Un regreso elemental y cargado de modernidad

Se adapta a la moderna sociedad tecnológica.

Redacción

Por Redacción

Claudio Andrade

candrade@rionegro.com.ar

Sin mediar demasiadas explicaciones, Sherlock Holmes está de vuelta en las marquesinas de los teatros, en los titulares de los diarios, en los espacios cada vez más amplios de los televisores de HD. El hijo predilecto de Arthur Conan Doyle goza de buena salud y mediante un acto imprevisto y ciertamente espectacular que lo refleja de cuerpo entero, salió vivo de la casca del tiempo.

Este Sherlock llegó para aclimatarse al calor del nuevo milenio. Sus flamantes aventuras posmodernas, relatadas en las series “Sherlock” (de la BBC), y “Elementary” (estrenada por la CBS y que aquí emite Universal) son, a su modo, un homenaje a la capacidad deductiva y a la ciencia más pura y dura que ha sido capaz de perfeccionar el ser humano durante lo que va del siglo.

Aunque lo parezca, Holmes no es un hombre intuitivo, o si lo es, su intuición resulta tamizada por un pensamiento ridículamente racional que anula las posibilidades del olfato mágico tan común en ciertas novelas policiales.

El Sherlock del aquí y el ahora es un hombre obsesivo como el original pero incorporado a una época en que el arte de la deducción se encuentra atropellado por el avance del conocimiento criminalístico. De ahí que los encontronazos entre el detective privado, perdón consultor privado, con la policía sean más intensos aunque menos comunes. Esto tiene una explicación: Holmes encarna la figura del genio loco (se menciona el título de “consultor” como un eufemismo) al que la policía no puede dejar de lado. Holmes llega a espacios deductivos vedados a los prominentes investigadores científicos. Sin reticencias y con proverbial caradurismo, Holmes se vale de ellos, se para sobre sus hombros para tener un mejor ángulo de observación.

Ambas buenas series recurren a este truco que no por literario se aleja de la realidad. O habría que decir, una serie bien producida y eficiente (la americana “Elementary” con Jonny Lee Miller y Lucy Liu); y otra (la inglesa “Sherlock”, con Benedict Cumberbatch y Martin Freeman) simplemente excepcional. Obra maestra de pies a cabeza.

Si Robert Downey Jr. y Jude Law le otorgaron a los personajes de Conan Doyle un matiz contemporáneo, con toques humorísticos y una avanzada de efectos espectaculares a sus espaldas, las flamantes tiras llevaron las cosas a una altura nunca vista. Holmes como un emergente de una sociedad perdida en la búsqueda su propio ombligo. Como el personaje justo para el gran teorema filosófico de los últimos años: quién puede seguir el hilo de Ariadna hasta la puerta de entrada del laberinto tecnológico. Sherlock, si, como el redentor al que no le ha sido negada la verdad profunda de los hechos ni sus voluntades ocultas.

Gregory House fue una proyección del personaje de Conan Doyle. Una sustitución necesaria de personalidades en el marco de un hospital americano. House es, como todos saben, un auténtico detective de la salud, y como Holmes, se aburre soberanamente con los casos comunes, aquellos que de tan obvios pueden dormir sus sentidos como un potente somnífero. Tanto House como Holmes son adictos a los rompecabezas.

Holmes cumple una doble y paradójica función en la línea argumental de ambas series televisivas. Por un lado, subraya las virtudes de la ciencia criminal, pero por otro interrumpe, interviene y, en algún punto, hiere el proceso empírico llevando las posibilidades deductivas al paroxismo. Como un físico que ha empujado las fronteras del pensamiento hasta terminar hablando de horizontes que sus contemporáneos apenas intuyen y consideran ficcionales, Holmes inquieta con una mirada sobre la realidad que se le escapa a quienes se especializan en entender la escena del crimen.

El guión de las series nos despoja de nuestra propia responsabilidad detectivesca. No permite que juguemos el juego de Sherlock. Sólo él es quien hará posible que los conejos salgan del sombrero de copa. El personaje invoca así una máxima subterránea que sostiene los pilares de este mundo frenético y apabullante que hemos construido. Cada vez que enchufamos el smartphone para que cargue su batería interna algo maravilloso ocurre pero no estamos seguros exactamente de qué. El detalle del detalle se nos escapa. No a Holmes. No a esa mente diseñada en las entrañas de un sistema social donde todo se conecta con todo. En la serie de la BBC, las conexiones realizadas por Holmes son reflejadas en unas pantallas anexas al costado de su rostro. En la serie americana, una suerte de mini flash back sobre hechos que sólo Holmes ha podido captar, sirven al mismo propósito.

Pero el sentido del argumento no cambia. La civilización avanza hacia formas exquisitas de la comodidad pero ignorando el cómo y hasta el cuándo, todo queda supeditado al porqué. Holmes es una explicación a medias. Justamente porque su mente aparece extrapolada. La velocidad opera como un embrujo dentro del guión. Los restos de arcilla en un zapato, la textura de los dedos de la víctima, el aroma “caro” que el criminal ha dejado en suspenso en el aire. Cada pista está, estaba ahí, hace un minuto, no, un segundo. ¡Uy! Te lo perdiste. La vida, para Holmes, es un texto borgeano, una enorme telaraña sobre la cual se deslizan igual que gotas lluvia las alternativas del universo criminal.

Llegada desde la BBC inglesa, la serie “Sherlock” es protagonizada por Benedict Cumberbatch y Martin Freeman.


Claudio Andrade

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