Un robo muy sospechoso



Como nos recordó el caso que fue protagonizado hace poco más de tres años por la entonces ministra de Economía, Felisa Miceli, los funcionarios del gobierno nacional están acostumbrados a manejar de manera un tanto heterodoxa cantidades importantes de dinero en efectivo, de suerte que no extraña demasiado que un empleado de la Agrupación Aérea de la Casa Militar presidencial haya llevado en su mochila los 68.000 dólares estadounidenses y 17.000 euros destinados a cubrir algunos gastos de la tripulación del Tango 01 durante la gira de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner por distintos países del Medio Oriente. Tampoco puede considerarse muy sorprendente que el hombre haya caído víctima de un par de motochorros, ya que desde hace varios años tales delincuentes constituyen una auténtica plaga en los centros urbanos del país. Con todo, por diversas razones el asunto ha tenido un impacto muy fuerte no sólo aquí sino también en otras partes del mundo. Para comenzar, el episodio cinematográfico pone en ridículo al gobierno porque no es nada común que ladrones consigan apropiarse de dinero perteneciente a una comitiva presidencial. No se trata de “la plata de Cristina”, pero dadas las circunstancias es natural que muchos la hayan calificado así. Por lo demás, hasta hace muy poco voceros oficiales, encabezados por el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, procuraban convencernos de que la inseguridad ciudadana era sólo una “sensación”, puesto que, señalaban, en verdad la Argentina sigue siendo un país relativamente tranquilo, sobre todo si se lo compara con otros en América Latina como Brasil, Venezuela y México en que bandas criminales están librando una guerra contra las autoridades y, desde luego, contra el resto de la población. Pues bien: el que el gobierno mismo haya sido víctima de motochorros ha servido para llamar la atención a la brecha que se da entre su versión de la realidad y la percibida por la mayoría. Aún más preocupante, si cabe, es la sospecha nada arbitraria de que hubo un entregador que, al enterarse de que el empleado llevaría el equivalente de 362.000 pesos en su mochila y que pasaría por su domicilio, informó a los ladrones que podrían robarle con impunidad. Como no pudo ser de otra manera, están bajo sospecha el empleado mismo y quienes conducían el auto oficial que lo dejaron bajar a media cuadra de su casa, además de otros personajes relacionados con la Casa Militar. Al fin y al cabo, por las calles de la Capital Federal caminan diariamente miles de personas que portan mochilas o valijas sin que delincuentes es de suponer profesionales los asalten, ya que no tienen motivos para creer que les valdría la pena intentarlo. Puede entenderse, pues, que todos los funcionarios del gobierno nacional se hayan sentido sumamente preocupados por lo que acaba de suceder. Por cierto, la posibilidad de que haya algunos, acaso muchos, empleados desleales que estarían dispuestos a aprovechar oportunidades para apoderarse del dinero en efectivo que circula en las esferas oficiales, no puede sino contribuir a intensificar el clima de paranoia que según parece impera en la cúspide del poder. Asimismo, no faltan quienes especulan en que el robo habrá tenido algo que ver con las purgas policiales que fueron ordenadas por la recién nombrada ministra de Seguridad, Nilda Garré, aunque sólo fuera porque voceros de la Policía Federal no vacilaron en difundir detalles de un incidente que, fue de prever, serviría para desprestigiar al gobierno kirchnerista. Desde que Garré inició su gestión decapitando la cúpula de la Federal, todos los interesados en las alternativas políticas nacionales están preguntándose cómo reaccionará la fuerza a lo que, a juicio de los perjudicados por las purgas, es un ataque frontal contra sus derechos adquiridos. Todavía no han surgido motivos concretos para atribuir el robo más sorprendente de los últimos tiempos al malestar policial, pero a los habituados a pensar en términos de teorías conspirativas les será sin duda irresistible suponer que los ladrones no sólo querían conseguir un monto significante de dinero sino que también los atraía la idea de hacer de la ministra y la presidenta blancos del humor popular, a sabiendas de que el robo daría lugar a una multitud de chistes malintencionados que no tardarían en difundirse.


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