Suciedad patriótica

Frente a la contaminación del medio ambiente, Estados Unidos está asumiendo posturas alarmantes.



Aunque no ha sido comprobada todavía ninguna teoría acerca de las causas de los cambios climáticos que se han registrado últimamente, casi todos los científicos concuerdan en que las emisiones contaminantes producidas por la industria y por los automóviles privados han hecho un aporte sustancial al recalentamiento de la Tierra a través del llamado efecto invernadero. Es por eso que, luego de prolongadas negociaciones, más de un centenar de países aceptaron procurar limitar la contaminación cuando, en 1997, aprobaron el Protocolo de Kioto, pero parecería que todos sus esfuerzos resultarán inútiles debido a la actitud agresiva del presidente estadounidense George W. Bush. Para desconcierto de los líderes de los demás países, Bush acaba de abandonar el pacto porque a su entender perjudicaría a las empresas norteamericanas, sobre todo a las petroleras que tanto lo han ayudado en el curso de su carrera política, y "porque primero está la gente que vive en Estados Unidos". Como era de prever, la decisión de Bush de sabotear el tratado le ha merecido una marejada de críticas amargas procedentes de Europa y otras partes del mundo. Al fin y al cabo, Estados Unidos es, con mucho, el país más contaminador del planeta a raíz del apetito insaciable de sus habitantes por diversas formas de energía, motivo por el cual consumen per cápita dos veces más que los ciudadanos de la Unión Europea.

La indignación que tantos políticos, intelectuales y otros europeos han sentido por esta decisión de Bush se debe a algo más que a su propio compromiso con la defensa del medio ambiente, preocupación que siempre ha sido muy fuerte en el norte del Viejo Continente y que ya está compartida por los países del sur. A su entender, la forma poco diplomática, por no decir arrogante, de anunciarla constituyó otra manifestación del desprecio que es de suponer sienten los miembros del gobierno estadounidense por los intereses y actitudes de todos los demás pueblos. Lo mismo que en otros ámbitos, como en los supuestos por las relaciones comerciales y por las organizaciones militares como la OTAN, frente a la contaminación del medio ambiente Estados Unidos está asumiendo posturas cada vez más nacionalistas y aislacionistas, lo cual, por tratarse del país más rico, más poderoso y más influyente de todos, es sumamente alarmante.

No es del interés ni de Estados Unidos ni de otros países que se difunda la impresión de que la superpotencia es una nación agresiva y egoísta, a la cual no le importa en absoluto el futuro del resto del género humano. Puede que hayan exagerado ciertos "verdes", pero no cabe duda de que de continuar las tendencias actuales, algunos países, entre ellos Bangladesh con sus 120 millones de habitantes, quedarán bajo agua, provocando crisis humanitarias de una magnitud apenas concebible. Por supuesto, es factible que aun cuando la emisión de gases contaminantes cesara mañana, el proceso de recalentamiento siguiera como antes, pero sucede que la mayoría de los científicos, incluyendo a los norteamericanos, que han investigado el fenómeno está convencida de que sí será posible modificarlo. Así las cosas, aunque sea menor el papel de la polución estadounidense en los desastres climáticos que se den en los próximos años, el grueso de los perjudicados los achacará a la miopía de Bush y de sus asesores, que han optado por privilegiar a sus amigos empresarios por encima de cualquier otro sector.

Por ser Estados Unidos una democracia pluralista, hasta ahora su predominio internacional ha sido más benigno en términos generales de lo que hubiera sido el caso si hubieran desempeñado el mismo rol países como Rusia, China, el Japón o, tal vez, la Unión Europea, pero es evidente que en ciertos círculos norteamericanos las tentaciones tradicionales están resultando casi irresistibles. Sin embargo, en un planeta globalizado no le conviene a nadie, ni siquiera al "hombre más poderoso del mundo", intentar aprovechar sus ventajas para humillar a los demás, porque así sólo lograría provocar reacciones igualmente hostiles que, huelga decirlo, desatarían conflictos en el seno de la dividida sociedad estadounidense, en la que la voluntad ostentosa de Bush de favorecer a los ricos y a los contaminadores en desmedro de la mayoría ya está ocasionando tensiones.


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