La vez que un grupo de jóvenes secuestró un avión para izar la bandera argentina en las Islas Malvinas
Se trata del denominado "Operativo Cóndor" que se gestó hace 60 años, cuando un vuelo de Aerolíneas Argentinas que salía desde Aeroparque a Río Gallegos fue tomado por un grupo de 18 personas menores de 30 años para llevarlo hacia las islas ocupadas por Iglaterra y dejar un fuerte reclamo de soberanía.
La mañana del 28 de septiembre de 1966 marcó a fuego la historia de los reclamos diplomáticos nacionales con una de las acciones más audaces que se recuerden. Un grupo comando integrado por dieciocho jóvenes militantes peronistas secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas en pleno vuelo para desviarlo hacia las Islas Malvinas y realizar una toma simbólica del territorio. El inédito hecho denominado «Operación Cóndor» buscaba plantar la bandera nacional en el archipiélago para exigir la restitución de la soberanía frente a la ocupación británica y asestar un duro golpe propagandístico contra la reciente dictadura de Juan Carlos Onganía.
La gesta ocurrió apenas diez meses después de que el gobierno del derrocado Arturo Illia lograra que la ONU reconozca los derechos nacionales por 94 votos a favor, ninguno en contra y 14 abstenciones.
A pesar de este triunfo que catalogaba la situación como colonial e instaba al diálogo, el posterior golpe del general Juan Carlos Onganía cambió el escenario interno por completo. Ante la irrupción de la autodenominada Revolución Argentina que pretendía gobernar por veinte años, el joven Dardo Cabo visualizó la oportunidad de ejecutar una jugada de extrema resonancia para sacudir el tablero político.
La trama secreta comenzó a revelarse la tarde previa al vuelo cuando el director de Crónica, Héctor Ricardo García, acudió a la confitería El Ciervo tras recibir un llamado sorpresivo.
El periodista sabía que su interlocutor era dirigente de Tacuara e hijo de Armando Cabo, por lo que aceptó encontrarse con él y con Alejandro Giovenco para buscar la primicia. Ante la consulta directa del «Gallego», los jóvenes mantuvieron el hermetismo y le anticiparon: «Si quiere saberlo tiene que sacar un pasaje en el avión de Aerolíneas que sale a las 0.30 desde Aeroparque a Río Gallegos».
Horas más tarde, el director periodístico se armó con su cámara y reconoció a sus misteriosos interlocutores en la sala de preembarque, aunque ambos se hicieron los desentendidos para no levantar sospechas.
A las 0:34 despegó el vuelo sin escalas AR-648 a bordo del Douglas DC4 LV-AGG Teniente Benjamín Matienzo, trasladando a 42 pasajeros, entre ellos el gobernador fueguino José María Guzmán. La tripulación técnica estaba compuesta por el comandante Ernesto Fernández, el primer oficial Silvio Sosa Laprida, el técnico de vuelo Aldo Baratti y el radiooperador Joaquín Soler.
El comando atrincherado a bordo estaba conformado por 17 hombres y una única mujer, la dramaturga y periodista María Cristina Verrier (27), hija del exjuez y funcionario frondizista César Verrier. A la dupla de líderes compuesta por Cabo (25) y Giovenco (21), se sumaron los trabajadores metalúrgicos Pedro Bernardini (28), Juan Bovo (21), Víctor Chazarreta (32) y Norberto Karasiewicz (20). El variopinto grupo se completó con Fernando Aguirre (20), Ricardo Ahe (20), Luis Caprara (20), Andrés Castillo (23), Fernando Lisardo (20), Edelmiro Jesús Ramón Navarro (27), Aldo Ramírez (18), Juan Carlos Rodríguez (31), Edgardo Salcedo (24), Ramón Sánchez (20) y Pedro Tursi (29).

«Comandos toman la aeronave»: el sorpresivo desvío hacia Puerto Rivero
A las 06:05, cuando la aeronave volaba entre Comodoro Rivadavia y Puerto San Julián, los miembros del grupo comando se levantaron de sus asientos y mostraron sus armas.
Cabo y Giovenco irrumpieron directamente en la cabina de mando, donde el líder tomó el control de la situación y anunció: «Mi nombre es Dardo Cabo y con el Comando Cóndor a mis órdenes tomamos desde este momento el control del avión».
En su alocución, el dirigente exigió poner rumbo 105 para ejercer el gobierno por derecho histórico, advirtiendo que los 18 patriotas estaban decididos a morir en el intento si era necesario.
El comandante Fernández creyó que se trataba de una broma, ya que nunca se había secuestrado un avión en Argentina, y les indicó que no conocía el rumbo a Malvinas.
Sin dudarlo, Giovenco desplegó un mapa, le entregó las cartas de navegación y lo obligó a contactar a la torre de control a las 7.27 para notificar formalmente la inédita alteración del viaje.
Los militantes, que habían hasta calculado el suministro de combustible, lograron que la inmensa aeronave desviara su trayecto y realizara tres pasadas rasantes sobre la pista antes de aterrizar a las 8.42 en el frío y ventoso archipiélago.
Inmediatamente después de tocar tierra firme, los «cóndores» rebautizaron la capital británica de Puerto Stanley con el nombre de «Antonio Rivero», en memoria del gaucho que resistió heroicamente la ocupación de 1833.

Inmediatamente, desplegaron siete banderas en las islas, que habían sido confeccionadas por la madre de María Cristina Verrier. El número, decían los militantes, era por cuestiones bíblicas, ya que tanto Cabo como Verrier eran creyentes y devotos de la Virgen de Itatí.
Las primeros cinco fueron colgadas sobre la alambrada más cercana al avión, la sexta fue enarbolada sobre la aeronave, mientras que la última fue izada en un mástil que improvisaron en el lugar.

Apenas se detuvieron los motores, los 18 militantes descendieron de la nave y se atrincheraron estratégicamente debajo del fuselaje frente a la atónita mirada de la población. Acostumbrados a las ovejas y al sonido del viento, los asombrados habitantes locales comenzaron a agolparse rápidamente alrededor de la inédita máquina voladora.
Los argentinos distribuyeron panfletos en inglés explicando que se trataba de un acto pacífico de justicia, aunque simultáneamente tomaron como rehén al joven jefe policial que se encontraba desarmado.
Mediante la radio del avión, emitieron un histórico comunicado que fue interceptado por el radioaficionado Anthony Hardy, logrando que el mensaje diera la vuelta al mundo: “Operación Cóndor cumplida. Pasajeros, tripulantes y equipo sin novedad. Posición Puerto Rivero (islas Malvinas), autoridades inglesas nos consideran detenidos. Jefe de Policía e Infantería tomados como rehenes por nosotros hasta tanto gobernador inglés anule detención y reconozca que estamos en territorio argentino”.
«Vinimos para quedarnos»: el tenso encuentro con el gobernador y la rendición
Mientras García tomaba notas y registraba todo con su cámara intuyendo que dispararía las tiradas de Crónica y la revista Así a niveles siderales, Cabo y Verrier ejecutaron el siguiente paso.
Acompañados por el policía local que mantenían cautivo, se dirigieron directamente a la casa de Sir Cosmo Haskard, el mismísimo gobernador de la ocupación británica en las islas. Al encontrarse frente a frente poco después de las 9 de la mañana, el líder del operativo le expresó al funcionario: «Señor, como argentinos, hemos venido a esta tierra para quedarnos, ya que la consideramos nuestra».
El atónito representante de la corona británica no lograba asimilar la presencia del joven y la atractiva mujer rubia, pero reaccionó cortante y les exigió: «¡Fuera de aquí, ustedes no están en su casa!».
De regreso en el avión, los comandos deliberaron y solicitaron tomar contacto con Rodolfo Roel, el cura católico del lugar, quien les brindó una misa y alojó a los pasajeros civiles.
A las seis de la tarde, los integrantes de la toma decidieron encerrarse completamente en el interior de la aeronave para resistir el eventual asedio de las fuerzas locales.
Durante la madrugada del jueves 29, un emisario de Haskard les hizo llegar un ultimátum advirtiendo que los soldados y policías tenían orden de tirar si intentaban salir.
Aunque inicialmente se negaron a ceder posiciones, al día siguiente decidieron entregarse y protagonizaron una emocionante ceremonia patriótica que fue retratada magistralmente por la pluma del periodista argentino. A las 17 horas, todos formaron junto a la bandera que flameaba desde el día anterior para arriarla y entonar el himno a viva voz, mientras los atónitos custodios ingleses vigilaban con las armas listas.
La deposición de las armas no se logró hasta que intervino la iglesia, ya que los jóvenes se rehusaban a a rendirse frente a Gran Bretaña. Una vez que el padre Roel consiguió un acuerdo, el grupo accedió a ser acogido por la Iglesia.
Luego de febriles negociaciones entre el gobierno argentino y el británico que alejaron el temor de ser enjuiciados en Inglaterra, el sábado por la mañana el sacerdote les confirmó que regresarían al continente. Tras rezar un Padrenuestro juntos, una lancha carbonera llevó a los detenidos hasta el buque de la Armada Argentina «Bahía Buen Suceso», concretando el traspaso en alta mar.
Sin embargo, antes de retirarse, los jóvenes dejaron su último mensaje: “En ningún momento las banderas argentinas han estado en manos extranjeras. Hemos traído siete banderas y siete banderas vuelven con nosotros”.
Finalmente, los trasladaron al Penal de Ushuaia, donde la mayoría recibió penas leves de nueve meses, a excepción de Cabo, Giovenco y Rodríguez que cumplieron tres años por tener antecedentes, etapa en la que el líder y Verrier se casaron.

Las autoridades inglesas le habían confiscado las cámaras a García y pensaban detenerlo, pero el director se las ingenió para pedir por radio que un cronista comprara las fotos de los civiles en Río Gallegos. Al ser liberado por la dictadura, el «Gallego» regresó a Buenos Aires y escribió una extensa crónica de tres partes que tituló para la historia: «Yo vi flamear la bandera argentina en las Malvinas».
Con el paso de los años, los integrantes de esta osada misión tomarían caminos diametralmente opuestos que los enfrentarían a muerte en las calles argentinas.
Giovenco terminó siendo el jefe militar de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) hasta que murió en 1974 cuando una granada le explotó en las propias manos. Por su parte, Cabo se convirtió en uno de los máximos líderes de Montoneros y fue asesinado en enero de 1977 por la dictadura cívico-militar tras ser sacado de la cárcel para un supuesto traslado.
Mientras tanto, las siete banderas que flamearon en Malvinas fueron conservadas por el Poder Judicial. Una de ellas, una vez que Cabo logró recuperar su posición, pasó en manos de un empresario que había financiado la operación. El restante se resolvió su destino en 2011, cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner -con la autorización de Verrier- las trasladó a la Virgen de Itatí, el Centro Cultural Néstor Kirchner (hoy Palacio Libertad), la Basílica de Luján, en el Museo Malvinas de la exEsma, al Museo del Bicentenario y en el Patio Malvinas Argentinas de la Casa Rosada.
Con información de Daniel Cecchini en Infobae y Tomás Aguerre en Cenital.
La mañana del 28 de septiembre de 1966 marcó a fuego la historia de los reclamos diplomáticos nacionales con una de las acciones más audaces que se recuerden. Un grupo comando integrado por dieciocho jóvenes militantes peronistas secuestró un avión de Aerolíneas Argentinas en pleno vuelo para desviarlo hacia las Islas Malvinas y realizar una toma simbólica del territorio. El inédito hecho denominado "Operación Cóndor" buscaba plantar la bandera nacional en el archipiélago para exigir la restitución de la soberanía frente a la ocupación británica y asestar un duro golpe propagandístico contra la reciente dictadura de Juan Carlos Onganía.
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