Un mundo vulnerable

editorial

Por Redacción

Aunque pocos negarían que los atentados en Nueva York y Washington fueron a la vez espectaculares y atroces, distan de haber sido los peores actos de lesa humanidad de los años últimos. En términos numéricos, fueron más terribles las masacres perpetradas en Ruanda y los Balcanes. Asimismo, muchas ciudades -en la Argentina, Rusia, Israel, el mundo árabe, España y el Reino Unido- también han sufrido atentados, si bien en escala menor. Sin embargo, ninguno provocó una reacción -días de duelo sincero en un centenar de países, preparativos bélicos masivos- que fuera remotamente comparable con la causada por la destrucción de las Torres Gemelas y una parte del Pentágono. Muchos estarán preguntándose por qué. ¿Será por el poder envolvente de los medios de comunicación, porque en un mundo «globalizado» todos, hasta los contestatarios más rabiosos, se han acostumbrado a compartir los sentimientos de los norteamericanos, porque la vida de un ciudadano del «imperio» importa más que la de un argentino, europeo, japonés, ruandés, árabe o israelí? ¿A fin de congraciarse con Estados Unidos? Puede que tales factores hayan incidido en la reacción generalizada, pero también ha pesado la conciencia de que, bien que mal, Estados Unidos constituye el eje en torno del cual gira todo el sistema internacional y que si llegara a derrumbarse como las Torres Gemelas, las consecuencias para casi todos serían sin duda nefastas. Por la misma razón que el «magnicidio» de un monarca -o, en la actualidad, hasta de un dictador despreciable- suele ocasionar grandes manifestaciones de dolor público, mientras que el asesinato de una persona menos eminente será considerado un asunto privado, la matanza que hace pocos días se produjo en Estados Unidos pareció marcar el fin de un orden y el inicio de otro que muchos prevén será peor.

A diferencia de tantos atentados terroristas recientes, los cometidos en Estados Unidos nos obligaron a hacer frente a nuestra extrema vulnerabilidad en un mundo en el que abundan los resueltos a sembrar la muerte en nombre de aspiraciones que a menudo nos son totalmente ajenas. Si la superpotencia no estaba en condiciones de proteger a sus edificios más emblemáticos, se dicen, ¿cuál otro país puede sentirse seguro? En cierto modo, tales planteos son irracionales: como es notorio, las medidas de seguridad habituales en el territorio norteamericano son llamativamente laxas en comparación con las rutinarias en Europa, para no hablar de Israel: antes del 11 de setiembre, era tan fácil tomar un vuelo de cabotaje en Estados Unidos como lo era subir a un micro en una ciudad argentina. Con todo, la idea de que los norteamericanos, por ser ciudadanos de la única superpotencia militar y por disponer de una gama extraordinaria de medios de vigilancia de alta tecnología, deberían estar inmunes a ataques terroristas planeados en lugares tan pobres y primitivos como Afganistán, estuvo muy difundida y contribuyó a asegurar a los demás, sin excluir a los enemigos de Estados Unidos, de que el mundo en su conjunto dejaba atrás la anarquía feroz de otros tiempos.

Esta sensación tranquilizadora se ha visto debilitada. Evidentes ya las grietas en la armadura norteamericana, muchos han señalado que los próximos atentados, se produzcan en Estados Unidos o en otros países, podrían resultar decididamente más mortíferos por suponer el uso de bombas biológicas y hasta nucleares. El ataque contra la superpotencia reinante ha servido para advertirnos sobre la presencia de peligros que ante la mayoría preferiría minimizar porque, al fin y al cabo, todo sería mucho más agradable si no existieran fuera de la imaginación de los productores de Hollywood o de los autores de novelas. Así las cosas, podría ser que, por escalofriantes que hayan sido los atentados, cuanto antes se concretara una ofensiva terrorista de gran magnitud mejor sería para los demás que, si bien tardíamente, se han sentido constreñidos a movilizarse contra grupos que en pocos años más contarían con medios mucho más letales que los supuestos por los aviones de línea que se estrellaron contra blancos cuidadosamente elegidos y que, por no temer ellos mismos a la muerte, no vacilarían en emplear.