Tiempo de decisión

Los que prefieran vivir en paz tendrán que estar dispuestos a enfrentar militarmente a los terroristas.

Redacción

Por Redacción

Estados Unidos nunca tuvo otra alternativa que la de tratar de encontrar y castigar a los autores de los atentados sanguinarios del 11 de setiembre y a sus cómplices, de suerte que las acciones militares que se iniciaron casi un mes después con el bombardeo de blancos en Afganistán no sorprendieron a nadie salvo, quizás, a los que habían previsto una ofensiva inmediata, devastadora e indiscriminada en gran escala motivada únicamente por el deseo de venganza. Por fortuna, tanto el gobierno estadounidense como el británico descartaron aquella opción por entender que sólo serviría para indignar a los millones de musulmanes que, a diferencia de los occidentales, están acostumbrados a anteponer sus lealtades religiosas a las nacionales o «étnicas». Hasta ahora cuando menos, los esfuerzos de George W. Bush y Tony Blair por convencer a todos de que su «guerra» no es contra el Islam o Afganistán sino contra un régimen siniestro íntimamente vinculado con la red terrorista de Osama Ben Laden parece haber brindado buenos resultados. Si bien los partidarios de los talibanes en el mundo musulmán han protestado ruidosamente al comenzar la contraofensiva, aún no han planteado un peligro demasiado serio a los gobiernos «pro-occidentales» de la región.

Sin embargo, no existe ninguna seguridad de que esta situación se mantenga. Consciente de que la amenaza planteada por el terrorismo «de alcance internacional» continuaría siendo gravísima aunque Afganistán se viera convertido en un país bien ordenado, Bush ha advertido que «la batalla» será «más amplia». Así, pues, el conflicto que se inició formalmente, por decirlo así, con la destrucción de las Torres Gemelas y una parte del Pentágono será muy largo, afectará a muchos otros países es de suponer islámicos y no cabe duda de que se producirán episodios que serán interpretados como manifestaciones del odio antimusulmán que supuestamente sienten los gobiernos occidentales. En efecto, aun cuando la campaña contra los terroristas y sus socios talibanes resultara ser un prodigio de precisión con un mínimo de bajas civiles, los contrarios a la existencia misma de la civilización occidental, de los cuales muchos son expertos consumados en el arte de la guerra psicológica, se encargarían de fabricar atrocidades destinadas a enfurecer a sus correligionarios y a socavar la voluntad de pueblos dominados por quienes se han habituado a denunciar la guerra, sobre todo cuando los norteamericanos están involucrados, por una aberración criminal sin atenuantes.

Desgraciadamente para los que sueñan con un mundo sin guerras, dicha opinión no está compartida por todos. En muchas partes abundan los que creen que la violencia es más elocuente que las palabras y que, como nos recordaron el 11 de setiembre, están preparados para actuar en consecuencia. Además, no se proponen distinguir entre militares y civiles, pacifistas y belicistas o cruzados por un lado y simpatizantes del Islam por el otro. Por lo tanto, los que preferirían vivir en paz tendrán que estar dispuestos a enfrentarlos militarmente porque de otro modo nuestras sociedades no tendrán ninguna posibilidad de defenderse contra los resueltos a tratar a sus habitantes como ganado. A juicio de Ben Laden, los talibanes y tantos otros «fundamentalistas», las democracias son decadentes y fofas debido a su naturaleza pacífica y a la aversión notoria de ciertos gobiernos, en primer lugar el estadounidense, a arriesgar en combate la vida de un solo soldado por miedo a la reacción de medios deseosos de aprovechar el «drama humano» que protagonizarían sus familiares. Sin embargo, ocurre que cuando se movilizan las democracias éstas no son para nada débiles o sensibleras: como han descubierto muchos dictadores, una vez comprendan que corren peligro, son capaces de reaccionar frente a sus enemigos con fuerza incontenible, de forma que a menos que esta «guerra» termine pronto con la caída de los talibanes y la captura de casi todos los líderes terroristas que han hecho uso del territorio afgano, podríamos estar comenzando un período más comparable con el de los años treinta y cuarenta del siglo pasado, que con el de las décadas que los siguieron.


Estados Unidos nunca tuvo otra alternativa que la de tratar de encontrar y castigar a los autores de los atentados sanguinarios del 11 de setiembre y a sus cómplices, de suerte que las acciones militares que se iniciaron casi un mes después con el bombardeo de blancos en Afganistán no sorprendieron a nadie salvo, quizás, a los que habían previsto una ofensiva inmediata, devastadora e indiscriminada en gran escala motivada únicamente por el deseo de venganza. Por fortuna, tanto el gobierno estadounidense como el británico descartaron aquella opción por entender que sólo serviría para indignar a los millones de musulmanes que, a diferencia de los occidentales, están acostumbrados a anteponer sus lealtades religiosas a las nacionales o "étnicas". Hasta ahora cuando menos, los esfuerzos de George W. Bush y Tony Blair por convencer a todos de que su "guerra" no es contra el Islam o Afganistán sino contra un régimen siniestro íntimamente vinculado con la red terrorista de Osama Ben Laden parece haber brindado buenos resultados. Si bien los partidarios de los talibanes en el mundo musulmán han protestado ruidosamente al comenzar la contraofensiva, aún no han planteado un peligro demasiado serio a los gobiernos "pro-occidentales" de la región.

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