Un pueblo ultraconservador

Redacción

Por Redacción

De tomarse en serio ciertas declaraciones de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y de otros voceros oficiales, integrantes del gobierno nacional se las han arreglado para convencerse de que una proporción nada desdeñable de la ciudadanía es “ultraconservadora”, está dispuesta a dejarse manipular por “trogloditas” de la derecha extrema y, por lo tanto, sueña con la restauración de un régimen como aquel que “destruyó la Argentina”, razón por la que centenares de miles de personas se sumaron a las gigantescas manifestaciones callejeras de la semana pasada. Así, pues, parecería que a juicio de la presidenta y sus colaboradores es propio de “ultraconservadores” oponerse a la corrupción endémica, sentirse preocupados por la delincuencia –nada más que una “sensación”, según la ministra de Seguridad, Nilda Garré–, preferir que las estadísticas del Indec se ajustaran a la realidad, ya que nadie ignora que la inflación “de supermercado” está erosionando los ingresos, y pedirles a la presidenta y a sus allegados respetar la Justicia y la Constitución. En cambio, sería “progresista” tolerar la corrupción, soportar con estoicismo el crimen que, claro está, es un producto inevitable de la desigualdad social de suerte que las víctimas auténticas son los delincuentes mismos, no los asesinados; reconocer que el país dibujado por el Indec es muy superior a la versión registrada por las consultoras privadas y entender que tanto la Justicia como la Constitución son entelequias reaccionarias burguesas que deberían eliminarse. Conforme a las pautas tradicionales, virtualmente todos los reclamos y las consignas de quienes participaron del gigantesco cacerolazo del 8N podrían considerarse de centroizquierda, pero parecería que los kirchneristas viven en un universo alternativo en el que los únicos reacios a rendirles pleitesía son neandertales de opiniones grotescamente anticuadas. Asimismo, aunque es factible que hubiera algunos “ultraconservadores” en la multitud que llenó las calles de Capital Federal y de otras ciudades a lo ancho y a lo largo del país, sucede que también los hay entre los funcionarios reciclables que por ahora militan en el kirchnerismo y que mañana se pondrán al servicio, haciendo gala de un grado de fervor parecido, de otro gobierno de signo radicalmente distinto. Por lo demás, sería difícil concebir un esquema político más conservador que el orden caudillista, autoritario y resueltamente contrario a cualquier atisbo de federalismo cuya representante actual es Cristina. Pues bien: en América Latina es desde hace un siglo rutinario que los líderes de gobiernos netamente conservadores, como los del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano, hablen con fluidez el lenguaje de la izquierda europea, lo que, huelga decirlo, no les impide actuar como los derechistas que efectivamente son. De este modo, se aseguran el apoyo de sectores “progresistas” ingenuos sin por eso sentirse obligados a respetar los principios que reivindican. Un ejemplo célebre de este género tan lamentable es el régimen “bolivariano” del caudillo venezolano Hugo Chávez que, so pretexto de ser un antiimperialista, no ha vacilado en hacer causa común con regímenes tan retardatarios como los de los teócratas iraníes y del comunismo dinástico de Corea del Norte. Otro ejemplo, por desgracia, es el gobierno encabezado por Cristina que, según parece, quisiera que la Argentina regresara a la primera mitad de la década de los setenta del siglo pasado y que, para colmo, se ha comprometido con un modelo inflacionario que para funcionar depende casi por completo de los ingresos provistos por las exportaciones agrícolas. A diferencia de los gobiernos de países vecinos como Brasil, el kirchnerista no ha sabido aprovechar las enormes ventajas que nos ha supuesto el boom de los commodities para mejorar de forma permanente las condiciones de vida de los millones de pobres “estructurales”. Por el contrario, se ha aferrado al clientelismo, una modalidad que no es progresista en absoluto. Sin embargo, lejos de intentar reemplazar la ayuda social politizada por un sistema apolítico, como los existentes en Europa occidental e incluso en Estados Unidos, los kirchneristas han optado por conservar el orden tradicional por entender que lo necesitan para afianzar su poder.


De tomarse en serio ciertas declaraciones de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y de otros voceros oficiales, integrantes del gobierno nacional se las han arreglado para convencerse de que una proporción nada desdeñable de la ciudadanía es “ultraconservadora”, está dispuesta a dejarse manipular por “trogloditas” de la derecha extrema y, por lo tanto, sueña con la restauración de un régimen como aquel que “destruyó la Argentina”, razón por la que centenares de miles de personas se sumaron a las gigantescas manifestaciones callejeras de la semana pasada. Así, pues, parecería que a juicio de la presidenta y sus colaboradores es propio de “ultraconservadores” oponerse a la corrupción endémica, sentirse preocupados por la delincuencia –nada más que una “sensación”, según la ministra de Seguridad, Nilda Garré–, preferir que las estadísticas del Indec se ajustaran a la realidad, ya que nadie ignora que la inflación “de supermercado” está erosionando los ingresos, y pedirles a la presidenta y a sus allegados respetar la Justicia y la Constitución. En cambio, sería “progresista” tolerar la corrupción, soportar con estoicismo el crimen que, claro está, es un producto inevitable de la desigualdad social de suerte que las víctimas auténticas son los delincuentes mismos, no los asesinados; reconocer que el país dibujado por el Indec es muy superior a la versión registrada por las consultoras privadas y entender que tanto la Justicia como la Constitución son entelequias reaccionarias burguesas que deberían eliminarse. Conforme a las pautas tradicionales, virtualmente todos los reclamos y las consignas de quienes participaron del gigantesco cacerolazo del 8N podrían considerarse de centroizquierda, pero parecería que los kirchneristas viven en un universo alternativo en el que los únicos reacios a rendirles pleitesía son neandertales de opiniones grotescamente anticuadas. Asimismo, aunque es factible que hubiera algunos “ultraconservadores” en la multitud que llenó las calles de Capital Federal y de otras ciudades a lo ancho y a lo largo del país, sucede que también los hay entre los funcionarios reciclables que por ahora militan en el kirchnerismo y que mañana se pondrán al servicio, haciendo gala de un grado de fervor parecido, de otro gobierno de signo radicalmente distinto. Por lo demás, sería difícil concebir un esquema político más conservador que el orden caudillista, autoritario y resueltamente contrario a cualquier atisbo de federalismo cuya representante actual es Cristina. Pues bien: en América Latina es desde hace un siglo rutinario que los líderes de gobiernos netamente conservadores, como los del Partido Revolucionario Institucional (PRI) mexicano, hablen con fluidez el lenguaje de la izquierda europea, lo que, huelga decirlo, no les impide actuar como los derechistas que efectivamente son. De este modo, se aseguran el apoyo de sectores “progresistas” ingenuos sin por eso sentirse obligados a respetar los principios que reivindican. Un ejemplo célebre de este género tan lamentable es el régimen “bolivariano” del caudillo venezolano Hugo Chávez que, so pretexto de ser un antiimperialista, no ha vacilado en hacer causa común con regímenes tan retardatarios como los de los teócratas iraníes y del comunismo dinástico de Corea del Norte. Otro ejemplo, por desgracia, es el gobierno encabezado por Cristina que, según parece, quisiera que la Argentina regresara a la primera mitad de la década de los setenta del siglo pasado y que, para colmo, se ha comprometido con un modelo inflacionario que para funcionar depende casi por completo de los ingresos provistos por las exportaciones agrícolas. A diferencia de los gobiernos de países vecinos como Brasil, el kirchnerista no ha sabido aprovechar las enormes ventajas que nos ha supuesto el boom de los commodities para mejorar de forma permanente las condiciones de vida de los millones de pobres “estructurales”. Por el contrario, se ha aferrado al clientelismo, una modalidad que no es progresista en absoluto. Sin embargo, lejos de intentar reemplazar la ayuda social politizada por un sistema apolítico, como los existentes en Europa occidental e incluso en Estados Unidos, los kirchneristas han optado por conservar el orden tradicional por entender que lo necesitan para afianzar su poder.

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