Connor y Elordi. Desde allí deambulaba por la ciudad con sus 28 años a cuestas y las ganas de beberse de un trago esa nueva y absorbente realidad.

“En la pieza no se podía cocinar, pero comprar comida en cualquier lado era muy barato -rememora-. Me decidí rápido. Tenía que quedarme, más que nada por la actitud de la gente. Iba a desayunar a La Mamadera y todo era ´chilenito vení, sentate acá´, un trato que en Chile no se veía y que me atrapó”.

También cuenta otra anécdota de esos días, en un “bolichito” de Mitre y Palacios al que había entrado a cenar y daban por televisión un partido River-Independiente. La forma en que los parroquianos se apasionaban y festejaban los goles terminó por convencerlo de que no encontraría nada igual en otro lado, y mucho menos en Escandinavia.

Al poco tiempo comenzó a trabajar en la construcción, primero como aprendiz y luego se especializó como pintor, oficio que desarrolla hasta hoy, aunque solo cuando anda con ganas y “para algunos conocidos”.

Cada tanto viaja a Chile, pero “solo a pasear”, especialmente a Puerto Montt. “Allí vive una de mis hijas y por eso voy cada tanto. También porque me encantan los mariscos”, asegura.

En el 73 Osvaldo trabajaba en el ministerio de Agricultura y el golpe de Pinochet lo dejó no solo sin trabajo en forma instantánea. Tampoco hubo forma de que le pagaran el último salario. Todos los trabajadores que habían ingresado a la función pública con la Unidad Popular tuvieron el mismo destino.

No solo el desempleo empezó a hacer mella en su espíritu. También el clima de persecución política que se respiraba en todos lados y el riesgo de que cualquiera lo delate. “Había que andar siempre callado, no podías mostrarte, porque si no, tenías problemas. Bastaba con ir por la calle y que alguien grite ´ese que va allá es comunista´ para que a uno lo lleven los carabineros y reciba una buena apaleada”, asegura Osvaldo.

Al comienzo de la dictadura le tocó pasar por esa situación. Sufrió una detención e interrogatorio, y cree haberse salvado de un destino peor gracias a “lo buena gente” que resultó un abogado a quien conocía de su paso por Agricultura. “El abogado trabajaba para el dueño del fundo que estábamos por expropiar en la reforma agraria. Nos conocíamos de ahí. Estábamos en distintas veredas pero había un respeto” recuerda. El abogado que allí cumplía el rol de fiscal le dijo que se aparte un momento a otra oficina y poco después lo liberaron. Osvaldo está convencido de que el “fiscal” rompió sus papeles para evitarle mayores problemas.

Pero sus penurias no acabaron allí porque debido a sus antecedentes políticos nadie le daba empleo. Intentó con la venta de ropa “puerta a puerta”, y con la cría de pollos en su propia casa, pero se terminaron comiendo la mayoría de las aves entre él y su familia, porque el negocio no lo era tanto. Finalmente el partido arregló su salida del país, junto con otros dos compañeros. Cruzaron la frontera por Puyehue, como “legales”, pero los retuvieron varias horas hasta darles el salvoconducto.

Del Bariloche de sus primeras semanas recuerda que el clima político era “día y noche” comparado con su país. “Había muchos chilenos escapados”, rememora. Cuenta también que las comunicaciones eran muy difíciles y cuando debía hacer un llamado para acordar asuntos relacionados con su salida de Chile y el vínculo con su organización no había otra que “ir a la telefónica (Entel en aquel momento) a las 10 y esperar a lo mejor hasta las 3 ó las 4 de la tarde”.

En los primeros años en la Argentina renovaba su residencia en forma anual, hasta que en 1983 le salió la “definitiva”. A Chile volvió recién en 1992, cuando Pinochet ya no estaba más. “Bariloche hoy es mi vida -afirma Osvaldo, a punto de cumlir 77-. Absorbí todo lo de acá de una manera que ya no hay vuelta atrás”.


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