Tormenta perfecta
Tendrá razón la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, cuando dice que el Oriente Medio está atravesando una “tormenta perfecta”, o sea, una que a su entender difícilmente podría ser peor. Pero si bien el statu quo puede ser, como afirma, “insostenible”, no hay garantía alguna de que la rebelión callejera contra los regímenes autoritarios de la región que siguió al derrocamiento del dictador tunecino Ben Ali abra las puertas a la democracia. Y aun cuando, para sorpresa de muchos, Túnez, Egipto, Yemen y otros países de la región lograran crear gobiernos representativos respetuosos de los derechos ciudadanos, no estarían en condiciones de brindar soluciones adecuadas a los problemas económicos. Hasta ahora las protestas que han proliferado en el mundo árabe se han visto dominadas por jóvenes que, además de libertad, están reclamando empleos mejor remunerados, pero a juzgar por lo que está sucediendo en otras partes del mundo, lo más probable es que en los próximos años haya cada vez menos oportunidades laborales para todos salvo los excepcionalmente dotados. El presidente norteamericano Barack Obama y líderes europeos como la canciller alemana Angela Merkel están presionando al presidente egipcio Hosni Mubarak para que abandone cuanto antes el puesto que ocupa desde hace 30 años para que se ponga en marcha la “transición”. Aunque en el fondo preferirían que se mantuviera el statu quo, por “insostenible” que fuera, por muchos años más, quieren congraciarse con los manifestantes que están exigiendo su renuncia inmediata con la esperanza de que un eventual gobierno democrático les perdonara el haberlo apoyado durante tanto tiempo, pero corren el riesgo de provocar una reacción nacionalista. Egipto no es una colonia de Estados Unidos y la Unión Europea. A pocos puede gustarles que Obama, Merkel y otros dirigentes occidentales estén procurando hacer pensar que, en el caso de que Mubarak caiga antes de las elecciones previstas para el próximo septiembre, el desenlace así supuesto se habría debido en buena medida a la actitud asumida tardíamente por quienes se creen facultados para hablar en nombre de “la comunidad internacional”. Para Estados Unidos y Europa, lo que está sucediendo en Egipto y otros países de la región es alarmante no sólo porque podría tener un impacto económico muy fuerte si la ola de agitación llegara a los países petroleros sino también por el riesgo de que agrupaciones islamistas, entre ellas la Hermandad Musulmana, consigan aprovechar las circunstancias para alcanzar el poder. Aunque últimamente voceros de la organización islamista más influyente del mundo musulmán se han puesto a formular declaraciones llamativamente moderadas, no sería nada probable que haya abandonado las aspiraciones totalitarias que siempre ha reivindicado. Incluso si en una etapa de “transición” la Hermandad se conformara con un papel subalterno en una eventual coalición gobernante insistiría en poner fin a la tregua con Israel, ya que según todos sus líderes la lucha contra “el ente sionista” tiene que ser prioritaria. Según el guía supremo del régimen teocrático iraní, el ayatolá Ali Khamenei, lo que está ocurriendo en Túnez y Egipto es “una señal del despertar islámico en el mundo”. Si bien lo reclamado por el grueso de los manifestantes en dichos países tiene muy poco que ver con la religión, los militantes musulmanes están bien preparados para sacar provecho de la confusión resultante. Por cierto, no les será difícil convencer a los ya habituados a atribuir sus desgracias a conspiraciones urdidas por los israelíes, norteamericanos y europeos a apoyarlos en su lucha contra los “sionistas y cruzados”. La eventualidad así supuesta es motivo de preocupación legítima en Estados Unidos y más aún en Israel y Europa, donde se teme que las convulsiones que están produciéndose en África del Norte y el Oriente Medio sirvan para desatar nuevas ofensivas terroristas, sobre todo si los conflictos se agravan hasta tal punto que aumente todavía más la cantidad de musulmanes que procuran inmigrar a países de la Unión Europea en que se ha intensificado mucho en meses recientes la resistencia de la mayoría a lo que toma por una “invasión” intolerable de personas de una cultura que le es irremediablemente ajena.
Tendrá razón la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, cuando dice que el Oriente Medio está atravesando una “tormenta perfecta”, o sea, una que a su entender difícilmente podría ser peor. Pero si bien el statu quo puede ser, como afirma, “insostenible”, no hay garantía alguna de que la rebelión callejera contra los regímenes autoritarios de la región que siguió al derrocamiento del dictador tunecino Ben Ali abra las puertas a la democracia. Y aun cuando, para sorpresa de muchos, Túnez, Egipto, Yemen y otros países de la región lograran crear gobiernos representativos respetuosos de los derechos ciudadanos, no estarían en condiciones de brindar soluciones adecuadas a los problemas económicos. Hasta ahora las protestas que han proliferado en el mundo árabe se han visto dominadas por jóvenes que, además de libertad, están reclamando empleos mejor remunerados, pero a juzgar por lo que está sucediendo en otras partes del mundo, lo más probable es que en los próximos años haya cada vez menos oportunidades laborales para todos salvo los excepcionalmente dotados. El presidente norteamericano Barack Obama y líderes europeos como la canciller alemana Angela Merkel están presionando al presidente egipcio Hosni Mubarak para que abandone cuanto antes el puesto que ocupa desde hace 30 años para que se ponga en marcha la “transición”. Aunque en el fondo preferirían que se mantuviera el statu quo, por “insostenible” que fuera, por muchos años más, quieren congraciarse con los manifestantes que están exigiendo su renuncia inmediata con la esperanza de que un eventual gobierno democrático les perdonara el haberlo apoyado durante tanto tiempo, pero corren el riesgo de provocar una reacción nacionalista. Egipto no es una colonia de Estados Unidos y la Unión Europea. A pocos puede gustarles que Obama, Merkel y otros dirigentes occidentales estén procurando hacer pensar que, en el caso de que Mubarak caiga antes de las elecciones previstas para el próximo septiembre, el desenlace así supuesto se habría debido en buena medida a la actitud asumida tardíamente por quienes se creen facultados para hablar en nombre de “la comunidad internacional”. Para Estados Unidos y Europa, lo que está sucediendo en Egipto y otros países de la región es alarmante no sólo porque podría tener un impacto económico muy fuerte si la ola de agitación llegara a los países petroleros sino también por el riesgo de que agrupaciones islamistas, entre ellas la Hermandad Musulmana, consigan aprovechar las circunstancias para alcanzar el poder. Aunque últimamente voceros de la organización islamista más influyente del mundo musulmán se han puesto a formular declaraciones llamativamente moderadas, no sería nada probable que haya abandonado las aspiraciones totalitarias que siempre ha reivindicado. Incluso si en una etapa de “transición” la Hermandad se conformara con un papel subalterno en una eventual coalición gobernante insistiría en poner fin a la tregua con Israel, ya que según todos sus líderes la lucha contra “el ente sionista” tiene que ser prioritaria. Según el guía supremo del régimen teocrático iraní, el ayatolá Ali Khamenei, lo que está ocurriendo en Túnez y Egipto es “una señal del despertar islámico en el mundo”. Si bien lo reclamado por el grueso de los manifestantes en dichos países tiene muy poco que ver con la religión, los militantes musulmanes están bien preparados para sacar provecho de la confusión resultante. Por cierto, no les será difícil convencer a los ya habituados a atribuir sus desgracias a conspiraciones urdidas por los israelíes, norteamericanos y europeos a apoyarlos en su lucha contra los “sionistas y cruzados”. La eventualidad así supuesta es motivo de preocupación legítima en Estados Unidos y más aún en Israel y Europa, donde se teme que las convulsiones que están produciéndose en África del Norte y el Oriente Medio sirvan para desatar nuevas ofensivas terroristas, sobre todo si los conflictos se agravan hasta tal punto que aumente todavía más la cantidad de musulmanes que procuran inmigrar a países de la Unión Europea en que se ha intensificado mucho en meses recientes la resistencia de la mayoría a lo que toma por una “invasión” intolerable de personas de una cultura que le es irremediablemente ajena.
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