Llegó desde Suiza, escucha a los caballos, es experta en doma natural y ayuda a las personas

Nació en la Suiza alemana, pero su historia se escribe entre veranadas, corrales y caballos sin domar en la Patagonia. Cree que el vínculo con los animales puede revelar lo que las personas no logran ver.

Por Lorena Vincenty

Caroline Wolfer dice que los caballos la salvaron y que su trabajo es enseñar a otros a escucharlos.

Caroline Wolfer pide un café, sonríe y comienza a hablar con seguridad. Es suiza, especialista en doma natural, tiene el pelo rubio, casi blanco, que cae en una cola floja sobre el hombro, hacia el mismo lado que lo hace su boina de lana; los ojos, azules y filosos no miran: atraviesan. Viene de andar por los campos de la Patagonia, tras el rastro de caballos salvajes. Dice que ellos la salvaron, que le hablan y que su trabajo es enseñar a otros a escucharlos para estar mejor. Lo dice sin énfasis, como si no hiciera falta convencer a nadie, como si todo fuera posible.

Nació en Buchrain, en la Suiza alemana y desde chica sintió algo que no tenía nombre. “Yo era más caballo que persona”, dice. No es metáfora, lo aclara, o tal vez sí. “Sentía que los caballos me hablaban. Me llevó años entender que a los demás no les pasaba lo mismo”, no hay dramatismo en lo que asegura, pero la escena es otra: una nena que intenta explicar lo inexplicable y aprende, a fuerza de incomodidad, a guardar eso que no encaja.

Trata de ponerlo en palabras, piensa, y se toma su tiempo. “Nací así, pero no lo sabía. No vengo de una familia parecida, de una cultura donde solo se cree lo que se ve y me resistí muchísimo. De chica yo decía: ‘este caballo dijo tal cosa’, o ‘el árbol quiere esto’. Y claro, para los demás era fantasía”. Hace una pausa. “Entonces empecé a callarme ”.

La suiza recorre los campos de la Patagonia trabajando con caballos salvajes y personas.

La primera yegua la vio cuando tenía ocho o diez años, la encontró en la casa de un vecino del pueblo. “Para mí era salvaje, aunque en realidad estaba maltratada. Mordía, era desconfiada”. Todos los días, después de la escuela, ella iba hasta donde estaba el animal. “Me iba a llorar con la yegua. Pensaba que era rara, no sabía qué hacía en este mundo y sentía que me comprendía más que las personas”. Caroline cuenta que la llamó «Salva» (que significa salvar), que no sabía montar, se cayó e insistió, hasta que lo logró y se la regalaron.

Más tarde, estudió profesorado de educación física, también trabajó como periodista. Habla seis idiomas y con los años, esa conexión con los caballos se volvió oficio. Recorrió Irlanda, Escocia, Inglaterra, para trabajar con caballos de carrera, de salto, de caza. Animales caros, difíciles, “con problemas”. La llamaban para eso: para arreglar lo que otros no podían.

“Hice de todo. Creo que todos los deportes ecuestres menos el polo. Me di cuenta de que muchas cosas no estaban bien hechas y empecé a hacer mi propia doma. Sin hierro, sin freno. Nada en la boca del caballo, tenés que montar desde adentro, no desde afuera”.

“Yo era más caballo que persona”, dice, y no sonríe: lo afirma como quien aprendió a convivir con algo que no todos entienden.

Daniel, el dueño de un campo de la Línea Sur, en el que está en estos días, asiente a su lado y recuerda una escena. Le llevaron un caballo salvaje, ella le sacó el freno, los demás miraban. “Tenías que ver la cara de los peones, no entendían nada. Pero funcionó, en tres días lo domó”, se ríe. Ella lo interrumpe, “para mí, lo raro no es eso, lo raro es el humano. ¿Por qué necesitamos controlar todo?”. La pregunta no espera respuesta, queda ahí, como un ruido incómodo.


Cambio de mundos


Durante años, en Suiza, hizo lo que se esperaba. Armó un centro, trabajó, enseñó. “Pero en el fondo no creía realmente en lo que yo sabía”, admite. Hasta que se aburrió y se fue. Cabalgó durante tres meses hasta España, luego abrió su centro de doma en los Pirineos. En España se encontró con argentinos y se vino, por primera vez, hace unos 25 años.

El desembarco fue casi accidental, alguien le pasó el contacto de un veterinario con el que comenzó a andar por los campos en Buenos Aires. Amansaba caballos de carrera, de polo, en todo ese mundo. “Yo quería campo”, dice. Y así sin pensarlo se fue más al sur, a Neuquén.

En silencio, frente a un caballo que se acerca, ocurre lo que no se puede explicar: para Wolfer, ahí empieza todo.

La imagen, vista desde afuera, roza lo improbable: una mujer suiza, en medio de gauchos curtidos, explicando cómo domar sin dominar. “Cuando llegué, los hombres de los campos me probaron, me probaron feo. Imaginate, una mujer en el campo, me traían los caballos más difíciles, ‘a ver qué hace’”. Pero los resultados hablaron por ella, caballos que cambiaban con una mirada, problemas que desaparecían. El rumor empezó a correr y con él, la curiosidad.

“Mi idea no era dar cursos ni nada, yo quería conocer. Pero de repente me empezaron a pedir: ‘¿podés amansar este?’, ‘tenemos un caballo muy complicado’. Y así empecé: arreglando caballos por todos lados”, dice. Comenzaron a contactarla estancieros de todo el país y ella iba a Salta, Mendoza, Tierra del Fuego. Hasta que algo cambió.

Se detiene, piensa, elige las palabras. “Yo amansaba bien porque sé leer y hablar con los caballos. Suena raro, pero no lo es: son otros canales que tenemos. Los caballos, me empezaron a decir: ‘está muy bien que nos rescates, es muy lindo, pero tenés que trabajar con las personas’”. Sonríe, como si supiera cómo suena eso. “Ahí entendí que no era salvar caballos, era ayudar a la gente”.

Criada en la Suiza alemana, cruzó Europa y terminó en la Patagonia siguiendo una intuición que no sabía nombrar.

Ahora trabaja con gente, sin importar de quién se trate. “Desde un bebé hasta un abuelo, no importa. Pero tiene que estar abierto. El caballo no miente. Vos podés no querer creer, pero si yo pongo un caballo en el medio, se va a acercar a alguien, va a hacer algo y eso ya está diciendo algo de esa persona”.

Prefiere trabajar con animales sin historia, sin intervención humana. “Me gustan los que nunca fueron agarrados, los salvajes”, dice. Potros que no quieren entrar al corral, que no se acercan. “Ahí es otra cosa, menos contaminada. No me importa si tenés caballo o no. Podés contarme de tu perro, de tu marido, de tu trabajo, yo trabajo con lo que le pasa a tu interior”. Lo dice sin solemnidad, como quien ofrece algo simple.


Iluminar las sombras


“Trato de no usar ciertos términos porque te meten en el cajón de ‘chanta’. Pero nosotros vivimos demasiado en la mente. Y tu ser está en otro lugar, habla otro idioma”. Habla de “niebla”, de capas que se acumulan: traumas, creencias, experiencias. “Nuestra alma es luz, pero se va tapando”. Y el trabajo, según ella, es despejar, o iluminar. No promete milagros, habla de procesos.

Habla de niebla, de capas que cubren lo esencial: su propuesta es despejar, tanto en caballos como en humanos.

Viene de Chos Malal, dónde pasó tres semanas arreando, durmieron afuera, cruzando veranadas, con una austríaca que la contrató para trabajar. «En en norte neuquino yo tengo mis caballos en un campo, libres cerca de la cordillera con Chile. La austríaca que vino hace reiki en su país. Llegó agotada, sin energía y me contrató para recuperarse” Respira. “Muchas de mis clientas son psicólogas, médicos, gente de campo».

Habla de Argentina como si la recordara. “Siento que en otras vidas estuve acá, con caballos salvajes”, asegura. Puede sonar extraño, lo sabe y se ríe. “Es difícil de explicar en palabras, hay que vivirlo”. Y tal vez ahí esté todo. No en la explicación, sino en la experiencia. En ese instante en el que alguien se queda quieto frente a un caballo que se acerca.

Porque al final, mientras el viento levanta polvo en el corral y el caballo decide a quién mirar, la pregunta deja de ser en qué cree cada uno y pasa a ser otra, mucho más incómoda: cómo está viviendo lo que le pasa.


Alma de caballo


La historia de Caroline Wolfer es larga y, por momentos, difícil de poner en palabras. Intentó hacerlo en Alma de caballo, una obra donde reconstruye, desde su propia mirada, esa relación íntima con la energía equina. El libro fue escrito originalmente en suizo-alemán, un idioma en el que, advierte, muchas palabras no tienen traducción posible al español. De hecho, su título original, Die Pferdin, tampoco tiene un equivalente exacto: podría acercarse a algo así como “la mujer caballo” o “la mujer de los caballos”, aunque ninguna versión logra abarcar del todo su sentido.

Recién al llegar a la Patagonia, y de la mano de una de las tantas amistades profundas que fue tejiendo en el país, el texto encontró traducción e impresión. Hoy, Alma de caballo se consigue en librerías de Bariloche, como Patalibro, Librería La Barca y Náutica El Carpincho.


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Caroline Wolfer dice que los caballos la salvaron y que su trabajo es enseñar a otros a escucharlos.

Caroline Wolfer pide un café, sonríe y comienza a hablar con seguridad. Es suiza, especialista en doma natural, tiene el pelo rubio, casi blanco, que cae en una cola floja sobre el hombro, hacia el mismo lado que lo hace su boina de lana; los ojos, azules y filosos no miran: atraviesan. Viene de andar por los campos de la Patagonia, tras el rastro de caballos salvajes. Dice que ellos la salvaron, que le hablan y que su trabajo es enseñar a otros a escucharlos para estar mejor. Lo dice sin énfasis, como si no hiciera falta convencer a nadie, como si todo fuera posible.

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