Un fuerte retroceso del Estado que se tranforma en abandono, miedo y muerte

Por Redacción

Las políticas públicas se definen normalmente en base a pocas variables. La principal es el proyecto político que pretende llevar a cabo el gobierno de turno, también el presupuesto con que cuenta (que es parte de ese proyecto político por cómo se establecen las prioridades) y por último la capacidad de concretar esas políticas con los recursos con que se cuenta, ya no sólo lo material, sino también, y sobre todo, el recurso humano. En este caso, lograr el compromiso del empleado público con esa idea es fundamental para que sea exitosa.

En cuanto a las políticas públicas para niñez, infancia y adolescencia es imposible soslayar el retroceso de los últimos años, todas las personas que trabajan socialmente en los barrios, sea desde un dispositivo del Estado o desde una ONG, han sufrido algún grado de retroceso estatal en los últimos años.

Si bien se ha mantenido por ahora la cantidad de planes sociales con el evidente objetivo de evitar la reacción popular a las precarias condiciones actuales de vida, se ha vaciado el trabajo en territorio, desarmando dispositivos como el Programa País, o la Casa Educativa Terapéutica de Sedronar entre tantos otros, pero también abandonando a las ONG que cubrían parte de esas urgencias en los barrios, que ahora sin apoyo estatal (fondos) languidecen gestionando pequeños aportes privados que determinan un importante deterioro cualitativo y cuantitativo de sus trabajos sociales.

Aceptamos vivir en un país que consume prácticamente toda su agenda pública hablando de Lebacs, dólar, deuda externa, FMI, ajuste. Que pide mano dura, más república y Estado de derecho, jamás anteponiendo que los primeros derechos que debe asegurar el Estado en una verdadera república son los básicos. Con pibitos buscando comida en los basureros, sin una oferta real para la mitad de los jóvenes que no completan la secundaria, el mensaje que reciben es claro: “No damos valor a sus vidas”.

Asumirán así que la vida vale poco, la propia y la ajena. Esa terrible sentencia los atrapa en una espiral de violencia, que empeoran la discriminación y el gatillo fácil.

La desocupación promovida desde el sistema destruye la familia, de ahí a sobrevivir en la calle con todas las consecuencias que ello implica hay un paso, ese paso al vacío que venimos dando como sociedad desde hace mucho pero que aceleramos en los últimos años. La consecuencia inevitable es más miedo, menos futuro, más muerte.

*Docente, exdirector de Sedronar en Bariloche y coordinador de Fundación San José Obrero


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