Un caso que sí da asco
Aunque habrá más trámites judiciales antes de archivarse el llamado “caso Noble Herrera”, ya no quedan motivos legítimos para seguir sospechando que Marcela y Felipe Noble Herrera sean hijos de madres desaparecidas. Puesto que Marcela nació en marzo de 1976 y Felipe un mes más tarde, es decir, justo cuando se ponía en marcha el aparato represivo del régimen militar, las conjeturas en tal sentido siempre fueron aventuradas, pero por motivos políticos funcionarios y simpatizantes del gobierno kirchnerista, además, por desgracia, de integrantes de las Abuelas de Plaza de Mayo, insistieron en acusar a Ernestina Herrera de Noble de haberse apropiado de “bebés robados”. De tratarse de otra persona, pronto se hubieran dado cuenta de que era cuestión de un rumor malicioso, pero estaban tan resueltos a desprestigiar al matutino porteño “Clarín” –el que de tomarse en serio las afirmaciones del fallecido presidente Néstor Kirchner, su viuda, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, y sus voceros más locuaces encabeza la oposición al “proyecto nacional y popular”– que sin vacilar se prestaron a una campaña de difamación inenarrablemente vil. Pues bien, una vez más los exámenes genéticos ordenados por la Justicia han mostrado que los hijos adoptivos de la directora de “Clarín” no están relacionados con personas que fueron secuestradas en 1975 –cuando los terroristas montoneros y de otras bandas parecidas estaban tan activos como la Triple A peronista y los militares– o en 1976, por si se hubieran falsificado las fechas de nacimiento de los dos. Según “Clarín”, pudo haberse resuelto el caso hace por lo menos ocho años, ya que los hermanos propusieron que se les hiciera una prueba genética, pero quienes aprovechaban el asunto no lo querían. Que las Abuelas de Plaza de Mayo y familiares de mujeres embarazadas que fueron secuestradas en vísperas del golpe militar del 24 de marzo de 1976 o poco después se hayan aferrado a la idea de que Ernestina Herrera de Noble había adoptado hijos de desaparecidos puede entenderse: están tan acostumbrados a ser engañados por las autoridades que se resisten a abandonar sus sospechas aun cuando parezca evidente que éstas se basan en nada más que prejuicios. En cambio, no pueden perdonarse los esfuerzos de políticos, incluyéndose a la mismísima presidenta de la Nación, figuras públicas como el jefe de la CGT, Hugo Moyano, y una multitud de militantes inescrupulosos, por tratar de hacer pensar que, además de negarse a seguir apoyando al gobierno kirchnerista, “Clarín” había estado tan comprometido con la dictadura militar que la directora se benefició de la violación sistemática de los derechos humanos para conseguir bebés nacidos en cautiverio. No es exactamente común que el gobierno de un país democrático se ensañe tanto con un grupo mediático que no deja pasar ninguna oportunidad para calificarlo de “mentiroso” y de colaborar con hipotéticas facciones golpistas, ya que en otras partes del mundo los políticos prefieren guardar las apariencias por entender que no les convendría brindar la impresión de ser contrarios a la libertad de expresión. Así y todo, es innegable que la presidenta Cristina y otros voceros gubernamentales tienen derecho a responder a periodistas si creen que vale la pena hacerlo. Pero el gobierno kirchnerista no se ha limitado a atacar al grupo “Clarín” con palabras furibundas. También ha aprovechado su poder político para dañarlo económicamente, cruzando de tal modo la línea que separa lo legítimo de lo que es francamente inaceptable en una sociedad democrática. Más abyecto todavía, empero, ha sido el intento oficial de destruir por completo no sólo a un grupo mediático que no le gusta sino también a la directora de “Clarín” y sus dos hijos; desde hace años, los Noble Herrera son blanco de una vendetta despiadada, una manifestación de odio que, además de producir vergüenza ajena, ha de ser motivo de viva preocupación ya que refleja actitudes que eran comunes en una etapa de la historia del país en que muchos despreciaban tanto a quienes no compartían sus ideas que los condenaban a muerte. Si bien mucho ha cambiado a partir de entonces, aún quedan algunos individuos que según parece se enorgullecen de su capacidad para odiar: entre ellos se encuentran muchos, demasiados, que están vinculados de un modo u otro con el gobierno actual.