Un pequeño pueblo que puja por conectarse al Alto Valle
Valle Azul está sobre la margen sur del río y cerca de Chichinales. Durante la década del 70 fue poblado por argelinos y franceses.Hoy tiene unos 1.000 habitantes que viven de la fruticultura.
VALLE AZUL (AVR).- Aún hoy existen lugares donde parece que el tiempo no transcurre con normalidad; donde la tranquilidad es uno de los mayores beneficios que exhiben los pobladores y donde todos se conocen y saludan.
Así es Valle Azul, el pequeño pueblo ubicado sobre la margen sur del río Negro, en un valle de aproximadamente 12 mil hectáreas, de las cuales alrededor de 2.500 están en producción frutícola.
Esta localidad tuvo en los primeros años del siglo pasado una importante explotación agrícola ganadera. Sin embargo, la falta de vías de comunicación ágiles con el floreciente crecimiento del Alto Valle rionegrino provocó su deterioro y caída. Por suerte, hace algunos pocos años atrás, comenzó a reinvertirse en esta zona. De esa época de esplendor quedan aún viejas edificaciones, en su gran mayoría abandonadas y maltratadas por el tiempo. Así se pueden ver antiguas bodegas, plantas procesadoras de tomates y algunos emprendimientos de galpones de empaque.
Hasta cerca de 1980, vivir en esta localidad distante tan solo a unos 20 kilómetros al sur de Chichinales, planteaba serias dificultadas. La falta de energía eléctrica era una de ellas, pero el principal problema era la falta de caminos que permitan el fácil acceso al Alto Valle, y con ello el traslado de la producción.
Pero como contrapartida Valle Azul fue una de las primeras zonas productivas en contar con un sistema de riego. En este sentido según indicaron viejos pobladores, ya en 1901 existía un sistema de canales que permitía el riego a las pocas chacras existentes, dado que en su mayorías las parcelas estaban dedicadas a la cría del ganado.
En esos primeros años sociedades belgas y francesas tenían explotaciones en la región, las que posteriormente fueron vendidas y subdivididas.
Las dificultades eran tales que para poder sacar la producción se tenían dos opciones. La primera recorrer más de 160 kilómetros por huellas para llegar hasta la balsa ubicada en Paso Córdoba en General Roca, la segunda era atravesar en botes y balsas precarias en un paso cercano a Valle Azul. «Pero cualquiera de las dos opciones siempre traía problemas -comentó un viejo poblador- porque quienes hacían tomates llegaban con los hollejos, o con la fruta muy golpeada» apuntó.
Sin embargo y a pesar de las dificultades, la zona productiva fue creciendo paulatinamente, y a su vez fue desapareciendo la cría del ganado.
Este crecimiento se produjo además a partir de la llegada de colonos argelinos y franceses, que se instalaron en la zona durante la década del 70. Sin embargo hoy solo quedan dos familias de franceses argelinos en esta localidad, y otras tantas de hijos de franceses.
En total 13 familias de franceses argelinos llegaron a Valle Azul a mediados de la década del 70. Su peregrinación había comenzado en 1971, cuando retornaron de la tierra argelina a Francia. El gobierno de ese país les ofreció un crédito la la radicación de emprendimientos productivos tanto en el territorio francés como fuera de él.
Así estas 13 familias en primer lugar probaron suerte en Formosa, pero el clima les jugó una mala pasada y con sus producciones inundadas buscaron un nuevo destino.
Por contactos supieron de la existencia de Valle Azul en la margen sur del río Negro, con un valle prometedor para el cultivo de frutales. Con sus tractores emprendieron el largo camino para llegar a las tierras rionegrinas.
Con la adquisición de parcelas de lo que fueron en su momento las estancias La China y La Julia, estos colonos subdividieron la tierra y crearon chacras de entre siete y ocho hectáreas.
Sin embargo también aquí el duro clima patagónico les jugó en contra, heladas, pedreas, sumado a los malos estados de los caminos provocaron la nueva emigración de aquellos colonos. Hoy solo dos familias viven en este lugar, los Piller y Labarriere, en tanto que la familia Thurín, aún conserva la vieja casona de la estancia La China, que durante la década del 20 y parte del 30 fue ocupada por Natalio Botana, director del diario «Crítica». Hoy esta localidad cuenta con aproximadamente 1.000 habitantes, de los cuales alrededor de 800 viven en el casco urbano y los restantes en la zonas de chacras.
Durante los últimos años, Valle Azul tuvo un importante crecimiento y se afirma con un polo de desarrollo importante y alternativo para la expansión de tierras cultivadas. Tal es así que en los últimos dos años se hicieron inversiones de reconversión de plantaciones. Con la apertura de una nueva bocatoma que mejoró el sistema de riego el año pasado, hoy ya se cuentan con nuevas hectáreas plantadas.
En este sentido se estima que con mejoras en la sistematización de los canales, la zona productiva se podría llevar de las 2.500 hectáreas existentes hoy día a cerca de 10 mil en pocos años.
A esto se debe sumar la pronta apertura del puente que los unirá definitivamente con el Alto Valle.
Esta vía no sólo promete ser un camino para el paso de vehículos, sino para permitir la llegada de nuevas inversiones.
La casa de la estancia tiene su atractivo turístico
Esta zona, ubicada a unos 20 kilómetros al sur de Chichinales y a la que aún hoy se accede al cruzar el río en balsa, tiene sus propios atractivos turísticos. El principal es la casa que perteneció desde la década del 20 a Natalio Botana, quien fue director del diario Crítica.
Esta casa, que hoy es propiedad de la familia Thurín, se encuentra ubicada a pocos metros del casco urbano.
Ese fue el centro de una estancia que abarcó una gran extensión de tierra. Todavía se pueden ver viejas edificaciones de bodegas y plantas procesadoras de tomates, que estaban en los alrededores.
También contaba con ciertas excentricidades para la época y el lugar. Por ejemplo una pileta de natación que aún hoy conserva su estructura original. También casi perdida entre los pastos hay una cancha de pelota paleta. Según cuentan viejos pobladores de esta localidad, en los alrededores del casco de la estancia había corrales con faisanes, un pequeño lago que era navegable y que tenía un criadero de nutrias.
La casa por sí sola es un atractivo. Según se estima , fue levantada en los primeros años del siglo pasado y aún conserva los rasgos típicos de esas construcciones. Una entrada con aleros de rebuscadas formas de terminación, una alta torre, puertas de roble.
Este lugar fue el elegido por Natalio Botana para pasar algunas temporadas de esparcimiento. Según se cuenta, no fueron pocos los personajes importantes que pisaron este lugar, tanto políticos como pensadores.
Por otra parte la costa del río ofrece un lugar ideal para pasar un día de esparcimiento. Además, a pocos metros del casco urbano un pequeño lugar se ofrece para aquellos que quieran pasar el día. Hay parrilleras instaladas y abundante sombra de acacias. (AVR)
Juan Coronel, 65 años de historias en el lugar
Juan Coronel cuenta con un privilegio dentro de los pobladores de esta localidad, es uno de los más viejos no sólo por edad, sino por antigüedad que tiene viviendo en esta zona.
Conoció a Natalio Botana, y a los distintos propietarios que tuvo la estancia La China, vivió el esplendor y la decadencia de este lugar. Comenzó como «boyerito» y llegó a ser capataz de la estancia.
Hoy con 84 años, recuerda aquellos años sentado en el patio de su casa ubicada a pocos metros de lo que fue el casco de la estancia La China. Allí vive desde hace 65 años.
«Mi primer recuerdo de Valle Azul es de 1920, yo tenía cuatro años y vinimos con mi madre a este lugar. Llegamos a la estancia y ahí nos recibieron. Recuerdo que comimos en ese lugar, trajeron una olla grande de las que todos ser servían» relata este viejo poblador.
Luego su madre alquiló un campo hasta 1925, cuando López Cabanilla vendió su estancia a Natalio Botana, con quien luego comenzó a trabajar.
Sin embargo su tarea como «boyerito» comenzó años después en la estancia de Botana. Era el encargado de juntar la tropilla para que los peones salieran a recorrer el campo. Con lo años llegó a ser el capataz de la estancia.
Don Juan Coronel, relata que «luego de Botana vendió a Giménez que era de Chichinales. Yo a Botana le caí tan bien, que me enseñaban como tenía que hacer las cosas. Y desde esa época estoy acá».
Posteriormente la estancia pasó a manos de una familia de apellido Manzano, y en un intento de reconvertir de producción ganadera a frutícola, la vieja estancia perdió su brillo, hasta la llegada de los colonos argelinos, quienes compraron el sector.
Cuenta de aquella época que «los dueños me tenían tanta confianza que me dejaron como encargado de todo, hacía y deshacía, y después llevaba el parte diario al contador».
Sobre la llegada de los colonos argelinos contó que «llegaron con sus máquinas y querían tener todo, incluso a mí me querían comprar el campo. Hubo momentos de tensión, pero luego pasó todo».
Ahora luego de haber vivido años duros, espera la llegada del progreso de la mano del puente.
«Creo que va a ser bueno. Creo que va a ser bueno para Río Negro, con el tiempo esto va a seguir creciendo y va a ser muy importante». (AVR)
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