Un gran daño

El gobierno está persuadido de que el gremio está perdiendo la pulseada y que la adhesión al paro es sólo del 7%.

Redacción

Por Redacción





HÉCTOR MAURIÑO vasco@rionegro.com.ar

Ya se han acumulado más de 30 días sin clases por el paro de ATEN y mañana habrán transcurrido 50, desde el 25 de febrero, la fecha en que debía comenzar el ciclo lectivo, sin que haya ninguna señal que permita inferir que los chicos neuquinos –el sujeto de la tan mentada educación pública– podrán empezar a recibir conocimientos y recuperar el tiempo perdido. Al hecho incontrastable de que los principales perjudicados son los niños se agrega la sospecha latente de que, entre todos los pequeños, las principales víctimas de este estado de cosas son aquellos de familias con menos recursos. No es difícil inferirlo si se tiene en cuenta el crecimiento sostenido que ha tenido en la última década –en la que se perdió un ciclo lectivo completo por los conflictos– la matrícula de los colegios privados, que sólo los sectores medios y altos pueden permitirse. Si a esto se agrega que son justamente los sectores más vulnerables los que menos posibilidades tienen de valorar cabalmente la importancia decisiva de la educación –entre otras cosas porque no la conocen del todo–, y desde luego cuentan con menor poder de presión sobre los centros de decisión, es fácil concluir que una parte considerable, si no la mayoría de los perjudicados por la falta de clases, son chicos que provienen de los sectores más sumergidos. Llama la atención que algunos observadores bienintencionados se sorprendan por el hecho de que los niños de esta extracción no valoren demasiado la educación y terminen su adolescencia en la calle y no en la escuela; en un limbo que bordea las adicciones y el delito. Pero ¿cómo habrían de valorarla si apenas la conocen y justamente aquellos que deberían estimularlos desde pequeños no lo hacen del todo, acaso porque ellos mismos no tienen cabal conciencia de los efectos de sus actos? En este cuadro se da la patética paradoja de que la educación pública, considerada por todos el mayor “igualador” social de la democracia, se está convirtiendo en un factor muy importante de desigualdad. Desde luego que nadie estaría dispuesto a admitir esto último, ni los supercombativos gremialistas del sector docente que se precian de defender “la “educación pública” y “el interés superior del niño” ni mucho menos el gobierno, responsable último de asegurar ese factor igualador de oportunidades sociales que es la educación. Pero a despecho de que nadie está dispuesto a admitir el daño social que causa, ese daño se sigue causando sin que nadie atine a ponerle remedio. Y de esta forma se verifica un círculo vicioso que garantiza la desigualdad de los sectores más bajos. Una sociedad estratificada se afianza en cada uno de los pasos de esta cadena de injusticias. Así, por ejemplo, la enseñanza primaria, que es decisiva para todos los demás pasos de la educación, es confiada a aquellos sobre los que se hacen menores esfuerzos en materia de capacitación y quienes reciben menor retribución entre sus pares. Desde luego, esto es en primer lugar responsabilidad del Estado –en todos sus estamentos y no sólo el Ejecutivo–, que debería garantizar posibilidades de una más sólida formación para los maestros de grado, jerarquizando la función y, consecuentemente, otorgándole mejores retribuciones. Pero también lo que ocurre es consecuencia de la miopía gremial, que defiende corporativamente a su sector sin reparar que entre sus representados hay quienes cobran buenos o regulares sueldos mientras la gran mayoría de los maestros de primaria orilla la pobreza. Sorprende además el fundamentalismo con que se toman, de un lado y de otro, algunas decisiones. Entre el paro por tiempo indeterminado presentado en dosis de tres en tres días, por un lado y el “no hay plata” por el otro. ¿No hay nada en el medio que pueda ayudar a resolver este grave problema social? En el gobierno están persuadidos de que el gremio está perdiendo la pulseada. Aseguran que la adhesión al paro es de sólo el 6 ó el 7% y que de los 200.000 alumnos que hay en Neuquén sólo unos 14.000, aproximadamente el 7%, están sin clases. “Los gremialistas han fracasado en la huelga”, se escuchó decir muy cerca de Sapag. Respecto de los descuentos, afirman que totalizaron 4 millones de pesos en febrero y otro tanto en marzo y que ya están en marcha las sanciones a los directores que se negaron a informar sobre la adhesión a los paros. Agregan que son ellos los responsables de los “errores parciales” cometidos en algunos casos, que obligaron a restituir los montos descontados. Reafirman también que están en marcha los sumarios a varios docentes que fueron identificados cuando participaban en los cortes de ruta. “Son empleados públicos, si hacen un daño al Estado, ponen en riesgo su propia estabilidad”, dijo la fuente. Según el gobierno, los sondeos de opinión revelan que una mayoría pone la responsabilidad de lo que está sucediendo en el gremio. “Entre los consultados, el porcentaje más alto dice que el paro es irracional y los cortes más aún. La gente ya no cree que la provincia tenga los recursos que exige el gremio y no quiere que se devuelvan los días de huelga”, resumió el vocero. En ATEN, en tanto, algunos sectores admiten que a la conducción el conflicto se le está yendo de las manos. Afirman que el sector que surgió en Senillosa –primero en cortar la Ruta 22– “está fuera de control” y claman por encontrar una salida que luzca como concertada y no como una derrota. Hay algo que todos, gremio y gobierno, seguramente quieren evitar y es la posibilidad de que un hecho impensado, imprevisto, algo que nadie quisiera que ocurra, efectivamente suceda. Hay algo terrible con las decisiones fundamentalistas, en esa ciencia de las relaciones humanas que es la política, frecuentemente, todo suele ser nada y lo mejor, enemigo de lo bueno.


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