Ultraderecha 2.0: ¿los nuevos “lobos solitarios”?



El doble atentado en Nueva Zelanda, que dejó al menos 50 muertos y decenas de heridos, reveló la expansión y el manejo de las nuevas tecnologías de los grupos supremacistas blancos.

Hasta la fatídica tarde del viernes pasado, Brenton Tarrant, un preparador físico de 28 años que vivía en la zona rural de Australia, jamás había estado en el radar de las fuerzas de seguridad ni de los organismos de inteligencia. Había crecido en el seno de una familia de clase obrera en la pequeña ciudad de Grafton, norte de ese país, donde se preparó como entrenador. Trabajaba por su cuenta en un gimnasio, y el único dato llamativo eran sus frecuentes viajes a distintos lugares del mundo, a veces remotos.

Sin embargo, el 15 de marzo pasado, Tarrant se puso un caso con una videocámara, puso un verdadero arsenal en su auto, condujo hacia la mezquita de Christchurch, en Nueva Zelanda, y comenzó a dispararle a toda persona que veía, como en un sangriento videojuego trasmitido en vivo al mundo a través de Facebook Live. Luego, repitió el ataque en otra mezquita de la ciudad. Al menos 50 personas cayeron bajo la lluvia de balas, y decenas resultaron heridas. Sus motivos quedaron en un extenso “manifiesto”, también difundido por redes sociales: “aplastar la inmigración” y “vengar” los atentados yihadistas perpetrados desde hace años en Europa.

El ataque dejó en shock a Nueva Zelanda, un país con cinco millones de habitantes donde apenas el 1% de su población es musulmana y se enorgullece de su multiculturalidad y de sus bajas tasas de criminalidad, con apenas 50 asesinatos por año.

Para el especialista en seguridad argentino, Martín Durán, el caso “evidencia la mutación del terrorismo en los últimos años. Antes se trataba de grupos organizados, con cierta estructura, que tomaba un avión o una embajada. Había líderes. Después del 11S en EE. UU., el ataque a las torres gemelas, hubo una fuerte presión de seguridad sobre grupos armados organizados y de gran tamaño. Allí nacen los denominados ‘lobos solitarios’, que arrancan siendo islamistas pero después se trasladan a otros tipos de terrorismo, como los de ultraderecha”.

Para Durán no fue casual la elección de Nueva Zelanda, “una sociedad pacífica, multirracial, donde hasta la policía actúa desarmada. Fijate que el atacante actúa y filma por varios minutos antes de ser detenido, no aparece un operativo como hubiera pasado en EE. UU. o Francia, donde ante un caso similar hubieran irrumpido cientos de policías en minutos, simplemente porque allí ya tienen experiencia en este tipo de hechos”.

El perturbador video de 17 minutos que grabó Tarrant se viralizó antes que los mecanismos de censura pudieran activarse, y a pesar de que Facebook, Twitter y Youtube se esforzaron por eliminar la grabación y el manifiesto, éstos están aún disponibles en diversos sitios.

Tarrant, tras ser capturado, compareció ese mismo día a una audiencia de formulación de cargos en su contra. Esposado y de pie ante el tribunal, hizo el gesto de los supremacistas blancos en todo el mundo, un “ok” circular uniendo pulgar e índice.

El caso de Nueva Zelanda ha encendido las alarmas de numerosos gobiernos, ya que demuestra la expansión global del denominado “nacionalismo blanco”, que aunque adopta diversas modalidades comparte el racismo, el rechazo a la inmigración, al islam y un sentimiento de revancha por los atentados yihadistas.

Para muchos expertos, esta derecha radicalizada representa una amenaza internacional tan importante como los yihadistas. En estados Unidos, los ataques de los grupos supremacistas han superado a los atribuidos a islamistas radicalizados.

En estados Unidos, los ataques de los grupos supremacistas han superado a los atribuidos a islamistas radicalizados.

El movimiento tiene sus raíces en líderes fascistas europeos y estadounidenses de las décadas del 30 y 40. En su manifiesto, el tirador de Christchurch manifestaba su admiración a Oswald Mosley, un fascista británico de 1930. Su escrito “El gran reemplazo”, alude a un libro escrito por el francés Renaud Camus en el 2011, que recicla el concepto de “genocidio blanco” surgido en Estados Unidos en los 1970 y argumenta que los pueblos y la cultura de origen europeo están siendo suplantados gradualmente por inmigrantes hispanos, asiáticos, africanos o árabes.

Sin líderes visibles y hasta ahora muy fragmentado, ha logrado cohesionarse a través de internet y extenderse por Europa, donde se autodenominan “identitarios” hasta Rusia, Estados Unidos y, como se demostró ahora, en Australia y Nueva Zelanda. De hecho Brenton Tarrant, que planificó su ataque durante más de dos años, fue impregnándose de ideología neofascista durante varios viajes que realizó a Europa, entre ellos Francia, España, Portugal y varios países de los Balcanes.

El rol de las redes

Era un activo visitante de páginas como GAB y Stormfront, plataformas alternativas que han ayudado a crear cierto sentido de “comunidad” para nacionalistas blancos y extremistas de ultraderecha de distintos países.

Para la periodista argentina Ana Prieto, autora del libro “Todo lo que necesitás saber del terrorismo”, lo novedoso del ataque en Nueva Zelanda no está tanto en la ideología del atacante sino “su uso de las herramientas de la internet 2.0: se colocó un casco con una GoPro y trasmitió su matanza en vivo”, señaló. También en “el uso de memes, shitposts y copypastas dentro del mismo manifiesto, algo dirigido a los usuarios de internet empedernidos y habituados a su lenguaje subcultural”. (Ver aparte)

El atentado en Nueva Zelanda parece haber sido cuidadosamente planificado para maximizar su viralidad en las redes sociales.

A pesar de los intentos de Facebook y Twitter para eliminar el video, la velocidad de los usuarios fue mayor. Éste fue descargado y reproducido en diversas plataformas y se hicieron ediciones y capturas de pantallas que aún circulan en la red.

El manejo de la imagen estuvo tan cuidado que hasta las fotos del arsenal del terrorista difundida por los noticieros y las redes contenían mensajes: se pueden ver inscripciones sobre los fusiles, en inglés y otros idiomas. Aluden a figuras militares históricas europeas que lucharon contra el imperio Otomano en los siglos XV y XVI, y a las cruzadas. Todas ellas crípticas, para animar la búsqueda e interpretación de los internautas.

Los expertos también coinciden en que el auge de los movimientos populistas y el discurso antiinmigración que ha ganado terreno en Europa y EE. UU. ha envalentonado a muchos de estos actores. Aunque no hay lazos directos, muchos de los atacantes se deciden admiradores de políticos de línea dura contra la inmigración como Marine Le Pen en Francia y Víktor Orban en Hungría o líderes populistas como el ruso Vladimir Putin o Donald Trump, en EE. UU.

Trump, si bien ha condenado los hechos de violencia y la masacre, elude condenar directamente a estos grupos y ha señalado que el nacionalismo blanco “no es un problema” grave.

Para la mayoría de los analistas, sin embargo, la legitimación de discursos de odio juega sin dudas un rol importante en la propagación del fenómeno.


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