Un acuerdo político

Por Redacción

Felizmente para el país y para la mayoría abrumadora de sus habitantes, la Argentina estuvo en default con el Fondo Monetario Internacional por un solo día, minimizando así los perjuicios ocasionados por la negativa del gobierno a pagar los 2.900 millones de dólares adeudados a la institución. Lo entiendan o no aquellos que en seguida se manifestaron indignados por las condiciones que finalmente fueron aceptadas por el presidente Néstor Kirchner, los costos de una ruptura prolongada con una de las escasas agencias crediticias que aún estén dispuestas a tomar en cuenta las dificultades frente al gobierno hubieran sido decididamente mayores que las hipotéticas ventajas supuestas por el no tener que preocuparse por la presencia de inspectores extranjeros en las proximidades del Ministerio de Economía. Aunque no cabe duda de que lograr un superávit fiscal del tres por ciento del producto bruto en el 2004 va a ser muy difícil por motivos que son más políticos que económicos, el piso así fijado no es fruto de un capricho maligno del FMI sino del hecho, desagradable pero no por eso insignificante, de que el país deba mucho dinero a los acreedores y tarde o temprano tendrá que encontrar la forma de devolver por lo menos una parte.

De no haber sido por la voluntad del FMI de avalar, a pesar de los reparos de sus técnicos, las razones del gobierno que insistía en que sería mejor apostar al crecimiento futuro que a la extrema austeridad que podría hacer abortar la recuperación, estaríamos ante la opción de tener que asegurar un superávit del treinta o cuarenta por ciento, o incluso más, por un lado o, por el otro, resignarnos a ser un paria financiero por muchísimos años, durante los cuales perderíamos toda posibilidad de llegar un día a ser un país adecuadamente desarrollado. Claro, sería mucho mejor poder permitirnos un déficit colosal similar al arrojado por Francia, Alemania, el Japón y Estados Unidos, pero sucede que quienes suponen que un país que hace menos de dos años protagonizó el mayor default de su deuda pública de la historia está en condiciones de darse tales lujos están en Jauja. El haber celebrado aquel default con festejos como si fuera cuestión de un triunfo para entonces resistirse a negociar en serio, no fue una travesura menor, mientras que la ligereza infantil que siguen manifestando los que se niegan a asumir dicha realidad es una de las causas principales de la postración actual del país.

La verdad es que el acuerdo alcanzado por el gobierno difícilmente pudo haber sido menos severo, lo que no es necesariamente positivo para un país en el que la mayoría de los dirigentes parece más interesada en defender lo que todavía tenemos, que en emprender el esfuerzo muy grande que sin duda alguna sería preciso para que la economía sea más productiva y por lo tanto más capaz de satisfacer las expectativas mínimas de la población del país. Como es notorio, de no haber sido por las presiones políticas el FMI hubiera adoptado una postura mucho más exigente, pero para sorpresa de muchos, el gobierno del presidente estadounidense George W. Bush empleó su poder y su influencia en el directorio en apoyo a Kirchner y a Roberto Lavagna, enfrentándose con los europeos que, por motivos que todo político entenderá muy bien, anteponían los intereses inmediatos de sus compatriotas a aquellos de sus interlocutores argentinos.

Por supuesto, sería un error atribuir la actitud norteamericana a la eventual conversión de Bush al “keynesianismo” reivindicado por Kirchner. Se debió a que es plenamente consciente del riesgo que supondría para América Latina un nuevo colapso argentino que se vería agravado en esta ocasión por un boicot financiero internacional. Se trata, pues, de una decisión estratégica que supone subordinar lo económico a lo político. Si bien aún no resulta muy claro cuánto estará dispuesto a hacer Estados Unidos a fin de impedir que la Argentina se vea transformada en un foco de infección amenazante, la voluntad evidente del gobierno de Bush de operar con pragmatismo, pasando por alto sus propios principios económicos por entender que intentar aplicarlos al caso argentino sería con toda seguridad contraproducente, podría ayudar mucho a facilitar nuestra “reinserción” en el mundo.                  


Exit mobile version