Felipe ya está en Neuquén y empieza una nueva etapa con su familia: «Volver a casa es empezar con el resto de nuestra vida»
Tras un año de internaciones en Buenos Aires y un trasplante de corazón que le salvó la vida, Felipe regresó a Neuquén. En su casa, entre mates y sonrisas nuevas, comienza una etapa distinta.
El lunes 9 de febrero Juan llegó a su casa después del trabajo con algunas cositas ricas para compartir. Era un día especial y la escena tuvo algo profundamente reparador. Del otro lado de la puerta lo esperaban los mates de Pamela y la compañía de sus hijos, Mateo y Felipe, el bebé que hace unos meses recibió un trasplante de corazón y acaba de regresar a su hogar en Neuquén tras un año de internaciones en Buenos Aires.
Como ocurría antes de que todo cambiara, se sentaron juntos a la mesa y Felipe sonrió como nunca lo había hecho. Después de meses atravesados por hospitales, distancia e incertidumbre, esa merienda sencilla volvió a reunirlos en un ritual que hoy simboliza mucho más que una costumbre: el regreso a la vida.
El sábado, a las 17.20, el avión salió rumbo a Neuquén. “Recién cuando empezó a despegar, ahí caí un poco”, cuenta la mamá de Felipe, Pamela. Lo abrazó fuerte en los asientos de adelante y, por primera vez en mucho tiempo, se permitió quebrarse. Durante todo este tiempo había formado una coraza. «Me permitía llorar en momentos muy particulares», cuenta. Sin embargo, el viaje a casa lo cambió todo.
Según relata, el viaje fue tranquilo, aunque cargado de nervios. Felipe estaba un poco molesto y ella no le quitó los ojos de encima. Al aterrizar, vio una imagen imborrable: «Vi a Nati, la tía de Luca, con la bandera que tiene la imagen de ellos dos y dice ‘donar salva vidas’. Ahí me quebré”, relata.
Luca es el niño cuyo corazón hoy late en el pecho de Felipe. “Nunca vamos a poder devolverles lo que hicieron por nosotros, lo que hicieron por nuestro hijo”, agrega.
Al llegar a casa ocurrió lo más fuerte. “Fue dura la primera sensación”, admite. “Quedó todo congelado”. Pamela detalla que los aritos estaban en el mismo lugar que los había dejado, las cremas, los perfumes, la ropa de aquella última noche estaba intacta. «Nos subimos ese 12 de diciembre al avión sanitario y volamos a Buenos Aires, sin saber qué iba a pasar.Volver y encontrar todo en el mismo lugar fue difícil, pero es hermoso poder volver a casa», expresa.
Felipe está bien. “Muy, muy bien”, subraya su mamá. La última biopsia salió perfecta: no hay rechazo y el corazón se adaptó muy bien. Ahora empieza otra etapa: la rehabilitación. «Feli fue un niño muy invadido, estuvo mucho tiempo acostado sin poder hacer lo que corresponde a su edad«, explica. “Su estado de salud es bueno, pero su estado físico está deteriorado y hay que trabajar para sacar su mejor versión, cualquiera que sea esa”, dice.
Esto lo hará desde un lugar que no habita hace mucho tiempo, pero que, sin darse cuenta, está generando en él algo distinto: comodidad. Felipe esta en su hogar. «Yo lo veo que se siente en casa», expresa su mamá. «Ayer hizo unas sonrisas que nunca había hecho, se rió mostrando todos los dientes. Y fue hermoso».
Hoy mira los dibujitos en el sillón de su casa, observa su habitación reconociéndola y duerme de corrido, algo que no lograba hace tiempo. «Está muy cómodo», asegura Pamela.
La rutina empieza a recomponerse. Cuando Juan, el papá de Felipe llega del trabajo, mantienen el ritual de la merienda. “No lo dejamos por nada. Es nuestro momento familiar”. Entre inmunosupresores, horarios estrictos de ayuno, medicaciones una tras otra, preparar la leche, la cena y la ropa del día siguiente, se hacen un espacio para sentarse los cuatro. “Nos acomodamos para que esos momentos lindos no se pierdan”.
Volver a casa, explica, fue “como poner en play a la vida”, describe Pamela. Es que durante meses todo estuvo en pausa. “Nuestra vida como pareja, como padres de Mateo. Era como: «¿Qué pasa si el corazón no llega?”. Nunca se permitió imaginar otro desenlace. “Esa posibilidad me rompía”, asegura.
Hoy, con Felipe trasplantado y estable, sienten que la historia continúa donde la habían dejado: “los cuatro juntos, con nuestra rutina del mate a la tarde, con nuestros dos hijos sanos y a salvo”.
La casa, sin embargo, no es la misma. La habitación de Felipe es “mitad habitación, mitad enfermería”. Insumos, medicación, controles. No es hospital 24 horas, pero sí una organización constante. “Somos padres y enfermeros”, dice Pamela. A eso se suman las terapias.
También están reacomodándose a la dinámica y a la parte económica después de un año fuera. En Buenos Aires estaban los cuatro todo el día juntos; ahora ella vuelve a estar más tiempo sola, con apoyo de enfermería para poder atender la casa y a Mateo. “Nos estamos acomodando a esta nueva forma de vida”, resume.
No todo es felicidad y Pamela lo sabe. “Nos permitimos transitar las emociones, los nervios”, afirma. La alegría de estar en casa convive con el recuerdo de la incertidumbre, con la gratitud inmensa hacia la familia donante y con la emoción de volver a la rutina. “Creo que volver a casa es empezar con el resto de nuestra vida”, dice Pamela. Y esta vez, la vida sigue con un corazón que late fuerte y una familia reunida alrededor de la mesa, otra vez, a la hora del mate.
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