Tentaciones autoritarias

Por Redacción

La presidenta Cristina Fernández de Kirchner fue a China con el propósito declarado de “desojizar” la relación bilateral pero, puesto que a sus anfitriones les interesaba mucho más “desmorenizarla”, pudo preverse que serían reacios a complacerla, ya que frente al gobierno de un país que según distintos organismos se ha convertido en uno de los más proteccionistas del planeta, no les convendría seguir comprando cantidades muy grandes de aceite de soja, un producto que otros están en condiciones de suministrar a precios equiparables, si sus propias exportaciones siguen chocando contra barreras, algunas de ellas informales o, por lo menos, no registradas en ningún documento oficial. De todos modos, lo más llamativo de la demorada visita de la presidenta al país que muchos creen está erigiéndose en una “superpotencia” no tuvo que ver con los acuerdos económicos alcanzados sino con sus esfuerzos por expresar su admiración no tanto por los logros materiales chinos cuanto por el sistema político imperante. Aunque es posible que los integrantes del régimen comunista se hayan sentido gratificados por la voluntad de Cristina de pasar por alto el hecho de que la suya sea una dictadura cruel que sistemáticamente pisotea los derechos humanos con los que, en otros lugares, suele afirmarse comprometida, e incluso por su intento un tanto extravagante de convencerlos de que el peronista y el maoísta son movimientos gemelos, son demasiado realistas como para dejarse conmover por lo que, es de esperar, fue sólo una manifestación más de la cortesía hipócrita tan frecuente en las relaciones entre los distintos países. Así y todo, el entusiasmo que gobernantes como Cristina parecen sentir por el “modelo” chino es preocupante, ya que la propensión a atribuir el impresionante crecimiento macroeconómico logrado por dicho país al carácter totalitario del régimen significa que, una vez más, el autoritarismo antidemocrático está poniéndose de moda. Incluso en países de tradiciones políticas como las nuestras, la mayoría de los dirigentes, luego de décadas de probar suerte con regímenes dictatoriales, había llegado a la conclusión de que la libertad era fundamental para el desarrollo económico, pero merced al ejemplo de China el clima de opinión así supuesto está cambiando. Es cuando menos ingenuo suponer que China debe su tasa de crecimiento a la combinación de un gobierno de partido único resuelto a aplastar toda manifestación de disenso con una versión nada benévola del capitalismo y que tal fórmula es más eficaz que las de los países democráticos, donde se han acostumbrado a un ritmo más lento porque es mucho más difícil crecer desde una base ya muy alta de lo que es a partir de una sumamente baja. En China continental el producto per cápita anual aún es inferior a los 6.000 dólares, pero en Taiwán, país democrático en que la mayor parte de la población es de origen chino, es superior a los 34.000, mientras que en Singapur se acerca a los 50.000 y en Hong Kong es más de 42.000. Puede que según las pautas europeas Singapur sea relativamente autoritario, pero la obsesión de sus gobernantes por la disciplina social nunca ha asumido las formas brutales que siguen siendo rutinarias en China. Es escaso el peligro de que Cristina, entusiasmada por las proezas económicas de los chinos, procure importar los métodos utilizados por los asiáticos, pero no lo es que muchos políticos, impresionados por la irrupción de un país cuyo peso en el mundo se debe más que nada al tamaño relativo de su población, comiencen a sospechar que para que la Argentina sea más “competitiva” convendría prescindir de ciertas trabas democráticas. Después de todo, no es demasiado sorprendente que, por fin, los más de 1.400 millones de chinos hayan conseguido producir más que los 82 millones de alemanes. Aunque en el manejo de la economía los Kirchner se han destacado por su manera discrecional de actuar y el poco respeto que sienten por la seguridad jurídica, la que para ellos es un concepto que les es tan ajeno como lo es para los comunistas chinos, siempre y cuando el resto de la clase política nacional no se deje seducir por el “milagro chino”, seguirá poseyendo la fuerza necesaria para impedir que la arbitrariedad se institucionalice por completo.


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