Tozudez arriesgada
Por motivos que son netamente políticos, el presidente Néstor Kirchner ha elegido insinuar que considera al FMI un enemigo que en su opinión es culpable de haber cohonestado medidas tan absurdas como destructivas en el pasado reciente, y que por eso se comprometió públicamente a resistirse a firmar cualquier acuerdo que previera un superávit fiscal primario superior al tres por ciento del producto bruto. También hizo hincapié en su escaso interés por permitir que suban las tarifas de los servicios públicos privatizados por suponer que luego de haber acumulado ganancias en el pasado deberían conformarse con menos en la nueva Argentina pos default. Sean razonables o no tales definiciones, al hacer de ellas una bandera de lucha Kirchner ha asegurado que en el caso de que decidiera que sería de su interés modificar sus puntos de vista sobre el superávit o las tarifas, sufriría una derrota que sus adversarios no titubearían en aprovechar. Asimismo, gracias a la actitud combativa del presidente, buena parte de la ciudadanía podría llegar a la conclusión de que todo cuanto proponga el FMI será malo, de suerte que la recuperación de la economía sería garantizada si el gobierno hace lo contrario. Aunque es posible que ciertos planteos del FMI sean inapropiados, no lo es que todas sus recomendaciones sean irracionales. Tampoco nos ayudará que se propagara la impresión de que cualquier acuerdo con la institución será resultado de “presiones” y “aprietes”, de modo que no tendríamos por qué respetarlo.
Hay dos formas de depender del FMI. Una consiste en obedecerlo en todo, permitiéndole en efecto manejar la economía a cambio de asumir la responsabilidad por las desgracias resultantes, otra en aferrarse a medidas determinadas con el único propósito de llamar la atención a la voluntad propia de desafiarla. Así, pues, si el FMI presiona en favor de “reformas estructurales”, Kirchner tendrá un pretexto más para negarse a pensar en ellas aun cuando debería serle evidente que al país le convendría emprenderlas cuanto antes. Del mismo modo, ya no le será fácil escuchar con el respeto debido a funcionarios internacionales como el economista en jefe del Banco Mundial para América Latina, Guillermo Perry, quien acaba de señalar que a menos que se establezca en el mediano plazo un “mecanismo de ajuste” para las tarifas que clarifique la situación para los inversores porque de otro modo “será muy difícil atraerlos”. Tiene razón Perry, de esto no cabe duda, porque hoy en día sólo a un empresario masoquista se le ocurriría arriesgarse aquí, pero Kirchner ya es prisionero de su propia retórica y en consecuencia parece no tener apuro alguno en clarificar nada. Además, como político sabrá que aunque el cierre de una fábrica ya existente podría perjudicarlo, no perderá nada si un inversor en potencia desconocido opta por construir una en otro país.
La negativa de Kirchner a pactar con el FMI le ha reportado beneficios políticos porque, a juicio de la mayoría, está luchando por la Argentina contra un mundo supuestamente hostil. Sin embargo, al presentar la relación en tales términos, el presidente está creando una situación en la que su propio espacio de maniobra se verá muy limitado. Después de todo, no es el único dirigente que sepa colocar toda medida económica o social en el contexto de la “lucha” entre el país con el FMI, con este organismo en el papel de símbolo máximo del “neoliberalismo” globalizador y de “la década de los noventa”. Muchos políticos, sindicalistas y piqueteros son plenamente capaces de jugar de la misma manera, de suerte que no sorprendería en absoluto que si en los meses próximos el gobierno procura impedir que el gasto público desborde o intenta reformar la administración pública se viera acusado en seguida de arrodillarse ante el emisario de turno del FMI. Puesto que la imagen de Kirchner se basa en su presunta “dureza”, todo indicio de “debilidad” le costaría caro, pero a menos que se haya propuesto seguir negándose a cambiar nada, los deseosos de denigrarlo calificándolo de títere del FMI y servidor del “neoliberalismo” no carecerán de oportunidades para someterlo al mismo tratamiento que, para satisfacción de sus simpatizantes, él ya ha dado a sus propios adversarios políticos.
Por motivos que son netamente políticos, el presidente Néstor Kirchner ha elegido insinuar que considera al FMI un enemigo que en su opinión es culpable de haber cohonestado medidas tan absurdas como destructivas en el pasado reciente, y que por eso se comprometió públicamente a resistirse a firmar cualquier acuerdo que previera un superávit fiscal primario superior al tres por ciento del producto bruto. También hizo hincapié en su escaso interés por permitir que suban las tarifas de los servicios públicos privatizados por suponer que luego de haber acumulado ganancias en el pasado deberían conformarse con menos en la nueva Argentina pos default. Sean razonables o no tales definiciones, al hacer de ellas una bandera de lucha Kirchner ha asegurado que en el caso de que decidiera que sería de su interés modificar sus puntos de vista sobre el superávit o las tarifas, sufriría una derrota que sus adversarios no titubearían en aprovechar. Asimismo, gracias a la actitud combativa del presidente, buena parte de la ciudadanía podría llegar a la conclusión de que todo cuanto proponga el FMI será malo, de suerte que la recuperación de la economía sería garantizada si el gobierno hace lo contrario. Aunque es posible que ciertos planteos del FMI sean inapropiados, no lo es que todas sus recomendaciones sean irracionales. Tampoco nos ayudará que se propagara la impresión de que cualquier acuerdo con la institución será resultado de “presiones” y “aprietes”, de modo que no tendríamos por qué respetarlo.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora