¿Un buen comienzo?
Como ya es tradicional, al cumplir el presidente Néstor Kirchner sus primeros cien días en el poder, tanto los demás dirigentes políticos como los analistas profesionales se han sentido obligados a realizar un balance de su gestión. Aunque los más juran simpatizar con un jefe de Estado que llegó al poder sobre la base del 22% de los votos -un guarismo que refleja la condición lamentable de las instituciones políticas del país, la que a su vez está en la raíz del fracaso económico-, los juicios fueron por lo común bastante negativos aunque, huelga decirlo, no los compartirán aquellas tres cuartas partes de los consultados por los sondeadores que se dicen favorablemente impresionadas por lo que está haciendo Kirchner. Como muchos han señalado, en América Latina es normal que durante los meses iniciales de una gestión presidencial una mayoría abrumadora se afirme más que contenta con lo hecho. Sin embargo, también lo es que después de un año o dos una proporción similar se declare decepcionada. ¿Podrá Kirchner liberarse del maleficio así supuesto? El que muchos lo duden es de por sí una señal preocupante.
Kirchner ha impresionado por su vigor personal, su llaneza y su voluntad de ensañarse con militares vinculados con la represión ilegal, políticos notoriamente corruptos, jueces de la Corte Suprema escasamente idóneos, lobbistas empresarios y economistas a su entender “neoliberales”, pero tales ataques, en muchos casos justificables, parecen destinados a hacer pensar que para curar las enfermedades que tienen postrado al país podrá limitarse a limpiarlo de parásitos y malhechores. Por desgracia, no es así. Para que la Argentina reencuentre el camino del desarrollo, será forzoso llevar a cabo sin demora una multitud de reformas, algunas traumáticas, parecidas a las realizadas a través de los años en países de cultura comparable como Italia y España. Pero lejos de preparar a la población para el gran esfuerzo colectivo que con toda seguridad tendría que emprender para tener alguna posibilidad de recuperar el mucho terreno que se ha perdido, Kirchner eligió adormecerla como si creyera que, por ya haber protagonizado tantos desastres, el país mereciera un descanso prolongado.
Lo mismo que todos los nuevos presidentes de los tiempos últimos con la excepción parcial de Raúl Alfonsín, Kirchner carece de una base de sustentación partidaria firme, razón por la que se ha creído constreñido a tratar de “construir poder” buscando aliarse con extrapartidarios que, por su parte, quieren aprovechar en beneficio propio la imagen pública positiva del mandatario flamante. Puede que sea comprensible la voluntad de un presidente sin estructuras partidarias fuertes que lo apoyan de privilegiar de esta manera la política menor, pero es de prever que los logros sean pasajeros y que las enemistades creadas resulten ser más duraderas de lo que quisiera suponer. Igualmente costosa le será su decisión de enfrentarse con los empresarios sin procurar discriminar entre los “buenos” y “los malos”: de convencerse los inversores de que el gobierno de Kirchner les es hostil por considerarlos aves de rapiña sólo interesados en ganancias rápidas, no vendrán y la economía continuará retrocediendo, lo que sería una catástrofe sin atenuantes para casi todos los habitantes del país.
Antes de entrar en su fase final la campaña electoral, Kirchner era un político relativamente poco conocido. En la actualidad, es el hombre más popular del país, cambio que, desde luego, le gustaría atribuir a sus propias cualidades aunque en el fondo se debe a la necesidad imperiosa que sienten muchos de confiar en que por fin un presidente logre concretar las transformaciones precisas para que la Argentina vuelva a ser un país que realmente progrese. Pues bien: si Kirchner cae en la tentación de enamorarse de su propia imagen, resistiéndose a tomar cualquier medida que pudiera quitarle brillo, será el artífice de una nueva decepción. En cambio, si opta por impulsar el desarrollo económico, atacando a aquellos sectores que están decididos a obstruirlo, a pesar de irritar a muchos en el corto plazo podría ser el primer presidente en muchísimos años que al finalizar su gestión contara con el aprecio del grueso de sus conciudadanos.