Un buen ejemplo

La renuncia del líder conservador William Hague, tras la victoria de Blair, debería ser un ejemplo para la clase política argentina.

Por Redacción

Como era de prever, los neolaboristas del primer ministro Tony Blair triunfaron por un muy amplio margen en las elecciones generales que acaban de celebrarse en el Reino Unido. Lo que no había sido tan fácil de prever fue que William Hague, el líder del otro gran partido, el Conservador, renunciaría no bien difundidos los resultados, ni que sus correligionarios concordarían en que, además de renovar la conducción tendrían que modificar drásticamente sus propuestas. Aunque los políticos británicos tienen la costumbre de desplazar sin miramientos a los caciques que a su juicio han fracasado, pocos creen que Hague fuera el máximo responsable de la derrota conservadora, de suerte que muchos habían dado por descontado que se quedaría algunos meses, quizás algunos años, más, a la cabeza del partido que tiene derecho a ufanarse de haber sido el más exitoso de la Europa del siglo XX. Es de suponer que desde el punto de vista de casi todos los integrantes de nuestra «clase política» la actitud de Hague es pusilánime y la voluntad de tantos conservadores de debatir con seriedad su ideario a fin de adecuarlo a los tiempos que corren es incomprensible. ¿Porqué – se preguntarán los interesados en las vicisitudes electorales europeas -, no se proclamó Hague víctima de una siniestra campaña urdida por sus adversarios euroimperialistas, para entonces anunciar su intención de luchar hasta la última bala contra los traidores de su propio partido? En cuanto a la supuesta necesidad de renovar la plataforma partidaria para que sea menos nacionalista y menos hostil hacia la Unión Europea, abandonando así una tradición de muchos años, las eventuales ventajas de hacerlo les parecerían nulas porque, como es notorio, la mayoría de los británicos quisiera conservar la libra esterlina. Después de todo, si en los próximos años se produjera una crisis económica lo bastante grave como para preocupar a la ciudadanía, los conservadores podrían achacarla a la influencia nefasta del»modelo» europeo. Puede que algunos conservadores sí hayan pensado de este modo un tanto estrafalario, pero felizmente para sus compatriotas sólo se trata de una minoría. Lo mismo que el grueso de los laboristas, los conservadores entienden muy bien que la lealtad a dogmas anticuados es un veneno que tomado en dosis excesivas perjudicará no sólo a su propio partido sino también al país en su conjunto, de ahí el deseo de acompañar los cambios que se registren en la sociedad británica y en el mundo. Sin embargo, no es meramente una cuestión del pragmatismo propio de una cultura política cuyo desdén por las teorías abarcativas que pretenden explicar absolutamente todo la ha mantenido relativamente inmune a los totalitarismos que tanto han florecido en otras latitudes. También lo es del hecho de que los políticos británicos no suelen verse limitados por la maraña de obligaciones clientelistas que tantas dificultades ocasionan a sus equivalentes criollos. De tener la oportunidad, muchos políticos británicos no vacilarían un sólo minuto en repartir puestos clave entre sus familiares y compinches, en inventar sinecuras para ejércitos de ñoquis, en llenar de partidarios suyos a distintas reparticiones de la administración pública y así, largamente por el estilo. No pueden hacerlo porque la sociedad no lo toleraría. Por lo tanto, la caída de Hague o de cualquier otro jefe político, por eminente que fuera, no incidirá directamente en la vida de muchos otros -en tales ocasiones, sólo está en juego un puñado de puestos de trabajo y las consecuencias, si es que las hay, para aquellos empresarios que militaban en su entorno no serán muy grandes -lo cual les asegura la libertad precisa para pensar en serio acerca de los principales problemas locales o nacionales. Aquí, empero, todo líder político ha de tomar en cuenta los intereses bien concretos de una multitud de individuos que, naturalmente preocupados por lo que podría sucederles si cayera el jefe de su facción, harán lo posible por que se aferre con desesperación a lo ya «conquistado» y que trate por todos los medios de ampliarlo, razón por la cual la política argentina es en el fondo decididamente más conservadora de lo que es en el Reino Unido, supuestamente ultratradicionalista.