Un gobierno enfermo

Por Redacción

Con frecuencia excesiva, los integrantes más importantes del gobierno, personajes como el jefe de Gabinete nominal Jorge Capitanich, el ministro de Economía, Axel Kicillof, y el según parece incombustible ministro de Planificación, Julio De Vido, nos recuerdan que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner toma todas las decisiones importantes. El gobierno nacional, pues, debería ser un dechado de coherencia, ya que una sola persona manda. ¿Lo es? Claro que no. Por el contrario, pocos días transcurren sin que haya lo que se ha dado en llamar cortocircuitos. Es lo que sucedió con aquellos tomates brasileños y, desde luego, con la reforma del “impuesto a los ricos”, o sea, Bienes Personales, que fue anunciada por el jefe de la AFIP, Ricardo Echegaray y que, dicen, tenía el aval entusiasta de la presidenta hasta que se dio cuenta de que, además de provocar una rebelión fiscal de proporciones inéditas, el aumento drástico de la presión impositiva significaría que, en términos contables, su propio patrimonio se multiplicara más de veinte veces. El espectáculo brindado últimamente por los kirchneristas ha tenido una consecuencia positiva. Gracias a él, todos los políticos, con la eventual excepción de los oficialistas más obsecuentes, entienden que el país se ve frente a una crisis sumamente grave y que, tal y como está constituido, el gobierno no estará en condiciones de amortiguar su impacto. Luego de haber confiado ciegamente en que los dos años finales de la gestión de Cristina pasarían sin altibajos abruptos, los preocupados por el futuro del país se sienten obligados a considerar la posibilidad de que al “modelo” no le aguarde un aterrizaje suave sino uno catastrófico y que por lo tanto les convendría prepararse. Será por este motivo que los presuntos presidenciables peronistas, en especial el gobernador bonaerense Daniel Scioli y su rival interno, el diputado Sergio Massa, están aprovechando las vacaciones de enero para hacer campaña. Aun cuando el tigrense afirme una y otra vez que a su juicio sería absurdamente prematuro pensar en las próximas elecciones que, conforme al calendario constitucional, deberían celebrarse en octubre del año que viene, se ha difundido la sensación de que los tiempos políticos se han acelerado. El nerviosismo que tantos sienten se justifica. A menos que la gestión oficial mejore muy pronto, no habrá forma de impedir que el país choque frontalmente contra la dura realidad económica. Los números asustan. Las reservas siguen evaporándose, la inflación cobra más fuerza, los ingresos de casi todos propenden a caer, el régimen de subsidios ya es insostenible y los precios internacionales de los granos que exportamos tienden a reducirse al agotarse el prolongado “superciclo” de los commodities. Esta situación nada reconfortante se debe más que nada al compromiso emotivo de Cristina con un esquema voluntarista que no podría funcionar a menos que el “viento de cola” se transformara en un huracán benigno, pero nunca hubo la menor posibilidad de que el resto del mundo se las arreglara para suministrarle a la presidenta la cantidad de recursos que necesitaría para seguir avanzando por el rumbo que se había fijado. En ocasiones, un gobierno se ve constreñido a ajustar porque la coyuntura internacional ha cambiado de manera totalmente imprevisible. En otras, tiene que hacerlo debido a su propia irresponsabilidad. No cabe duda de que el gobierno de Cristina es el artífice exclusivo de la crisis que tanto desconcierto ha sembrado en sus filas. De haber manejado la economía con mayor realismo la presidenta y sus esforzados militantes, no estarían tratando de adaptarse a las circunstancias sin tomar medidas políticamente costosas. Se han apropiado de más recursos financieros, muchos más, que cualquier otro grupo gobernante de la historia nacional, pero en vez de invertirlos con un mínimo de inteligencia optaron por despilfarrarlos de forma tan manirrota que ya queda muy poco para gastar. Aun cuando el gobierno logre recuperarse de la virtual parálisis en que se sumió al tener que internarse Cristina luego de sufrir un golpe en la cabeza, los casi dos años que nos separan de diciembre del 2015 serán con toda seguridad tumultuosos; si no lo logra, el país entero se verá contagiado por el mal que lo ha mantenido postrado durante meses.


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