Un episodio aleccionador

Por Redacción

En teoría se trataba de una iniciativa promisoria, ya que no cabe duda de que al país le convendría exportar productos industriales a mercados no tradicionales en África, pero, como pronto se haría evidente, la expedición a Angola que hace dos años organizó el entonces secretario de Comercio Interior Guillermo Moreno resultó ser una farsa. Además de tratar de interesar a los angoleños en medias que llevaban la consigna “Clarín miente” y otros artículos procedentes de la feria de La Salada que, según integrantes de la comitiva encabezada por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner que viajó a la satrapía del presidente vitalicio José Eduardo Dos Santos, era nuestro polo fabril más pujante, Moreno les ofreció la oportunidad de comprar cosechadoras netamente criollas. Dejó una en Angola para que los granjeros locales se familiarizaran con ella pero, por desgracia, no funcionó; en palabras del responsable de la carrocería, “era casi de cartón, un mazacote que se terminó de romper ahí”. Tampoco funcionaría por mucho tiempo más Grandes Máquinas, la empresa entrerriana que la había fabricado; la semana pasada quebró en medio de denuncias de deudas cuantiosas y acusaciones de fraude. Según se informa, sólo llegó a ensamblar la unidad que, luego de ser presentada en la Casa Rosada, fue “exportada” a nuestro nuevo socio comercial africano. Por motivos comprensibles, el vocero oficial más locuaz, Jorge Capitanich, se ha sentido sumamente molesto por la difusión de la caída en bancarrota de la empresa estrella de la inolvidable expedición a Angola de Cristina, Moreno y un conjunto de aplaudidores. En opinión del jefe de Gabinete, los medios deberían limitarse a subrayar que el año pasado “se fabricaron 920 cosechadoras, 3.700 tractores y 2.549 sembradoras” en el país. Con todo, aunque nadie ignora que aún contamos con algunas empresas viables, los éxitos que les atribuye el chaqueño no sólo son menos pintorescos que los episodios protagonizados por Cristina en Angola sino también menos instructivos. Es innegable que en el país hay sectores que procuran mantenerse a la altura de sus equivalentes de otras latitudes, pero sus esfuerzos se ven obstaculizados por políticos y funcionarios improvisados que no tienen la más mínima idea de lo que deberían hacer para ayudarlos a exportar sus productos. Es de suponer que Moreno imaginaba que, por ser Angola un país asombrosamente corrupto –en el ranking de Transparencia Internacional suele superar a Venezuela en dicho ámbito–, valdría la pena pasar por alto lo de los derechos humanos y otros detalles inconvenientes para consolidar una “alianza estratégica” pero, si bien la presencia de Cristina motivó cierta curiosidad entre los angoleños que se habrán sentido conmovidos por sus alusiones a la “especie de reencuentro con mi juventud” que experimentó en un país que –dijo– comparte con la Argentina un compromiso firme con “los valores insustituibles de la democracia”, la verdad es que la visita presidencial no sirvió para nada más. El fracaso previsible del intento de estrechar lazos con un país africano se debió al amateurismo de los funcionarios “militantes” y los oportunistas inexpertos que desde mayo del 2003 han colonizado la Cancillería, el Ministerio de Economía y otras reparticiones del gobierno nacional y popular. También hicieron un aporte importante al bochornoso espectáculo que nos brindaron los expedicionarios aquellos empresarios cortesanos, comenzando con los de La Salada, que tanto han prosperado en el marco del “capitalismo de los amigos” que ha sido propio de la gestión kirchnerista. Gracias a los precios insólitamente altos de commodities como la soja, posibilitados por la irrupción de China en los mercados comerciales del mundo, durante mucho tiempo el gobierno pudo despilfarrar recursos tangibles o, en el caso del prestigio nacional, intangibles, con impunidad casi absoluta. Parecería que la presidenta y algunos funcionarios entienden que de ahora en adelante tendrán que actuar con mayor seriedad que en los días felices en que trataban de vender cosechadoras truchas a los angoleños, de ahí los recientes esfuerzos por manejar la maltrecha economía nacional con cierto realismo, pero ya es demasiado tarde para hacer mucho más que intentar finalizar su gestión sin provocar nuevos desastres.

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