Tiempo de reflexión
Es de esperar que los diputados que formaban la Alianza piensen en serio sobre su papel en la atribulada Argentina que contribuyeron a crear.
Según el líder de los diputados frepasistas, Darío Alessandro, “la Alianza está en suspenso y en plena etapa de reflexión”, lo cual es una forma eufemística de aludir al desconcierto que sienten los integrantes del ala política oficialista luego de la colisión del país con la realidad económica. A juicio de los frepasistas y de aquellos radicales que comparten su actitud, el gobierno del presidente Fernando de la Rúa los ha traicionado al insistir en recortar los haberes a los jubilados por encima de los quinientos pesos y no de los mil, conforme al voto en la Cámara de Diputados, y por lo tanto no merece su apoyo. Si sólo fuera una cuestión de elegir entre la presunta generosidad de los progresistas y la mezquindad que atribuyen a un gobierno en su opinión “neoconservador”, las razones esgrimidas por los legisladores frepasistas y radicales serían incontestables, pero sucede que sería pueril creer que al gobierno le gusta castigar a quienes dependen del gasto público. Tomó la decisión decididamente antipática de emprender un ajuste severo a pocos meses de las elecciones fijadas para octubre por entender que en las circunstancias actuales no le queda más opción que la de alcanzar cuanto antes el “déficit cero” porque, si no lo hiciera, los recursos disponibles para los jubilados y los empleados públicos se agotarían muy pronto. De estar en lo cierto los responsables de manejar las finanzas nacionales, pues, el gobierno podría acusar a sus es de suponer ex aliados progresistas de querer aprovechar la oportunidad para hacer gala de sus sentimientos humanitarios aunque esto supusiera reducir aún más drásticamente los ingresos de muchas personas.
Desde hace muchos años, es habitual en nuestro país que un gobierno “de derecha” -fuera éste de jure o de facto, da igual- tenga que luchar todos los días contra su propia “ala política” que, huelga decirlo, está ubicada a su “izquierda”. Mientras que el ministro de Economía de turno trata de limitar el gasto público, “los políticos” se esfuerzan por obligarlo a abrir los grifos por razones “sociales” o por desear impulsar la “industria nacional”. ¿Se debe esta situación ya rutinaria a que los funcionarios son todos malas personas, enamorados de los banqueros y de los acreedores extranjeros, y los legisladores, por lo común respaldados por los gobernadores provinciales, son patriotas sensibles preocupados por las penurias de los pobres? A esta altura, muy pocos lo creerían. Una explicación más convincente sería que a los integrantes del Poder Ejecutivo les es forzoso respetar el estado concreto de la economía nacional, a diferencia de “los políticos” que pueden darse el lujo de actuar con irresponsabilidad, privilegiando su propia imagen o su relación con la clientela partidaria por encima del bienestar de la comunidad.
Es de esperar que los legisladores que antes conformaban la Alianza empleen bien el período de “reflexión” que se han brindado para pensar en serio sobre su papel en la atribulada Argentina que tanto han contribuido a crear. Por cierto, convendría que cuestionaran su propia sinceridad al felicitarse a sí mismos por su sentido de la solidaridad, insinuando de este modo que al gobierno no le importa un bledo lo que sucede en el país. Si bien en ciertas circunstancias algunos legisladores podrían tener motivos excelentes para acusar a un gobierno determinado de impulsar medidas egoístas, contrarias al interés general, cuesta creer que ello es lo que siempre ha sucedido, que por razones misteriosas una vez convertido en ministro un político antes bondadoso se ve transformado automáticamente en un “neoliberal” desalmado. Después de todo, se trataría de una metamorfosis que, según el “ala política” radical, para no hablar de los jefes sindicales, de los años ochenta, no pudo resistir ni siquiera el mismísimo Raúl Alfonsín, político que a partir de aquella experiencia desagradable ha hecho lo imposible por regresar a su estado progresista original a caballo de un discurso netamente voluntarista que, como es lógico, alarma sobremanera a quienes tienen la manía de distinguir entre lo posible por un lado y lo meramente deseable por el otro.