Terror en Moscú

Por Redacción

No bien se produjo el ataque terrorista en el aeropuerto moscovita de Domodedovo en que murieron al menos 35 personas y fueron heridas de gravedad más de un centenar, el presidente ruso Dmitri Medvedev puso en estado de alerta máxima todos los aeropuertos y estaciones ferroviarias de su país. Aunque tales medidas no servirán para mucho a menos que los terroristas se hayan propuesto llevar a cabo una ofensiva casi simultánea en gran escala contra una multitud de blancos, Medvedev claramente entiende que es necesario convencer a sus compatriotas y a los extranjeros que están en su país de que las autoridades están en condiciones de garantizar cierto grado de seguridad. Por motivos similares, en el mundo entero los pasajeros aéreos tienen prohibido llevar consigo cuchillos, tijeras, envases con líquidos o cualquier otro objeto que concebiblemente podría usarse para cometer un atentado, además de verse obligados a sacarse los zapatos antes de abordar un avión. Parecería que gracias a la vigilancia así supuesta se han frustrado algunos ataques, pero no ha impedido que sujetos como el responsable de la matanza de Domodedovo hayan seguido asesinando indiscriminadamente a personas que no habrán tenido nada que ver con la causa por la que están luchando, detalle éste que no les importa en absoluto. La policía moscovita sospecha que el atacante suicida responsable del atentado procedió de Chechenia o Daguestán, dos repúblicas caucásicas de la Federación Rusa en que el independentismo se ha visto potenciado por el islamismo. A esta altura, los rusos tienen buenos motivos para lamentar que, como tantas otras partes de la Unión Soviética, las dos repúblicas y otras de características similares no se separaran por completo de Moscú hace un par de décadas, pero ya es tarde para que se resignen a dicha eventualidad. No sólo es cuestión del orgullo de quienes se resisten a reconocer que Rusia es a lo sumo una potencia mediana, si bien una que es muy rica en materias primas y que posee un gran arsenal atómico heredado de la URSS, sino de lo peligroso que sería permitir que triunfaran en cualquier lugar los islamistas militantes que, por cierto, no se conformarían con la independencia política de regiones en que sus correligionarios constituyen la mayoría. Puede que parezcan absurdamente exageradas las aspiraciones imperiales de los extremistas, de los que el más célebre es Osama ben Laden, pero mal que les pese a los demás es forzoso tomarlas muy en serio. Aunque algunos líderes terroristas no vacilan en subrayar que están librando una guerra santa contra el resto del género humano que no terminará hasta que el mundo entero se haya sometido a su variante particular del islam, la mayoría da a entender que sus ambiciones son territoriales, tesis que, como saben muy bien, les asegura la simpatía, cuando no el apoyo activo, de muchos progresistas occidentales que quieren atribuir la violencia que se ha desatado a la conducta brutal de los norteamericanos, británicos, israelíes, serbios, rusos, indios o chinos. Tal actitud puede entenderse, ya que la alternativa consiste en aceptar que una proporción significante de los más de mil millones de musulmanes que hay en el mundo está resuelta a seguir difundiendo su fe por los sanguinarios medios tradicionales, pero no es realista. Por desgracia, el desafío islamista no se eliminará si los países más poderosos se limitan a procurar apaciguar a los militantes con la esperanza de que por fin comprendan que es mejor convivir pacíficamente con los demás que intentar amedrentarlos: las concesiones, sean simbólicas o materiales, les brindan más motivos para redoblar sus ataques. Asimismo, las rivalidades entre Estados Unidos, China y los integrantes de la Unión Europea, además del aislamiento creciente de Israel, son fácilmente aprovechadas por los yihadistas. Puede que el atentado más reciente en Moscú –el que por cierto no será el último– haya servido para que los blancos del terrorismo yihadista, entre ellos países musulmanes en que la mayoría no quiere regresar a la Edad Media, colaboren más estrechamente para hacer frente a la amenaza planteada por fanáticos religiosos que no respetan ninguna frontera y no están dispuestos a tolerar ningún credo que no sea el suyo. Caso contrario, no habrá forma de derrotarlos.


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