Toda la provincia tiene derecho al desarrollo turístico



Antonio Torrejón y su mirada integral son una huella imborrable para Río Negro. Hoy, y desde hace tiempo, el turismo en la provincia enfrenta la orfandad de proyectos de nuestros políticos y queda a merced de representantes sectoriales.

Hoteles como el Llao Llao y el de Cataratas, el casino de Mar del Plata, los parques nacionales y cientos de inversiones estatales más desarrollaron el turismo argentino.

Sin hoteles estos destinos, por la potencia de sus atractivos, igual recibirían turistas, pero no tendrían gran envergadura pues carecerían de acceso a los mismos. Auxiliar la experiencia turística es el rol de hoteles, restaurantes, taxistas y otros servicios, pero el núcleo de la misma son los atractivos.

No debería ser un sector ajeno al corazón del negocio el que decida la política turística, sino el Estado.

La inversión privada llega detrás de la del Estado y de que éste haya trazado una política, no antes.

Luego los empresarios se organizan y demandan al Estado más inversiones y promoción. Esta es la historia del turismo, y está bien que así sea.

No está bien que el Estado ceda su rol a un sector con intereses que, aunque genuinos, colisionan con otros también legítimos de comunidades que no tienen iguales oportunidades.

Desde hace décadas regiones y pueblos rionegrinos con recursos y vocación turística esperan que el Estado prepare el terreno para la inversión privada y la recepción de turistas.

Requieren la misma oportunidad que tuvieron Bariloche o Las Grutas.

La espera ha sido vana.

En cierta ocasión propuse al intendente de Villa Regina un proyecto turístico para el Valle, sugiriéndole: ¿por qué no recurrís al ministro de Turismo para que lo financie? Eso hizo. La respuesta fue: “No puedo ayudarlos, tengo poco presupuesto y debo asignarlo a los destinos turísticos, sino mejor me voy”.

Pareciera que al que llegó primero gracias al Estado le asiste el derecho natural de quedarse con todo.

Salta en los 90 obtuvo financiamiento internacional por 80 millones de dólares y, con recursos menos singulares que los nuestros, se convirtió en una de las provincias turísticas más importantes. Un éxito de sus dirigentes.

Para quienes diseñan la política turística el Alto Valle no tiene atractivos y lo condenan a ser sitio de parada para turistas que se dirigen a la cordillera o la costa. Menos importa la meseta.

Estas regiones sólo reciben migajas de un pequeño presupuesto turístico, porque también eso pasa, nuestra provincia carece de ambiciones, no persigue grandes sueños turísticos.

La cultura productiva debería sustentar el desarrollo turístico del Alto Valle: peras y manzanas, vino, sidra, la historia del agua y del riego, la epopeya de los inmigrantes que convirtieron un desierto en un paisaje cultural gracias a su trabajo y a un río maravilloso.

El agreste paisaje de la Línea Sur fue domado por criollos, pueblos indígenas, gringos y árabes que allí se establecieron. Soledad, aislamiento y endemismos únicos.

Una riqueza que no ofrecemos a los turistas y que ha pasado desapercibida para los ministros de turismo. En EE. UU. el primer destino es Disney; las rutas del vino, que reciben más turistas que Nueva York, el segundo.

En el mundo numerosos sitios desérticos son destinos turísticos. Tenemos espejos donde mirarnos.

El turismo debería ser una estrategia de desarrollo territorial. Hoy un inmenso territorio carece de política turística y miles de rionegrinos necesitados de trabajo de las oportunidades que brinda el turismo.

Hay demasiada rutina intelectual en el turismo. Necesitamos una visión política que se plasme en un plan integral de desarrollo turístico con un fondo fiduciario que otorgue créditos blandos de largo plazo para financiar proyectos rentables público-privados, requiriendo garantías a los municipios que concursen por ellos para asegurarnos su devolución y una política de largo plazo.

Terminemos con una visión corta y sectorial que no beneficia ni siquiera a los supuestos favorecidos que siguen de crisis en crisis.

Desarrollemos turísticamente la provincia apoyando el crecimiento de los destinos ya desarrollados, pero a la vez brindemos oportunidades a las regiones que nunca gozaron del apoyo estatal.

La política turística debe marcar el camino del desarrollo de todos los rionegrinos. Ojalá que nuestros dirigentes miren bien lejos.

Ojalá que la política turística no la decidan los hoteleros de Bariloche. Estamos esperanzados en que así sea.

Para quienes diseñan la política turística, el Alto Valle no tiene atractivos y lo condenan a ser sitio de parada para quienes se dirigen a la cordillera o la costa. Menos importa la meseta.

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Para quienes diseñan la política turística, el Alto Valle no tiene atractivos y lo condenan a ser sitio de parada para quienes se dirigen a la cordillera o la costa. Menos importa la meseta.

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