Un país moderado
Pese a la sensación de parálisis difundida en el país, están produciéndose modificaciones importantes en la conciencia colectiva nacional.
Aún estamos lejos de encontrar una «salida» a la crisis económica en la que el país se precipitó al agotarse el período de expansión que siguió a la puesta en marcha del plan de convertibilidad, pero a pesar de la sensación de parálisis que se ha difundido, están produciéndose algunas modificaciones importantes en lo que podría llamarse la conciencia colectiva nacional. Si bien «los políticos», de los cuales la mayoría parece resuelta a continuar interpretando la realidad a través de lentes anticuados, no han querido darse por enterados, sectores cada vez más amplios de la población están adaptándose a las nuevas realidades. Puede que a juicio de legisladores, economistas profesionales y otros sus puntos de vista sean ingenuos cuando insisten en aferrarse a la convertibilidad, tratan de refugiarse en el dólar por si acaso, votan en blanco con el propósito de repudiar a toda la «clase política» sin por eso dejar de reclamar «cambios», pero la combinación de conservadurismo en cuanto a las finanzas personales e impaciencia ante la vaciedad política refleja actitudes que son mucho más «modernas» que aquellas que suelen reivindicar «los dirigentes».
Lo que es más importante aún es que hasta ahora muy pocos han manifestado interés por los planteos extremistas: ni siquiera los intelectuales más optimistas creen que la buena elección de «la izquierda» en la Capital Federal fuera mucho más que un síntoma del desprecio que tantos sienten por las demás corrientes. Dadas las circunstancias, la moderación de la cual sigue haciendo gala el grueso de la ciudadanía es sorprendente. En la mayoría de los países se da por descontado que los vendedores de recetas contundentes sabrán hacer su agosto en épocas signadas por la tensión social, la depauperación de una franja significante y la falta de perspectivas evidentes. Sin embargo, no se han producido señales de que esté por irrumpir una versión local del venezolano Hugo Chávez -el intento de reciclar a los «carapintadas» en políticos populares fracasó hace tiempo-, los diversos movimientos comprometidos con la protesta violenta, como los organizados por los piqueteros, se han autolimitado, conformándose con modalidades que pese a ser molestas ya se han hecho rutinarias, y el terrorismo sigue siendo un fenómeno ajeno. No se puede atribuir la tranquilidad así supuesta a la astucia de políticos que se han acostumbrado a exigir «cambios» tan espectaculares como imprecisos, porque a esta altura muy pocos los creen en condiciones de llevar a cabo un programa que fuera lo bastante drástico como para concretarlos.
Claro, dicha mesura, de la que los resultados de las elecciones recientes fueron una manifestación más, admite varias lecturas. Sería posible tomarla por un síntoma de resignación, de derrotismo o de escepticismo paralizante. También podría achacársela a cierta falta de compromiso con el futuro del país: algunos encontraron un vínculo oculto entre el voto en blanco y la evasión impositiva. Sin embargo, en vista de que no hay motivos para creer que servirían para mucho las distintas opciones populistas, neofascistas o «revolucionarias» que pudieran haber atraído a muchos en una etapa tan confusa y tensa como la actual, es legítimo suponer que la preferencia abrumadora por recetas acaso poco imaginativas significa que la mayoría entiende muy bien que el camino a seguir es el mismo que en su momento eligieron otros pueblos de cultura comparable con el español y el italiano y que por difíciles que sean los problemas coyunturales sería una pérdida de tiempo intentar cualquier otro. Estén en lo cierto o no los muchos que comparten esta forma de pensar, supone que una vez que la «clase política» acepte la necesidad urgente de tomar las medidas apropiadas y forzosamente dolorosas para que la Argentina pueda funcionar como un país capitalista «normal», la ciudadanía reaccionaría de manera muy positiva, aumentando así la posibilidad de que en cuanto se produzca la recuperación ésta resultará ser mucho más vigorosa de lo que sería el caso si buena parte de la población se aferrara a estrategias inspiradas en ideologías colectivistas, en el voluntarismo o en cosmovisiones religiosas que son incompatibles con la plena modernización.