Triunfo parcial

Por Redacción

Aunque la Alianza ganó la primera vuelta de las elecciones porteñas por un margen muy amplio, tanto los resultados globales como la demora inexplicable en difundirlos, la cual brindó a Domingo Cavallo una oportunidad que no supo resistir para denunciar con su vehemencia habitual la conducta «tramposa» del oficialismo, le han dado muchos motivos para preocuparse. Si bien salió airosa de la contienda principal por la intendencia, la Alianza perdió más que un tercio de sus bancas en la Legislatura, quedándose con 24 en lugar de 37, retroceso que en efecto supone el fin de la hegemonía frepasista-radical en la Capital, la única jurisdicción en la cual ha sido la fuerza dominante. En este apartado, quienes más avanzaron fueron los cavallistas y sus socios belizistas -Encuentro por la Ciudad contará con una veintena de legisladores, con los cuales podrían colaborar algunos diputados de partidos menores- y el gran perdedor, además de la Alianza, resultó ser el Partido Justicialista, que tendrá que conformarse con un solo representante, menos que los conseguidos por distintas facciones de la izquierda. Así las cosas, para imponerse el oficialismo se verá obligado a pactar ya con «la derecha», ya con un variopinto conjunto de izquierdistas que dicen creerla una coalición «neoliberal» odiosa.

Por tratarse de comicios celebrados en un distrito que, a diferencia del resto del país, ostenta, según las estadísticas disponibles, un ingreso per cápita que es plenamente comparable con los de partes prósperas de Europa Occidental, es aventurado «nacionalizar» los resultados como tantos están procurando hacer. Lo entiendan o no los porteños, sus problemas son muy distintos de los del interior y poseen los recursos necesarios para solucionar muchos de ellos. También son distintas sus modalidades políticas, razón por la cual el ala frepasista de la Alianza es un fenómeno limitado a la Capital Federal, mientras que en ella los peronistas conforman una minoría pequeñísima que corre riesgo de extinguirse, a pesar de que al otro lado de la avenida General Paz su movimiento, no obstante la confusión que lo caracteriza, sigue siendo el más poderoso de todos. Es posible que andando el tiempo el país termine aporteñizándose a causa de la influencia de los medios, pero sería cuestión de un proceso a la vez lento e irregular.

Asimismo, el que a pocos meses del inicio de la gestión del presidente Fernando de la Rúa la Alianza no haya podido superar con comodidad el cincuenta por ciento en su propio bastión, como efectivamente hizo en noviembre de 1997, podría presagiar graves problemas en el futuro no muy lejano. Nadie ignora que el voto del domingo fue interpretado por el gobierno como un plebiscito sobre su desempeño en sus poco más de cuatro meses en el poder, realidad que en cierto modo contribuyó a ocultar el protagonismo inevitable de Cavallo, el cual, por su presencia, se las arregló para transformarlo en un referéndum sobre su propia figura.

Para Cavallo, las elecciones fueron un baldazo de agua fría no tanto porque las perdió -resultado que es de suponer no modificará mayormente la segunda vuelta-, cuanto porque desde el vamos se había presentado como el ganador seguro. Además, el triunfalismo del cual hizo gala no pareció responder a una decisión meramente táctica sino a su convicción íntima de que su oferta resultaría irresistible. Sin embargo, la confianza excesiva así supuesta no sólo le costó votos valiosos, también significó que lo que de otro modo hubiera sido juzgado un resultado más que respetable sería considerado un fracaso sin atenuantes. Si bien sería prematuro afirmar, como muchos ya lo han hecho, que los porteños acaban de privarlo de su condición de presidenciable, le han recordado que no le será nada fácil perforar el techo supuesto por la negativa de amplios sectores a votarlo en cualquier circunstancia. Es posible que dicho prejuicio se diluya en los próximos años, pero para que esto ocurra Cavallo tendrá que prestar más atención a sus propuestas y abstenerse de estallar de ira toda vez que la realidad no se ajuste a sus pretensiones.