Tiempos nuevos
De continuar las tendencias actuales, empresas emblemáticas como General Motors, Daimler Benz, Exxon y Shell pronto se verán calificadas de pymes. No es que estén achicándose -por el contrario, algunas están prosperando de forma envidiable-, es que parecen poco valiosas en comparación con los gigantes de la informática y las comunicaciones que están creciendo a un ritmo endiablado. Según una nueva lista que acaba de difundir la Bolsa de Nueva York, o sea, Wall Street, la empresa cuyas acciones valen más es Cisco Systems -nombre que muy pocos conocerán-, que acaba de dejar atrás a Microsoft. La capitalización de Cisco Systems en la bolsa neoyorquina es de 561 mil millones de dólares, contra los 547 mil millones de Microsoft. El producto bruto argentino anual es de aproximadamente 300 mil millones de dólares, lo cual nos da una idea de lo que significa la irrupción de docenas de empresas recién creadas que conforman la «nueva economía».
Puede que las acciones de estas empresas hayan sido sobrevaluadas y que por lo tanto los mercados internacionales corran el riesgo de experimentar un terremoto de consecuencias acaso imprevisibles pero, sin duda alguna, muy graves. En efecto, hace un par de semanas se produjo un movimiento de fondos desde la «nueva economía» hacia la «vieja», que reflejó la sensación de vértigo que se ha difundido y el temor a que se haya producido una burbuja especulativa gigantesca que en cualquier momento podría estallar. Con todo, aunque el furor actual por las acciones tecnológicas resulte exagerado, esto no quiere decir que la «nueva economía» sea meramente un mito. Es bien real y está transformando radicalmente la economía mundial, incidiendo en la vida de miles de millones de personas.
Por tratarse de un fenómeno novedoso, muchos no han logrado adaptarse a los cambios que ha producido, uno de los cuales ha consistido en la virtual marginación de la industria tradicional y el crecimiento explosivo de «los servicios». En los países más ricos, la industria ya ha dejado de dar empleo a grandes cantidades de personas, razón por la cual en ciertos países, entre ellos Alemania, Francia e Italia, en los que una alianza de políticos progresistas con sindicalistas ha sido lo bastante poderosa como para demorar la transformación, la tasa de desempleo se ha establecido a un nivel muy alto. En otros, en primer lugar los Estados Unidos, la «nueva economía» informática más los servicios que la están acompañando han generado tantos empleos, que la tasa de desocupación se ha reducido tanto que son muchos los economistas que la consideran peligrosamente baja.
Como sabemos, la Argentina no supo aprovechar la «vieja economía». Aunque nunca faltaban dirigentes que estaban dispuestos a propagar el evangelio industrialista, por diversos motivos la sociedad así planteada no congenió con la cultura del país. ¿Le irá mejor con la «nueva economía»? Muchos se sienten optimistas por creer que el nivel educativo del país le permitirá convertirse en creador de software para toda América Latina. Tal proyecto dista de ser absurdo, pero para que resultara algo más que otra fantasía, tendríamos que mejorar cuantitativa y cualitativamente el sistema educativo nacional muy pronto. Además, si bien la «nueva economía» se ha mostrado capaz de producir ganancias colosales, cuando de nuevas fuentes de trabajo se trata su influencia ha sido indirecta. Así, pues, existe el peligro de que incluso si la Argentina consiguiera acoplarse a la «nueva economía» de forma menos torpe que a la «vieja», los beneficios serían monopolizados por algunos grupos determinados, lo cual ensancharía aún más las diferencias económicas que separan a los distintos sectores. Por supuesto, el precio de no atinar a incorporarnos cuanto antes a la parte más nueva y más dinámica de la economía sería todavía mayor porque, mal que nos pese, el «Primer Mundo» no estará dispuesto a aflojar el paso para que los países atrasados puedan intentar recuperar el terreno que perdieron cuando nadie cuestionaba la hegemonía de la industria pesada.