Teorías y metodología económica
Por Francisco Tropeano
La economía política, ¿es o no una ciencia? Sí, es una ciencia, social e histórica.
Las grandes crisis mundiales, las convulsiones cíclicas y aun los procesos, cuasipermanentes de contradicciones en la producción y la distribución capitalista mundial (como los que suceden hoy), y los que ocurren en un país como el nuestro, que integran ese mercado mundial, se pretenden explicar por la economía moderna (para llamarla de algún modo) buscando su origen y sus remedios en la esfera superficial y abstracta de estos procesos, como lo es por ejemplo la circulación monetaria. Es decir, como si ésta fuera la causa y no la consecuencia de tales contradicciones. Pero esa economía está inhabilitada para la tarea científica de esclarecer el papel del elemento económico en las muy complejas relaciones entre los hombres (relaciones sociales cualitativas) que forman lo que llamamos sociedad. Sus investigaciones (con ayuda de las matemáticas y otras veces con el subjetivismo puro) centran las mismas sólo en términos cuantitativos de relaciones entre los hombres y las cosas. La mayoría de las veces adoptan las fantásticas formas que derivan en relaciones entre las cosas mismas, como si estuvieran «animadas» por fuerzas intrínsecas, y a las cuales se les atribuye «productividad»; se las personifica inclusive en la influencia y capacidad de los propietarios de esas mismas cosas. Los bienes y las cosas terminan siendo «los propietarios (as)» de los hombres y éstos «sujetos» a ellos (alienados).
Teorías monetaristas
En los veinte años últimos, con la contrarrevolución monetarista (aplicada por Thatcher en Inglaterra y por Reagan en EE. UU.), se produce una derivación extrema del análisis marginalista de la economía. Para estos economistas el sistema de «economías de mercado» es único e inmutable, eterno. Por lo tanto, al deificarlo, se han liberado de tener que explicarlo, únicamente se han limitado a verificar que existe -lo que es cierto- y como no se puede prescindir de él, corresponde analizarlo en su funcionamiento (diariamente escuchamos o leemos sobre esto, sobre todo lo referido a la globalización, algo que «apareció», «abarca a hombres y cosas», está «en todas partes», malo o bueno, hay que «convivir», «adaptarse», «aceptarla como tal», etc.). La economía que hemos denominado moderna o contemporánea se ha reducido a un sistema de ecuaciones matemáticas (o a un modelo), que permitiría la forma de obtener y actuar para lograr el mejor resultado, la máxima utilidad personal y social. En consecuencia, las materias de estudio pueden ser los precios, la moneda, el pleno empleo, la balanza de pagos, las políticas anticíclicas, la competencia monopolística, etc.
El estudio de la economía, en su planteamiento metodológico, abandona el análisis de la producción como fenómeno central, principal y lo reemplaza por el de la distribución. Pero al hacerlo, no explica por qué se distribuye en distintas formas la renta social, cómo se descomponen las distintas rentas (análisis cualitativo). Su preocupación es cómo se distribuyen éstas y pueden hacer variar los porcentajes, es decir un análisis cuantitativo. Esto tiene una consecuencia lógica que deriva en la «autonomía» de la organización social, la que se da por única y definitiva y se corresponde con lo que se ha dado en llamar «el pensamiento único» y su correlato económico: «El laissez faire – laissez passer», pero esto es insostenible con el desarrollo del monopolio y del imperialismo. El objeto central de sus estudios es el referido a la formación y aparición de los precios de las mercancías y de los servicios, como problema principal, y el de los agregados monetarios, que serían los determinantes de aquéllos. Este planteamiento conduce a ver y objetivizar al sistema como «natural». En consecuencia, el capitalismo «produce naturalmente» los beneficios, los intereses para quien es poseedor del mismo y la tierra también para el que la posee produce «en forma natural» la renta. El trabajo también «produce retribuciones». La categoría económica central pasa a ser la productividad de los servicios, de los llamados «a priori» «factores de producción», que son los que recibirán una compensación equivalente (distribución) a lo que cada uno de los «factores crea» entregando «sus contribuciones» como sinónimo de valores, que los consumidores (demanda) atribuyen a sus servicios.
En consecuencia, una vez que se ha reducido y eliminado el problema de origen de las distintas categorías: salario, renta, beneficio, etc., reducidos éstos a simples «precios de los servicios» prestados por el trabajo, la tierra y el capital y a la vez eliminando el problema de las clases sociales (y su origen) y sus luchas por la apropiación del excedente; solamente digo, queda el problema de la «naturaleza» y el carácter de las rentas percibidas, cuantificándolas, por las distintas rentas individuales. Como consecuencia de estas teorías económicas, las diferencias sociales dependen únicamente del nivel de renta individual, «los preceptores de rentas». En tales condiciones, para explicar el movimiento de los precios recurren a factores psicológicos, según los cuales la importancia relativa de los bienes depende de la valoración subjetiva que hagan de ello los consumidores (cualquier consumidor: genérico). Disuelven también al trabajo en términos subjetivos de utilidad o desutilidad. Uno de los economistas más representativos de la teoría marginalista (V. Pareto) llega a afirmar que el valor es el resultado de un conflicto entre deseos y obstáculos, es decir es producto de un conflicto del «estado de ánimo».
Estas teorías que estamos considerando interpretan y describen «modalidades» en las cuales se desarrollan los fenómenos económicos y dan por descontados aquellos que realmente la teoría económica debiera explicar. Tal apologética del sistema conduce naturalmente a que muchos científicos dedicados a la investigación en el campo de la ciencia «exacta» se sientan perplejos en la duda sobre la ciencia económica. En realidad lo que se enseña sobre la economía en nuestras universidades (salvando la libre investigación científica que se realiza también en su ámbito) es aquello que acepta como fundamento parte de aquellos que debería fundar y explicar: las leyes mismas que presiden la producción capitalista y la explicación de la naturaleza del orden social. No es casualidad que desarrollen entonces la idea de la «productividad del capital» con el concepto de formación de la abstinencia, cumpliendo así la teoría con dos finalidades: a) por un lado la de ser parcialmente cognoscitiva, limitada a tales apariencias de fenómenos económicos y la segunda b) Queda implícita la apologética del orden constituido.
La cuestión del éxito de tales afirmaciones acientíficas, negando a la ciencia económica, se debe en gran parte al aporte de sus instrumentos de análisis, que han permitido resolver problemas prácticos y reales del capitalismo moderno o contemporáneo. Además, el mismo sistema lo apoya (universidades, cursos, autores, divulgación, seminarios, libros, revistas, premios, etc.) como instrumento ideológico de sometimiento y aislamiento del pensamiento científico. Porque la economía clásica, la economía moderna y las ciencias sociales académicas poco tienen que ofrecer en el campo metodológico que utilizan para explicar y brindar programas de cambios sociales que las circunstancias históricas cada día demandan. Sin embargo, esa teoría y esa metodología existen, pero no están en condiciones de ser explicadas y comprendidas por las mayorías, que son en definitiva las que deben impulsar dichos cambios. Pero ésta es otra historia y otra discusión.
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