La lucha de Daiana por lograr una condena contra el hombre que la abusó en su infancia

La Corte Suprema confirmó la sentencia contra Oscar Pedraza, el camillero que trabajaba en sector de Pediatría del hospital de Viedma. Ejerció violencia sexual contra la joven y sus dos hermanas cuando eran niñas. Cómo transitó el proceso de víctima a sobreviviente.





“Nos sentimos más tranquilas, más libres”, dijo Daiana Zalazar al saber que Oscar Pedraza por fin está preso. Quien había abusado de ella y de sus dos hermanas cuando eran niñas, durante casi 20 años, está en la cárcel de Viedma desde el 25 de abril de este año.

El 7 de abril la Corte Suprema de Justicia de la Nación confirmó la condena de un tribunal de Río Negro a 16 años de prisión efectiva contra Pedraza por el abuso sexual gravemente ultrajante en situación de guarda de tres niñas menores de edad, desde 1997 hasta 2016.  

Cuando ese año Daiana presentó la denuncia contra Pedraza en la comisaría de la Familia el hombre era pareja de su madre. Temía por la reacción familiar y que no le creyeran. Pudo contar el abuso y así motorizó el reconocimiento de las más chicas. La primera denuncia fue el 25 de octubre de 2016; la segunda fue de su hermana, tres años menor, apenas un mes después, el 29 de noviembre; y la tercera fue de la madre, en nombre de la más pequeña que era menor de edad, en diciembre.

Intervino el Ministerio Público Fiscal. Durante dos años la causa estuvo paralizada, casi a punto de ser archivada. En 2018, contrataron a una abogada particular, y el juicio se realizó al año siguiente.


Una cadena de abusos en la infancia


En el proceso quedó demostrada la simultaneidad de los hechos. Los abusos más gravosos y de mayor extensión en el tiempo fueron hacia Daiana. Pedraza abusó de ella desde los cinco hasta los 13-14 años. Un tiempo antes comenzó a abusar de la hermana, tres años menor. Luego continuó con la más pequeña, inclusive hasta el año en que se inició el trámite. 

Mientras Pedraza estaba en prisión domiciliaria su defensa apeló en todas las instancias provinciales. El Tribunal de Impugnación confirmó la sentencia y también lo hizo el Superior Tribunal de Justicia rionegrino. 

En 2020 el expediente llegó a la Corte que tardó dos años en resolver. Se rechazó el recurso extraordinario planteado por el abogado de Pedraza y el fallo quedó firme hace dos meses. Pasaron 25 años entre los hechos y la justicia. 


Hacer el proceso de sobreviviente


Durante mucho tiempo Daiana no pudo poner en palabras lo que había vivido. Sólo años después, ya de adulta. El tratamiento terapéutico que realizó, muy cercano al juicio, le permitió vehiculizar la palabra, algo clave en estos casos. 

De chica, su desempeño escolar se vio afectado, repitió tercer grado, le costaba concentrarse en el aula y desenvolverse con sus compañeros.  

Pidió ayuda pero no con palabras; pidió auxilio y no fue escuchada por un entorno familiar que confiaba en Pedraza. Sus maneras de decir fueron con el cuerpo, somatizando enfermedades, con la “rebeldía” y “mucha bronca”. 

Las pericias psicológicas demostraron que el estrés post trauma fue gravísimo e hizo mella en su vida dejando secuelas en la forma de vincularse con otras personas y en sus relaciones sexoafectivas.

Daiana tiene recuerdos pequeños pero concisos y claros. Mediante el juego o la realización de una actividad cotidiana, Pedraza conseguía aislarla para garantizarse impunidad: “Era como un niñero, como un tío que andaba con sus sobrinos. Cuando íbamos al río con mis primos, nos hacía ir a nadar o nos mandaba a correr una carrera. Ahí aprovechaba, elegía a una y cometía los abusos”.   


Manipulación y cosificación de la niñez


“Cuando terminé séptimo grado me dijo: ‘ahora me vas dejar de abrazar y de dar besos porque vas a empezar a tener novios. No te quiero más”, recordó. La frase da cuenta de la cosificación a la que estaba sometida como niña y de la perversión de Pedraza.

Las amenazas y manipulaciones eran constantes. Contó que una vez, antes de ir al supermercado la llevó a su casa: “Me empezó a tocar y me largué a llorar. Me tapó la boca y me dijo ‘si seguís llorando te mato, a vos y a tu mamá’. No sé de dónde saqué fuerzas, le pegué una patada y dejó de tocarme. Después fuimos a comprar, como si nada hubiera pasado. Esa fue la última vez”. 

A los 26 años, y por intermedio de una amiga, se animó a denunciar pese al miedo inicial y el temor a que no le creyeran. Su acción permitió a sus hermanas poner fin a los abusos y su familia le fue dando la contención que necesitaba en cada parte del proceso.  

También motorizó escraches y pegatinas porque Pedraza trabajaba en el hospital de Viedma como camillero del sector de pediatría. Ella ya no iba al hospital a atenderse porque le daba pánico encontrarlo pero tomó dimensión del riesgo potencial para las infancias que suponía la permanencia de Pedraza. Hizo el reclamo formal ante el ministerio de Salud de la provincia que, tras un sumario administrativo, lo alejó del cargo.

Del juicio recordó que las audiencias eran “heavy”, que lo transitó embarazada y contenida por sus amigas. Logró la condena de Pedraza pero expresó que “hasta el último día él dijo que era inocente. Cuando mi mamá le preguntó, lloró, le pidió perdón y dijo que era mentira, que no sabía por qué lo había denunciado. No encuentro palabras para describir su maldad”.

En pocos días Daiana cumplirá 30. Está en pareja, tiene dos hijos pequeños y trabaja en un comercio. El vínculo con sus hermanas y su madre se fortaleció. Piensa que se hizo justicia y que hubo una reparación. Por eso recomendó hablar, buscar ayuda terapéutica y denunciar porque el abuso es “una mochila que le corresponde cargar solamente a los abusadores”. La condena efectiva le permitió hacer ese proceso de sobreviviente. 


“La víctima habla cuando puede”


Julia Mosquera fue la abogada de las hermanas Zalazar en el juicio. Como penalista de Viedma, especialista en abuso sexual infantil, dijo «es muy difícil para las víctimas transitar todo el proceso judicial” y “el derecho penal termina expulsando. Debería existir otra empatía, otra capacitación y deberíamos modificar la legislación”.

Mosquera indicó que hay que insistir con la imprescriptibilidad de los delitos de abuso sexual porque “la víctima habla cuando puede, no cuando el sistema penal quiere”. “No podemos empezar a contar el plazo en que la ley va a regir desde el momento del último hecho abusivo porque a veces no recuerdan cuándo fue el primero”, señaló. 

“Es muy importante que la Corte Suprema tenga un plazo razonable para que las víctimas puedan iniciar su proceso de sobrevivir al delito y continuar con su vida”, añadió. 

“Estas son las claves de una reforma judicial feminista: dejar de pensar en un derecho heteronorma, pensado por varones cis, hetero, blancos, burgueses, un derecho que no incluye a las mujeres, a las niñeces y a las disidencias”, opinó. 

Escuchá la columna de géneros de Natalia López en «Vos a Diario» por RN RADIO:

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