Todo bajo control

Todos los gobiernos del mundo quisieran reducir al mínimo los riesgos planteados por el comportamiento, por lo común imprevisible, de los mercados financieros, pero temen que, si imponen reglas que sean demasiado rigurosas, quienes operan en ellos trasladarían sus negocios a lugares más flexibles en Asia oriental o el Medio Oriente. Puesto que durante muchos años los grandes centros financieros como Nueva York y Londres han generado cantidades fabulosas de dinero, la preocupación en tal sentido de muchos dirigentes norteamericanos y británicos puede entenderse. Aunque en ambos países la mayoría está a favor de castigar a la “patria financiera” local –Wall Street y la City, respectivamente– con medidas draconianas por considerarla responsable de la tremenda crisis que siguió al estallido de una serie de burbujas y, más todavía, por sentirse indignada por la costumbre de los banqueros más poderosos de embolsar decenas de millones de dólares aun cuando las instituciones que manejan se hayan visto rescatadas de la bancarrota por los contribuyentes, los políticos saben muy bien que no sería de su interés matar gallinas que con toda seguridad continuarán poniendo huevos de oro. Asimismo, sospechan que detrás de la voluntad de mandatarios como la alemana Angela Merkel y el francés Nicolas Sarkozy de regular con mayor severidad todos los mercados financieros de otros países está el deseo de fortalecer los sectores correspondientes en Frankfurt y París. En Estados Unidos, legisladores demócratas y republicanos acaban de alcanzar un acuerdo sobre una reforma del sistema financiero que, dicen, es la más drástica de los 80 años últimos. Según el presidente norteamericano, Barack Obama, el objetivo principal de los responsables de las nuevas reglas es obligar a los financistas a “ser más responsables”, desistiendo entre otras cosas de comercializar tan libremente como antes productos de alto riesgo como los ya notorios derivados que incluso para algunos expertos son tan opacos y tan complejos que muy pocos saben en qué consisten: en una ocasión, el prestigioso e influyente inversor multimillonario Warren Buffet los calificó de “armas financieras de destrucción masiva” al prever que tarde o temprano las ganancias colosales que permitían se transformarían en pérdidas igualmente grandes, como en efecto sucedió. Puede que en adelante el negocio supuesto por los derivados, los que en su conjunto valen, en teoría por lo menos, más de 5 billones de dólares, sea más transparente, pero virtualmente nadie cree que las reformas que se han emprendido sirvan para que en el futuro no haya más burbujas financieras. Aunque a esta altura todos entienden que, antes de la debacle que motivó tantos estragos en Estados Unidos y la Unión Europea, no sólo los banqueros y los especuladores sino también el grueso de los políticos, economistas y ciudadanos comunes se habían entregado al optimismo excesivo, de ahí el boom de consumo que fue posibilitado por un nivel de endeudamiento sin precedentes, a partir de entonces ha predominado la cautela. Lejos de estar dispuestos a prestar dinero a personas y entidades insolventes, los banqueros han sido tan reacios a arriesgarse que, en países como Grecia y España, el gran problema actual es la falta de crédito. Estarán en lo cierto quienes atribuyen la crisis que se originó en la comercialización de derivados vinculados con el mercado inmobiliario norteamericano para entonces difundirse, con rapidez fulminante, a buena parte del mundo a la exuberancia irracional imperante antes del hundimiento de Lehman Brothers, pero existe el peligro de que la desconfianza que se ha generalizado entre los inversores tenga consecuencias aún más graves. Obama y los legisladores norteamericanos esperan que a raíz de la reforma financiera ambiciosa que acaban de anunciar los mercados sean más transparentes y por lo tanto más confiables. Es posible que ello ocurra. También lo es que resulten contraproducentes los esfuerzos del gobierno de Estados Unidos por poner las finanzas al servicio de la “economía real” con normas más severas que las anteriores, lo que sería el caso si los resueltos a correr riesgos optaran por probar suerte en países en que regulaciones menos rígidas les permitirían ganar más dinero.


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