Tiros por la culata
Estaban en lo cierto aquellos voceros gubernamentales que calificaron de «bumerán» el paro nacional dispuesto por el jefe camionero Hugo Moyano, aunque no lo fue por los motivos que suponían. Gracias en parte al aporte de las lluvias torrenciales que caían en buena parte del país, el primero de lo que podría ser una larga serie de paros fue un «éxito» desde el punto de vista de los organizadores y, en consecuencia, un fracaso desde aquél del resto de la población del país. Si bien es poco probable que los trastornos provocados por el paro hayan servido para fortalecer al gobierno como afirmaron los optimistas, no cabe duda de que las víctimas principales de la ola de agitación sindical que está cobrando fuerza serán los trabajadores y los desocupados, o sea, las personas a las cuales Moyano dice representar. El futuro de estos sectores, los cuales constituyen el grueso de los habitantes del país, dependerá por completo de la evolución de la economía nacional. Aunque el crecimiento de por sí no sería suficiente como para asegurarles una vida mejor, a menos que aumente la productividad en todas las áreas sólo les esperará más miseria, de manera que al atentar contra la economía en su conjunto Moyano y compañía están golpeando directamente a millones de personas ya muy pobres. Claro, por razones nada misteriosas, a los sindicalistas más combativos nunca les ha interesado esta verdad evidente. Lejos de procurar contribuir al desarrollo del país, sueñan con causar tantas dificultades que se transforme en un baldío plagado de violencia. En efecto, el viernes pasado se registraron muchos actos de intimidación matonesca contra choferes de camiones y colectivos reacios a sumarse a la huelga, lo cual en vista de la trayectoria de los camioneros, integrantes de una agrupación célebre por su afición a la intimidación, no sorprendió a nadie.
Moyano, «disidente» sindical que por ser el líder de un gremio que está en condiciones de paralizar el país dispone de la misma clase de poder que en épocas anteriores poseían militares de costumbres golpistas, los cuales no vacilaban en aprovecharlo para imponer sus propias «soluciones» para los problemas nacionales, no ha disimulado el hecho de que su propósito básico sea obligar al gobierno y al Congreso a entregarle el manejo de la economía y la política laboral. Se trata de una actitud profundamente antidemocrática que es típica de individuos que se niegan a permitir que funcionen debidamente las instituciones previstas por la Constitución por entender que ellos mismos no estarán entre los más beneficiados. Para Moyano, Víctor de Gennaro, Marta Maffei y sus socios, lo que cuenta en última instancia es la capacidad para intimidar a los demás, no el bienestar de la población ni los perjuicios que causen a los ya depauperados.
Una cosa es un paro de objetivos limitados en una sola fábrica, industria o sector; otra muy distinta es un paro nacional impulsado por una minoría poderosa con la finalidad declarada de forzar a las autoridades legítimas a abandonar una estrategia económica determinada. Si los sindicalistas creen que todos los gobiernos elegidos a partir de 1983, sin excluir el encabezado por Raúl Alfonsín, se equivocaron de rumbo y por lo tanto el actual debería corregirlo, tienen derecho a formar un partido comprometido con la «solución» que es de suponer tendrán en mente. Pero, es innecesario decirlo, tal alternativa no les atrae en absoluto porque saben muy bien que pocos pensarían en apoyarla. En todas las elecciones celebradas en los años últimos la mayoría ha votado en favor de políticos que, no obstante sus ambigüedades, no ocultaron su escaso interés por emprender un rumbo similar al reclamado por el sindicalismo «duro». Para colmo, tan desprestigiados son los capos sindicales como Moyano que incluso los políticos peronistas han preferido mantenerlos a raya durante las semanas previas a las elecciones nacionales para después acercarse a ellos una vez más con la esperanza de que les ayuden a debilitar a sus adversarios, sobre todo si éstos conforman el gobierno.